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04 de Enero de 2011
Ideologías, teologías e identidad
Luis Antonio Mariscal .- La ideología es a los partidos políticos lo que la fe es a las religiones. Desgraciadamente se constata que la praxis política no siempre se ajusta a los cánones ideológicos fundacionales de los partidos políticos; del mismo modo, es notorio que los miembros del clero no siempre se conducen de acuerdo a las órdenes sagradas recibidas. Y es que la naturaleza humana está presente en todos los actos de las personas. Una cosa es predicar, y otra dar trigo.
A pesar de la constatación de sus incoherencias, políticos y clérigos se erigen en oráculos oficiales de los designios humanos y divinos, respectivamente. Y nos exhortan a aceptar las verdades incuestionables que se manifiestan a través de ellos. Pero no hay nada más manipulador que aquello que se nos presenta como una verdad incuestionable cuando previamente se ha pasado por el tamiz de una doctrina política o religiosa.  Ejemplos de estas “verdades incuestionables” podemos encontrarlos de continuo, como la que sirvió para involucrar a nuestro país en la guerra de Irak: la existencia probada de armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein; sin embargo, tras años de sufrimientos y horrores, quedó al descubierto la verdad incuestionable de que nunca habían existido aquellas armas y de que todo se debió a una “interpretación errónea” de los datos que se manejaron entonces.
 
En el terreno de la moral, la Iglesia Católica (por ser el ejemplo más cercano) también acostumbra a depararnos “verdades incuestionables” que “favorecen” la convivencia y el bienestar de los seres humanos: la consideración de la homosexualidad como la práctica de actos desordenados contrarios a la ley natural o la negación absurda del preservativo como medio fiable de contención de enfermedades de transmisión sexual, como el SIDA.
 
No obstante lo anterior, resulta difícil, por no decir imposible, encontrar personas que no sientan, al menos, cierto grado de simpatía por alguna formación política o creencia religiosa. Esto es así porque somos seres gregarios y mortales, y por lo tanto necesitados de pautas que nos ayuden a convivir en paz con nuestros semejantes y con nosotros mismos. Y está bien que así sea, pero en ningún caso debemos entregarnos a unos o a otros de modo que perdamos nuestra identidad y nuestro espíritu crítico.
 
La humanidad va avanzando a trancas y barrancas, pero siempre a impulsos de personas creativas y con criterio. No existen verdades incuestionables, ni territorios interiores o exteriores que no podamos o debamos explorar. La política o la religión, al igual que las demás actividades importantes que la vida nos ofrece, no pueden ser alienantes para el que las practica.
 
Por estas razones, yo concibo un partido político como un espacio común donde proponer y madurar ideas, con la finalidad última de lograr el bienestar de los individuos de una sociedad; y no donde, al entrar, se deban dejar en consigna la identidad y el criterio propios. Desgraciadamente, las direcciones de los partidos políticos manejan las riendas de sus organizaciones para esquivar las “discrepancias internas”, eufemismo empleado para referirse a la participación y el intercambio de ideas de los militantes de base.
 
Como consecuencia de ello, los partidos políticos se comportan como verdaderas maquinas electorales, programadas para alcanzar el poder a toda costa; por consiguiente, sus promesas electorales se fabrican sobre la base de lo que los ciudadanos quieren oír, no de lo que el partido tendría que decirles. Una vez conseguido el poder, llegan los problemas: cómo cumplir promesas realizadas al calor de una campaña electoral, sin base ni presupuesto y qué habrá que dejar en el camino para satisfacer a tanto padrino que ayudó a la consecución de dicho poder. El ciudadano queda en un segundo plano, y sus necesidades más importantes insatisfechas.
 
Mi concepción de la religión,… será el tema de una próxima entrega.
 
 
 
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