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Apuntes de Historia CCLXXVII
 
 
 
 
   
 
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29 de Abril de 2018
La Primera Circunnavegación, unproyecto globalizador (II)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Hemos señalado en más de una ocasión que Sanlúcar de Barrameda y Sevilla, esencialmente son los dos grandes núcleos de articulación del desarrollo histórico (en los planos económico, cultural, político…) del contexto del curso bajo y la desembocadura del Guadalquivir; así y por ello resulta tarea fútil (especialmente en todo lo que se refiere al río y a la Primera Vuelta al Mundo) considerar la Historia de uno de estos espacios (Sanlúcar y Sevilla) sin atender al pasado del otro, de modo que ambas ciudades van de la mano en lo que atañe a los usos económicos del río y su navegación..
Este ámbito del curso y la desembocadura del río Guadalquivir, navegable hasta Sevilla en época moderna como en la actualidad (merced a todas las intervenciones realizadas por mano humana con vistas a mantener la navegabilidad del río) es un espacio esencial en el desarrollo histórico de las navegaciones oceánicas que tenían en este “cosmódromo de la modernidad” (como en muchas ocasiones lo hemos denominado) un punto de partida y de llegada, constituyendo el ámbito del Golfo de Cádiz y la desembocadura del Guadalquivir un espacio capital en los viajes marítimos y las exploraciones oceánicas que ayudarían a modelar (y a definir) los perfiles del Globo terráqueo entre los siglos XV y XVI, a caballo entre las Edades Media y Moderna en la tradición cultural occidental, europea.

El hecho histórico de la I Circunnavegación de la Tierra sería la resultante de un proceso económico, político y geoestratégico por el cual los europeos occidentales, a lomos de las naves portuguesas y castellanas básicamente, avanzarían hacia Oriente por caminos de agua, por el Este los lusos, por el Oeste los meseteños, no con afanes científicos, sino en busca de riqueza (si queremos decirlo en un tono simple), o en busca de la construcción de un escenario económico diferente del que existía hasta esos momentos (los finales del siglo XV, en esencia), cuando las grandes rutas de comercio a larga distancia entre Europa y Asia estaban en manos de chinos, persas, turcos, egipcios y venecianos, fundamentalmente (en distintas medidas y proporciones), quedando excluidos de dicho control y por añadidura en una posición de dependencia y por ende de debilidad los estados europeos occidentales, como Castilla, Aragón, Francia, Inglaterra o Portugal.
 
Sería Portugal quien, navegando hacia el Meridión por el Atlántico, bordeando África y adentrándose en el lejanísimo Índico conseguiría, especialmente tras la batalla naval de Diu (sostenida por los lusitanos en 1502 contra diversas fuerzas combinadas en las costas occidentales del subcontinente indio), hacerse con el control de las rutas marítimas hacia las “Islas de las Especias”, y de ese modo la Corona portuguesa se convertiría en el “poder especiero” por excelencia, dejando atrás en ese terreno a turcoegipcios, de una parte, y a venecianos, de otra, marcando de este modo los ritmos de la aparición de un escenario geoestratégico nuevo y distinto que incluiría no sólo un nuevo reparto de poder, con Castilla-Aragón y Portugal como potencias emergentes, sino una nueva concepción del mundo, empequeñecido primero por los navegantes portugueses y reducido a su condición esférica y finita, después, por los marinos españoles, si queremos reducirlo a colores nacionales y sin demérito de las otras muchas nacionalidades implicadas de un modo u otro en el proceso de globalización a principios del siglo XVI. 
 
De esta forma, las grandes expediciones marítimas portuguesas, castellanas,  vinieron a señalar un antes y un después en los ritmos de la Historia de la Humanidad, y permitieron dar los que habrían de ser los primeros pasos del paulatino proceso de “mundialización” del planeta, haciendo (en lo que toca a las empresas castellanas) de este escenario del Golfo de Cádiz y la desembocadura y curso bajo del Guadalquivir (como venimos señalando desde hace años) un verdadero cosmódromo, un “Cabo Cañaveral”, un “Baikonour”, de las expediciones marítimas del momento (como decimos, a caballo entre los siglos XV y XVI).
 
Y en este entorno se diría que mágico, Sanlúcar de Barrameda constituye un núcleo verdaderamente privilegiado, un espacio clave en un marco histórico, geográfico y cultural esencial en la Historia de la Humanidad como venimos señalando que es el del Golfo de Cádiz y la desembocadura y el curso bajo del viejo río Guadalquivir, el Padre Baetis de los romanos, el fulgurante Tertis de los tartesios que navegaron los marinos fenicios y púnicos que asentaron sus reales en esta zona, en Gadir, en Doña Blanca, en Asido, y ya en nuestro actual término municipal, en Évora y en La Algaida.
La Circunnavegación, así pues, forma parte de un proceso global de interacción entre estados y territorios, entre economías y sociedades, que acabaría redibujando el mapa del planeta Tierra, en el contexto del pulso entre las monarquías lusa e hispánica por el control de las nuevas rutas de comercio, y de las nuevas tierras aparecidas al calor precisamente de las navegaciones oceánicas de estos navegantes (portugueses, españoles, italianos…) al servicio de las testas coronadas de Portugal y Castilla, si bien no es posible pasar por alto el impulso que el rey de Aragón, Fernando el Católico, daría a las iniciativas castellanas.
 
Fernando el Católico, como bien supo definir el profesor Juan Gil, se movería inspirado por la herencia mediterránea de la Corona de Aragón, por el afán por construir un espacio imperial (que continuase trascendiendo los espacios peninsulares ibéricos, esencial pero no únicamente en Italia, insular y continental) para su reino en el contexto del Mediterráneo, así como por la conveniencia económica de desarrollar una geoestrategia económica propia, al amparo y calor del poder castellano de su consorte la reina Isabel I.
 
Y, como también señalase el profesor Gil, habría de moverse asimismo el soberano aragonés siguiendo el principio de la “imitatio Alexandri”, de la imitación de Alejandro Magno, buscando en cierto modo llegar a ser el “nuevo Alejandro”, ese modelo de príncipe sobre el que el italiano Nicolás Maquiavelo, en aquella misma época y con la vista puesta en el Católico, teorizase en sus párrafos. 
 
Y en esta imitación alejandrina, el Yugo como emblema del Poder regio, el Yugo que representa el Nudo Gordiano que Alejandro Magno supo cortar construyéndose de este modo un potentísimo símbolo del Poder regio, del Poder del Estado, resolviendo un estado de cosas tradicional y aparentemente inalterable, como haría la Doble Corona castellano-aragonesa (si se nos permite la fórmula), cortando el Nudo Gordiano de los mares y las distancias merced a la Circunnavegación.
 
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