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Los unos y los otros
Gallardoski.-“Haga como yo, no se meta usted en política”
Se le atribuye la frase al generalísimo. Superlativo un poco ridículo como todo lo que tiene que ver con el oropel militar. 

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22 de Noviembre de 2020
Los unos y los otros
Gallardoski.-“Haga como yo, no se meta usted en política”

Se le atribuye la frase al generalísimo. Superlativo un poco ridículo como todo lo que tiene que ver con el oropel militar. 

Ridículo, eso sí, en tiempo de paz; que en tiempos de guerra y dictadura y con los poderes que otorga el rango, decir Generalísimo, Führer o Duce, induce lógicamente al temor y hay muchas razones para temerles a estos ególatras desatados. 

Iba a escribir: ¡Cualquiera sabe lo que pueden hacer! Pero sin embargo escribo: Cualquiera sabe lo que pueden hacer.

 

Quitamos el signo de exclamación y sustituimos el asombro por certeza. 

El poder siempre corrompe, pero el poder absoluto corrompe absolutamente. Otra frase de calendario Kitsch, atribuida ésta a Lord Acton, un liberal inglés de cuando de cuando llamarse liberal no quería decir lo que quiere decir hoy día, gracias a la magia de la poética y al uso y abuso de los conceptos hasta estrangularos y vaciarlos de contenido. 

Uno no escribe siempre lo que quiere, vivimos como podemos y queremos a mucha gente, así que administramos la opinión para que una vez proferida no suponga conflictos de cariño. Por eso en estos tiempos revueltos casi mejor no meterse en política. 

Pero ¿qué vale una amistad o un cariño que no soporta la disidencia? 

Tenemos amigos a los que respetamos profundamente con los que cada vez que hablamos de política acabamos enojados. Nos salva de los abismos del rencor, la inteligencia.

Y cuando pasa el turbión de la dialéctica- alguno de esos amigos es un verdadero campeón de la oratoria- nos buscamos nuevamente para conciliarnos, para ponderar lo que nos une en la amistad que es mucho más sólido que la tontería mediática o propagandística que nos condujo al pequeño disgusto. 

Yo les reprocho haberse escorado a la derecha y ellos me censuran falta de rigor o laxitud interesada ante las barbaridades de la izquierda. 

Puede que tengan razón ellos y puede que la tenga yo, depende del objeto de la controversia y muchas veces de la cantidad de cervezas que hayamos trasegado antes de dejarnos llevar por esas bajas pasiones. 

Lo que muchas veces ellos no saben es que esas razones que me dieron, las uso luego, una vez digeridas por mi propio criterio, cuando la tertulia es con los otros amigos, los de la izquierda. 

Y sin citarles, hago míos alguno de los argumentos que esgrimieron frente a la pacatería que cada vez más, como un síntoma preocupante, se viene alojando en la izquierda.  

Y como carecemos de la pureza de sangre que se le exige a un militante fetén, pudiera sucedernos que los reales decretos de especial protección a los deudores hipotecarios que aprobó en su segunda legislatura el gobierno de Mariano Raoy, nos parezcan un avance progresista frente a la parálisis cagona y sumisa con la que Zapatero se manejó ante este drama vital.

Es un ejemplo, no una hagiografía del alucinante presidente que tan buenos chistes y regates parlamentarios nos dejó a los aficionados. 

De igual manera, por carecer de carné y no presumir más que del carné de la biblioteca, nos sorprendió la arrogancia con que fuimos tratados cuando, en sus comienzos, le afeamos alguna conducta al partido Podemos y se nos acusó por sus adeptos de perdedor nato, porque el cielo estaba a esto de ser asaltado por fin. O, los más piadosos, nos trataron de romántico empedernido de la izquierda residual. 

Tras la cura de humildad que las urnas dieron a esos bellos sueños emancipadores, consideramos que lo natural es que nos juntáramos todos, a ver qué pasaba. 

Lo que pasó ya lo sabemos. Se juntaron de reojo y cada uno en su capilla. 

Viejos fantasmas de principios del siglo XX seguían ululando desde sus particulares infiernos la eterna canción Trotskista, Estalinista, o cubano/ché, que de todo hay en la viña de la revolución. 

Pero era bonito verlos juntos, pegar carteles comunes y aunar fuerzas para darle importancia a lo que les une, como yo con mis amigos, y dejar para las universidades populares del verano y para las conferencias palaciegas las vetustas teorías que les separan. 

Ahora, en esta Andalucía nuestra, tenemos que asistir un poco abochornados a un nuevo divorcio de la izquierda que uno no termina de entender y preferimos no preguntar a nuestros amigos, porque como ocurre en los matrimonios mal avenidos, no habrá empacho en acusarse entre ellos de mucha porquería. 

Y todo esto sucede cuando por primera vez un partido a la izquierda del PSOE (delimitación geográfica bastante sencilla de conseguir, dicho sea de paso) forma parte del gobierno y anda ahí, como una mosca humilde, pero cojonera, señalando líneas rojas que el SOE suele saltarse como quien salta la comba del neoliberalismo. 

Se trata, desgraciadamente, de un vicio enfermizo de la izquierda. 

A los suyos les exigen el paraíso en la tierra y bajo esa premisa cualquier avance se queda corto y no es más que reformismo burgués. 

Con los otros nos conformamos con que nos hablen de usted y con que nos muestren respeto nos quedamos tan a gusto. Podría poner ejemplos, pero me pueden la prudencia, la vergüenza y el cariño.  

Yo pude entender que quien no ha tenido más responsabilidad en la vida que rotular una pancarta se indignase lo indecible cuando el simpático y combativo alcalde de la ciudad de Cádiz tuvo que resolver el dilema moral de fabricar armas o comer, al que se enfrentaba por aquel contrato histórico de Navantia para producir corbetas que servirían al régimen de Arabia Saudí para intervenir en la guerra de Yemen. 

El señor alcalde tuvo que posicionarse entre pan y paz y se mostró a favor de conseguir, textual; “Trabajo por encima de todo” 

Entendí al indignado y al alcalde, a los dos. Soy más ecuánime que Zapatero en un proceso de paz en la selva Lacandona.

Lo que ya cuesta un poco más de asumir es que los mismos que al alcalde de Cádiz, tal vez por su proverbial simpatía, lo animaron en tan salomónica decisión y lo justificaron porque el mundo es injusto y se hace lo que se puede, invoquen hoy a las siete plagas de Egipto, porque el ministro de consumo, el titubeante Alberto Garzón, hable en términos parecidos de la permanencia o no de las Bases norteamericanas en Rota y en Morón. 

Pero ya lo decía mi abuela y con esto concluyo este tocho a todas luces excesivo: 

“Ningún cagao se huele su propia mierda” 

 
 
 
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