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Apuntes de Historia CCXXX
 
 
 
 
   
 
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03 de Junio de 2017
“El Guadalquivir, río–puerto de la I Vuelta al Mundo (II)”
Manuel Jesús Parodi Álvarez..-El Guadalquivir, el entorno geográfico de la gran región histórica del Guadalquivir (grosso modo, y en líneas generales) al menos desde la Protohistoria, puede sin lugar a dudas ser considerado como una “sociedad hidráulica”, al modo de las grandes sociedades fluviales históricas como es el caso del Nilo (sede y cuna de la civilización egipcia antigua), en el Norte del África, del eje conformado por los ríos Tigris y Éufrates (en cuyo contexto surgen Imperios mesopotámicos como el Babilónico o el Asirio), en el Medio Oriente, o de los valles del Ganges y el Indo, ya en Asia (matriz de culturas como la de Mohenjo-Daro, entre otras).

Denomina Wittfogel “sociedades hidráulicas” a aquellas estructuras de gobierno (a aquellas estructuras estatales) encaminadas a gestionar entornos fluviales, a gobernar grandes obras de gestión de los ríos, que incluyen grandes obras de irrigación, ejerciendo el control (en la medida de lo posible) de las acciones naturales de los ríos (positivas y negativas, tales como las inundaciones), y potenciando -a la vez que beneficiándose de- las condiciones de navegabilidad de los grandes ríos en cuyo entorno se desarrollan estas sociedades fluviales y de la acción y capacidades de los cuales ríos estos grandes horizontes culturales se benefician, no sin desarrollar un esfuerzo organizativo notorio (desde el punto de vista económico y social) que lleva a la conformación y la consolidación de estas estructuras culturales, que tienden a configurar sociedades territoriales estatales jerarquizadas en el Mundo Antiguo, como es el caso, por ejemplo, del Egipto faraónico (en el contexto mediterráneo oriental y africano septentrional).
 
El contexto histórico del río Guadalquivir (y sus territorios aledaños, en su enorme e histórico valle), pues, debe ser considerado como parte integrante de ese tipo de sociedades que se generan en entornos fluviales como los ya señalados del Nilo, el Tigris y el Éufrates -entre otros grandes ríos- que propician la aparición de unas estructuras de gobierno complejas con una burocracia sobre una vía de navegación pública.
 
Esta acción sobre la Naturaleza, netamente intervencionista, viene a revelar la actuación del Hombre como gran acelerador de los ritmos de ésta, una acción por la que el Hombre busca adaptarla a sus propias y crecientes necesidades de manera que sea el medio natural el que reciba el impacto de la acción antrópica y se ponga al servicio de las necesidades del ser humano, que habrá superado ya los pruritos del pensamiento mítico-religioso y habrá comenzado a cumplir su destino como dominador de la Naturaleza (dicho esto sin matiz moral alguno), algo expresado, por ejemplo, en el Antiguo Testamento cuando la divinidad ordena al Hombre que se multiplique y domine la Naturaleza.
 
Condicionantes y presupuestos morales aparte, estas actuaciones, estas intervenciones de control permanente sobre el medio natural (en este caso que nos interesa ahora, del medio fluvial, del medio acuático interior) requerían poner en acción -y mantener en funcionamiento- un enorme esfuerzo tanto en lo que tiene que ver con la mano de obra (y de ahí la importancia, andando el tiempo, del contar con un censo fiable de la población afectada, de la población susceptible de ser llamada a trabajar en este aspecto de la economía de los Imperios antiguos) como de la puesta en marcha (y, también, del mantenimiento) de una organización y una estructura administrativa, de una potente “oficina” que se desarrolla sobre el medio sobre el que actúa y que pone en funcionamiento una potente burocracia, todo lo cual contemplado en su conjunto y en el caso de los ríos, podríamos denominar como “despotismo hidráulico”.
 
En nuestro entorno cultural (e histórico y geográfico), y ya en el marco cronológico del Mundo Antiguo, Roma otorgará un gran predicamento a los ríos navegables como vías de comunicación para el normal desarrollo de los procesos de integración de los diferentes territorios del Imperio Romano, así como de cara a la explotación (y puesta en mercado) de los recursos económicos, estableciendo una importante techné (una estructura tecnológica pareja a la administrativa y de gestión) para mantener estas vías fluviales expeditas y siempre dispuestas para su uso al servicio de la economía-mundo de su momento y, a la vez, de los intereses del Estado (cosas que van de la mano la una de la otra).
 
Si la ciudad de Atenas y el puerto de El Pireo (en el horizonte cronológico de la Grecia Clásica) formaban una unidad, de manera que la gran metrópoli ateniense (situada cerca de la costa, pero tierra adentro y no conectada por ninguna vía acuática con el mar Egeo) tenía en el puerto de El Pireo su manifestación costera (al que se unía mediante los “Largos Muros”, una muralla que cercaba el camino terrestre entre los dos pivotes de esta realidad dual Atenas-Pireo), en el caso de la ciudad de Roma (situémonos en un contexto cronológicamente mucho más reciente –medio milenio- al antedicho del binomio Atenas-Pireo), ésta encontraba en el río Tíber (y nos acercamos ya un poco más a la realidad del Guadalquivir, y no sólo desde una perspectiva “estética”) su gran medio de comunicación con al mar, con la costa, con el puerto de Ostia, “alter ego” marítimo de la gran capital interior del Latium.
 
En el contexto meridional del continente europeo, pues, contamos con tres grandes ejes históricos (inicialmente, aunque pueden encontrarse muchos más, a poco que nos detengamos a considerar la cuestión y abundemos en ello) de relación entre un contexto costero y uno interior, formando una realidad dual, como son el de Atenas-El Pireo (siglos V-IV a.C.), el de Roma-Ostia (siglo I d.C. en adelante, esencialmente), y el de Sevilla-Sanlúcar de Barrameda (y no sólo, aunque principalmente, en época Moderna).
 
El río Guadalquivir, río-puerto de la Modernidad, tiene en sus dos ejes, en sus dos pivotes de Sanlúcar de Barrameda, en la costa, y de Sevilla, tierra adentro, los dos núcleos articuladores de su desarrollo histórico, económico, cultural y político, de modo que es difícil atender a uno sin considerar al otro.
Sevilla se conquistó por mar, desde Sanlúcar de Barrameda, en el siglo XIII; Sevilla volvió a la órbita cultural europea, de tradición latina (a la que pertenecía), desde el mar, por el río, desde Sanlúcar de Barrameda, reinando Fernando III el Santo en Castilla, hace tres cuartos de milenio.
 
Y Sanlúcar de Barrameda es el Alfa del entorno portuario que constituye el río Guadalquivir, con Sevilla como Omega, algo que se haría palpable, por ejemplo, con la Expedición Magallanes-Elcano, a principios del siglo XVI, cuando ambas ciudades fueron protagonistas de esta hazaña de la Humanidad.
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