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08 de Julio de 2018
 De qué hablamos cuando hablamos de Las Covachas
 
Manuel Jesús Parodi Álvarez..-En toda ciudad existen ciertamente lugares verdaderamente especiales, espacios auténticamente singulares que cuentan con un gran peso específico en la geografía histórica y, a qué negarlo, en la geografía sentimental de esa comunidad humana.
Sanlúcar de Barrameda es en sí misma una geografía singular, un lugar tocado por la mano de algún dios benigno que se localiza en el mejor de los paisajes y que a lo largo de los siglos ha ido generando hitos y lugares singulares que ayudan a perfilar la geografía sentimental de la ciudad contornando los perfiles de su Historia y del devenir de esta comunidad desde la Antigüedad.

Uno de esos espacios singulares es sin lugar a dudas el de Las Covachas, al que hemos dedicado no pocos artículos precedentemente, y que no sólo forma parte de la estética histórica de nuestro paisaje patrimonial sino que guarda (como en ocasiones anteriores hemos señalado) algunas claves esenciales que escapan al observador que, acaso inadvertidamente, las contempla al pasear por la Cuesta de Belén que las alberga.
 
Cuando hablamos de Las Covachas no solo estamos hablando de esos arcos ojivales, tardomedievales en su estética y más que posiblemente en su cronología, que impresionan a quien los contempla (ya sea por vez primera o por enésima vez, de lo cual doy fe), jalonados por seres mitológicos alados de naturaleza marina, sino de una realidad polimórfica que alguna vez hemos considerado y a la que ahora queremos acercarnos nuevamente.
   
Tampoco estamos hablando de la posible funcionalidad de este espacio a finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna, cuando tuvieron un marcado cariz económico al tratarse de un espacio empleado como zona de comercio (las “Tiendas de las Sierpes” de época moderna) o incluso fiscal -con anterioridad a ello- cuando pudieron ser un espacio de naturaleza fiscal, una oficina fiscal de la Casa Ducal emplazada estratégica y no casualmente en la zona de transición entre la ciudad (localizada eminentemente en la Corona de la Barranca) y la ribera, en la zona inmediata al contexto ribereño, portuario: de ese modo, el tránsito de mercancías por ese acceso a la ciudad (un tránsito sujeto a impuestos) habría podido estar fiscalizado desde dicha oficina ducal.
   
Y tampoco estaremos hablando del magnífico e incompleto aparato de propaganda del poder de la Casa Ducal, diseñado para hacer ver el poder y la majestad de la Casa de Guzmán, que hacía ver -a quienes cabalgando en sus embarcaciones las olas del río pasaban frente a la entonces villa- el Palacio sanluqueño como mágicamente sostenido por esos arcos tachonados con dragones marinos alados, unos dragones sobre los cuales el Señor de Sanlúcar quería cimentar las bases estéticas de su poder (“yo cabalgo dragones”, podemos imaginar que querría, poéticamente, decir el duque de Medina Sidonia a quien contemplase su palacio desde la mar, desde el río Guadalquivir).   
 
Al hablar de Las Covachas efectivamente estamos hablando cuando menos de una realidad triple, que se refiere a los arcos monumentales mencionados y bien conocidos, al espacio que se abre ante los mismos, así como a la oquedad que dichos arcos monumentalizan, una oquedad que como entendemos puede remontar su antigüedad a tiempos bien remotos.
   
Los recientes trabajos arqueológicos llevados a cabo en el contexto de la recuperación del histórico Mercado de Abastos de Sanlúcar, recientemente reabierto al público, han arrojado nueva luz sobre la Historia de nuestra ciudad merced a los hallazgos materiales muebles (cerámica, por ejemplo) en curso de estudio en el momento presente, así como inmuebles -como es el caso del pavimento del siglo XVI correspondiente al viario sanluqueño de la época de la Primera Vuelta al Mundo (la antigua calle Jardines de la Sanlúcar tardomedieval y altomoderna), conservado “in situ”, en su emplazamiento.  
   
Cerámicas medievales y modernas, procedentes de Europa, América y aun de Asia han aparecido en el transcurso de estas intervenciones arqueológicas, así como otros materiales arqueológicos (igualmente en curso de estudio y que por ello han de ser tratados con suma discreción y prudencia) que pueden incluso llegar a retrotraer la presencia humana, la huella antrópica, en el contexto de la Barranca sanluqueña y especialmente en este ámbito de transición entre la orilla y la tierra firme que sería precisamente el actual contexto de la Cuesta de Belén y la Trascuesta, hasta varios milenios atrás en el tiempo respecto al momento presente, lo que podría llevarnos quizá hasta la Protohistoria.
   
Esta huella antrópica protohistórica podría señalar en la dirección de la naturaleza acaso primera de la oquedad de Las Covachas, un abrigo abierto en una barranca, en ámbito costero, que no es de descartar pudiera haber incluso sido empleado como espacio de hábitat en sus primeros momentos de ocupación y que ha de relacionarse justamente con el poblamiento de este espacio (Sanlúcar hoy) en época protohistórica.
   
Un espacio quizá creado por mano humana en esta ladera y que habría desempeñado una función “nodal” en la Historia del poblamiento en la desembocadura del río Guadalquivir (que cuenta con paralelos en nuestras costas andaluzas, así como en otros contextos de la misma Sanlúcar de Barrameda)     
 
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