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Admonición 
Gallardoski,.Esta mañana, cuando he abierto Word, me ha salido un mensaje que no sabe uno si es admonición, consejo, aliento o tal vez reproche. 
“Empiece a escribir algo interesante” me ha dicho. Si no te lo crees, abre Word, hazlo
 
 
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10 de Enero de 2021
Hilo musical
Gallardoski.-No me conoce nadie en esta ciudad, nadie me conoce en este bar. Cuando he abierto la puerta desde la barra el camarero me ha preguntado:“Qué desea, caballero” 
¡Ah! ¡Los deseos! Si yo le contara a usted querido amigo peruano…
Puedo conjeturar por mi ya dilatada experiencia laboral que algunos de los que aquí trabajan lo hacen medio de matute, que no tienen todos los papeles en regla. O ninguno.  
De ahí esa celeridad del camarero por enterarse a qué vengo, por si fuese uno de la inspección de trabajo buscando fraudes, melancolías, tristezas de autónomos pobres que se consideran del empresariado por pagar los sellos, o a defraudadores hambrientos que con la paga en “B” y la limosnilla del subsidio apenas llegan a los ochocientos euros mensuales. 
 
Hace años no lo confundía a uno con un inspector de trabajo. Rockero indomable, poeta maldito, Bukowski del pago, a semejante ralea creía o quería parecerme, pero el tiempo doma nuestra fisonomía, atempera la borrasca de nuestras cabelleras, abulta el tórax y se cachondea con la vieja arrogancia de aquel mentón que apuntaba con firmeza al porvenir, transmutado hoy en papada. 
En esta ciudad extraña en la que nadie me conoce sucede lo mismo que en la mía. Máscaras, ojos que dicen más de lo que nunca dijeron antes. Sillas de autobús interurbano con precintos de seguridad, guardias municipales que, ellos sí, levantan sus beneméritos mentones como si pudieran chulearle a todo el mundo por llevar la porra y la pistola legal en la cartuchera. 
Siendo todo esto cierto, lo que más me va llamando la atención es que en esta ciudad extraña, como pasa en la mía, cada vez percibo más tristeza en las caras, quiero decir en las cejas de mis contemporáneos. 
Un hartazgo, una desconfianza total hacia los que desde las tribunas del poder no hacen más que equivocarse por un lado y prohibir por el otro. Un miedo como un viento húmedo que cala hasta los huesos maltratados de la ciudad. Una pena de la que, encima no se puede culpar a nadie. O a todos. 
En el bar donde he tomado ese café y donde me han confundido – creo yo, que tampoco es seguro- con un madero o un inspector laboral, nadie habla con nadie. Todo el mundo mira los teléfonos móviles. 
Tras la barra, brega con la máquina de café una señora que andará por los cuarenta y muchos y que tiene unos ojos azules preciosos. Si el camarero vino a esta España nuestra desde el Perú, la mujer de la barra tiene pinta de haberlo hecho desde la Rusia post comunista. O desde la Yugoslavia post Tito.
La cafetería tiene hilo musical. O tiene la radio puesta o el Youtube, qué sé yo. El caso es que por los altavoces suena música. 
Ojalá tengan autorización de la SGAE y no venga uno con carpeta a darles por el culo. De pronto ha salido de los altavoces el delicioso arpegio/ punteo con el que George Harrison con su guitarra de doce cuerdas vestía la intro de Michelle de los Beatles.  Y cuando Paul ha comenzado a cantar:
Michelle, ma belle / These are words that go together well/ My Michelle / Michelle, ma belle/ Sont des mots qui vont très bien ensemble/ Très bien ensemble…
Desde mi velador podía escuchar a la mujer tras la barra, la camarera que vino del frío, cantando ella también la canción de los Beatles. Y una sonrisa hermosa que invocaba viejos recuerdos se le ha dibujado en esos ojos azules de los que hablé. 
Y el camarero que vino del Perú también ha musitado la bella melodía, y un hípster de esos que no mirar a nadie en ninguna parte ni hablan más que con los ingenieros informáticos españoles exiliados en Noruega, ha llevado con sus nudillos el compás de Michelle sobre la mesa. 
Y un jubilado que no se sabe en qué guateque abrazó a una novia en minifalda yeyé bailando esta canción tan bonita ha mirado hacia el techo de la cafetería , como queriendo encontrar allí la exacta medida de sus recuerdos más queridos. 
Y hasta un niño de unos siete años que debe estar aprendiendo a tocar la flauta travesera en el conservatorio de esta ciudad ha cantado con voz blanca: Michelle, ma belle…
 Y yo…yo no he dicho ni cantado nada porque estaba escribiendo este artículo en una ciudad donde nadie me conoce y en un bar donde soy un extraño solitario que casi ha llegado a soltar una lágrima mientras sonaban los Beatles y ha visto que todavía sigue la gente siendo como siempre. 
 
 
 
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