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Apuntes de Historia CCCXXXII
 
 
 
 
 
 
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06 de Diciembre de 2020
Nuevas notas sobre la I Vuelta al Mundo (IV)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Hablábamos en el texto precedente acerca de cuáles eran las creencias acerca de monstruos y criaturas marinas más extendidas entre los hombres de mar a finales del siglo XV y comienzos del XVI, unos seres fantásticos entre los que se contaban sirenas, grifos, dragones marinos, pulpos gigantes (trasunto del Kraken, el calamar gigante, que existe), el pájaro gigante “roc” -o ruc, o roch.
Este enorme ave era un ser mitológico especialmente relacionado con el ámbito geográfico y cultural del océano Índico y el Golfo Pérsico, un animal mítico que de la mitología persa pasaría al mundo árabe y que sería descrito ya para los occidentales por el viajero veneciano Marco Polo en el siglo XIII, un pájaro, el roc, capaz de elevar en vuelo con sus garras a un elefante adulto, y de atacar e incluso llegar a provocar el hundimiento de barcos de mediano tamaño y porte, siendo un terror para los navegantes de aquellos mares orientales, como se constata en el relato de las aventuras de Simbad el Marino.
           
El “Mar de la Oscuridad” estaba supuestamente ubicado al Sur y al Oeste de Europa, y estaba habitado por serpientes gigantescas: los mares ignotos formaban parte de esa “geografía mítica” de la que hablamos, y en ellos habitaba todo tipo de seres míticos, generalmente monstruosos (para significar lo extraordinario, lo ajeno a lo cotidiano de esos paisajes), unos seres que -junto a los propios mares que se entendía poblaban- constituían un pavoroso peligro para los marinos que osasen aventurarse por aquellas aguas tan peligrosamente habitadas y tan poco propicias para su navegación.
A comienzos del siglo XVI (y desde la perspectiva del imaginario colectivo medieval europeo, hace nada menos que medio milenio) el océano Atlántico era todavía la morada mítica de todo tipo de criaturas diabólicas, mitológicas o divinas, que en buena medida habían de resultar harto peligrosas para el común de los mortales.
 
Entre los relatos que nos hablan de estas cuestiones contamos con el de ballenas que simulaban ser islas para provocar la muerte de los marineros, algo de lo que nos habla el mito, la leyenda, de San Brendan (o San Borondón, o San Barandán, o San Brandán, variaciones del nombre de este santo tardorromano), patrón y evangelizador cristiano (católico) de Islandia, que nos cuenta (sí, en la “Navigatio Sancti Brandani”, título del relato de las aventuras de este personaje real) los avatares de este monje evangelizador en su viaje (allá por los comienzos del siglo VI, en un mundo en transición entre la Tarda Romanidad y la Alta Edad Media) hasta la remota isla de Islandia a principios del siglo VI de nuestra Era.
 
Embarcado en una frágil barca de piel de foca el santo Brendan junto a varios monjes compañeros de aventuras por los difíciles mares del Norte, tratando de alcanzar Islandia desde su Irlanda natal, se encontrarían los integrantes de esta expedición en un determinado momento de su periplo con una “presunta” isla desierta y desprovista de cualquier tipo de vegetación (de cualquier forma de vida vegetal o animal), una “isla” en la que estos monjes desembarcaron y se dispusieron a celebrar una misa, para verse sorprendidos acabada la ceremonia cuando al encender un fuego para calentarse el suelo comenzó a hundirse bajo sus pies: se trataba de una ballena (o del mítico pez “Jasconius”), y no precisamente de tierra firme insular, ante cuya inmediata inmersión los religiosos abandonaron aquella falsa ínsula con la premura que es de entender...
Es de señalar que el mito de Moby Dick (mito literario, en realidad, puesto en novela por Herman Melville), recoge esta tradición “sui generis”, y constituye una transposición al campo de la literatura de lo que en realidad es un relato mítico muy antiguo.
 
El relato de la “Navigatio Sancti Brendani” nos habla además de otra realidad mítica: la de la isla de San Brendan, una isla fantasma que aparece y desaparece ante los ojos de los navegantes y que se ha querido ubicar en diferentes paisajes de nuestro planeta, desde Terranova (en América) a las Feroe (al Norte del archipiélago británico) o las Canarias, ya en un contexto más directamente relacionado con nuestra propia tradición cultural (la isla de San Borondón, en las Canarias, ha sido objeto de exploración y búsqueda en diversos momentos de la Historia de este archipiélago atlántico, además).
 
El kraken y otros monstruos estaban presentes en la mente de aquellos hombres, sin duda, si bien existe la teoría que apunta a que las ideas relativas a la presencia de estas criaturas en los mares y océanos fueron difundidas por los navegantes musulmanes, en un intento de disuadir a otros de navegar por sus aguas, aunque es de entender que se trata de una cuestión mucho más antigua que eso: no se trata de que “alguien” (un horizonte cultural determinado) “inventase” un mito, es algo mucho más complejo que obedece a las tradiciones de la navegación y al pensamiento mítico en los ámbitos costeros de varios continentes (Europa, África y Asia, fundamentalmente).
 
El fenómeno del “Fuego de San Telmo”, descrito por el cronista de la Primera Vuelta al Mundo, el italiano de Vicenza Antonio Pigafetta, caballero de Rodas (y su mención, la forma en que era entendido por aquellos marineros), viene a representar otra constatación de hasta qué punto los milagros (los hechos excepcionales, fuera de norma, atribuidos a la intervención de seres de naturaleza mítica, cuando no de santos integrantes de la cosmovisión cristiana, del santoral católico) formaban parte de la realidad y de lo cotidiano.
 
A este respecto es de señalar que, por ejemplo, santos como el mencionado San Brendan y San Telmo son protectores de marinos, de navegantes y de pilotos, y que hay que tener en consideración que los milagros estaban muy presentes en el día a día ordinario, en el devenir cotidiano y convencional de aquellas personas, de aquellos navegantes aún medievales.
 
Así, es de pensar que los hechos científicos también encontraban (ante el desconocimiento general sobre su origen y carácter) una explicación de carácter mítico, ya que -recordemos una vez más- el mito no es simplemente un “cuento” (como en demasiadas ocasiones se tiende a considerar), sino un mecanismo articulado por el ser humano (por las sociedades humanas) para entender y para explicar (y explicarse) el mundo y sus circunstancias.
 
 
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