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Apuntes de Historia CCXLIV
 
 
 
 
   
 
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10 de Septiembre de 2017
La Primera Vuelta al Mundo, un antes y un después en la Historia de la Humanidad (I)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-No nos cansaremos de repetir que hay momentos en la Historia que verdaderamente suponen un momento de inflexión en nuestro pasado como especie, como magma cultural, momentos que representan una “bisagra” que articula un cambio no por paulatino menos relevante en el contexto general de la Historia de la Humanidad, como es el caso de la I Circunnavegación de la Tierra (expedición que partió como es sabido desde Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519 para culminar su viaje regresando a las playas sanluqueñas el 6 de septiembre de 1522, tres años después del inicio de esta gran gesta).

   


Es difícil, e incluso erróneo, no considerar la Historia como una diacronía, como un “todo” integrado (no necesariamente armónico), si bien no coordinado, en el que la propia evolución de los acontecimientos va construyendo un “todo” general que viene a representar los cimientos sobre los que descansa el edificio contemporáneo de nuestro presente (considerando que, como se ha señalado en no pocas ocasiones, toda Historia es contemporánea del momento en que se producen los hechos que la componen…, algo que nos llevaría a un campo de reflexión tan rico como complejo, tan profundo como profuso).

    Hay, manteniendo el discurso en unos niveles convencionales, momentos de cambio, momentos de inflexión, en los que la Historia gira sobre sí misma y da paso a una realidad diferente, a una realidad distinta de lo anterior, construida sobre el Mundo del que parte, ciertamente, pero al que igualmente dichos momentos de transición, de cambio, terminan por alterar por completo (en un proceso de mayor o menor duración temporal), dando paso a una realidad nueva, a un Mundo nuevo en el que se funden lo viejo y lo nuevo, el punto de partida y el punto de ruptura (que vienen a ser lo mismo, si lo contemplamos con calma) a partir del cual, como venimos señalando, se construye una realidad nueva y en buena medida distinta, arraigada en lo precedente, en el pasado, pero proyectada hacia el futuro, hacia lo nuevo, hacia lo por llegar.

    Hay, podríamos señalar, muchos, muchos momentos de inflexión en la Historia, lo que el austríaco Stefan Zweig (al que, con permiso de Pigafetta, podemos considerar como uno de los más grandes biógrafo del luso Hernando de Magallanes) llamaba “Momentos estelares de la Humanidad” (que es el título de uno de los más relevantes libros de este estudioso austríaco de la primera mitad del siglo XX), mas habremos de coincidir en que la transición de los siglos XV al XVI vino a representar uno de esos momentos singulares (un “momento” que no hay que contemplar como un abrir y cerrar de ojos sincrónico, sino como un proceso diacrónico, extendido a lo largo de los años) de la Historia de la Humanidad, un “momento” extendido durante décadas y a través del cual Europa (y no sólo Europa) vino a alumbrar un Mundo nuevo, una nueva realidad trascendiendo de la Edad Media y dando paso a los escalones iniciales de la primera globalización real (y lo decimos sin ninguna consideración moral, en positivo o en negativo).

    Podemos, sí, hablar de “globalización” porque la Primera Vuelta al Mundo sirvió no sólo para demostrar que la Tierra era redonda, sino para poner de manifiesto que las distancias, por enormes que fueran, podían ser abordadas, eran abordables, y que por más difícil que pudiera ser circunnavegarla, era efectivamente posible llegar a cualquier parte del planeta vía marítima, siendo los mares el gran camino, la gran vía de comunicación mediante la cual todos las regiones de la Tierra, grosso modo, podían ser puestas en contacto, contando con la suficiente determinación y con el suficiente interés.

    Entre otros muchos factores de cambio (económicos, sociales, políticos, ideológicos, intelectuales…), en la Europa del siglo XV se aunaron varios elementos, varias circunstancias que hicieron posible (y dieron paso) a ese mundo nuevo ya plenamente inmerso en lo que la Historiografía tradicional sigue llamando la Modernidad, la Edad Moderna (con el concepto de lo “moderno” frente a lo “antiguo”, lo medieval.

    Entre otras circunstancias especialmente reseñables a la hora de entender ese momento de cambio que vino a ser el final del siglo XV podemos señalar la definitiva caída (y desaparición) del Imperio Romano.

    Sí, hablamos de la “caída” del Imperio Romano, pues la ciudad de Constantinopla (con los pocos territorios que dependían de su autoridad) era lo que quedaba del Imperio Romano, convertido en nuestro horizonte historiográfico y cultural tradicional en el “Imperio Bizantino”, si bien realmente los propios “bizantinos” siempre se consideraron a sí mismos y a su Estado (y ello acertadamente) no sólo como herederos del Imperio Romano, sino como la verdadera Roma (lo que quedaba de Roma, podría decirse), como los verdaderos “romaioi”, esto es, romanos.

    En 1453 la cristiana ciudad de Constantinopla (y no mucho más tarde los escasos restos supervivientes del Imperio Romano de Oriente, como la ciudad de Trebisonda con sus territorios en el extremo oriental de la península de Anatolia, en la vieja Asia Menor de los romanos, en la costa suroriental del Mar Negro, el viejo Ponto Euxino de los helenos) desaparecería como una realidad estatal (por precaria que fuese, por débil que hubiese sido en sus últimos tiempos), al caer la ciudad (hoy convertida en Estambul) en manos de los turcos otomanos, musulmanes, quedando de tal modo Europa (por poco consciente que fuera de ello en dichos entonces) “huérfana” de Romanidad...

    Uno de los hitos, pues, más significativos de este cambio de Eras (de la Edad Media a la Edad Moderna) desde el punto de vista cultural (expresado esto con todas las reservas de que somos capaces y conscientes, pues los cambios históricos de esta naturaleza son fruto de la evolución: nadie se acostó siendo “medieval” y se levanta siendo “moderno”, por así decirlo) en la Europa del siglo XV sería, precisamente, el de la caída de Constantinopla, hecho con el cual se cerraba una historia milenaria, la de Roma como entidad estatal (y como identidad política, con todos sus avatares, ciertamente) a lo largo del tiempo.

    Habría más hitos históricos singulares que se unirían a la trascendental aventura de la Primera Vuelta al Mundo para hacer que la Tierra girase sobre sí misma (metafóricamente hablando), y la Historia diese un salto hacia adelante, de modo que nada volvería a ser lo mismo. La Primera Vuelta al Mundo, así pues, sería un factor determinante a la hora del desarrollo paulatino de la globalización y la modernidad, y vendría, como estamos tratando de poner de manifiesto, a la vez que otros hechos fundamentales para la Historia, como la caída de Constantinopla: en otros de estos hitos esenciales nos detendremos en los próximos párrafos de esta serie.

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