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16 de Abril de 2017
Sobre los ojos que adornan nuestras barcas (I)
 Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Vivimos en un mundo organizado, un mundo en el que hasta los versos tienen medida, en el que la rima debe calzarse, en el que los colores responden a códigos, y en el que los sabores tienen medida (cosa que no sucede con los gustos, o eso queremos creer), y en este mundo milimetrado (falazmente, pero milimetrado), incluso las modernas embarcaciones de recreo, nuestras barcas, barquillas, botes y pateras también deben tener “papeles”, como todo el mundo sabe; papeles, registros, códigos, desde el número de matrícula, registro, lista…, hasta los “papeles” que debe tener quien las maneja, en su caso… Como un vehículo terrestre, vaya, como nosotros mismos (que también tenemos papeles, y somos números).

Los números que muestran en sus proas nuestras barcas, como sucede con sus mismos nombres y también con los colores que muestran, vienen a servir como elementos identificadores de las mismas para los observadores: esos números ayudan a ubicarlas administrativamente, a identificarlas (y no sólo administrativamente), ayudan a construir su identidad, su imagen ante el mundo, y a ubicarlas en los registros de este mundo ordenado (o que pretende serlo).
 
En el medio marino, las señas de identidad son muy necesarias, tanto para darse a conocer en la distancia como para esconderse tras símbolos imprecisos, cuando no enteramente falsos, caso necesario, hoy como antes (y especialmente en según qué escenarios tanto geográficos como históricos).
Sabemos que en la Antigüedad navegantes míticos como los Cabiros, como los Ocho Hermanos de los relatos mitológicos, los navegantes fenicios de Lisboa que llegaron hasta las islas del Océano rompiendo las barreras conocidas hasta esos entonces, o Jasón y sus Argonautas, que exploraron los confines orientales del lejano Mar Negro, o los arqueros de los Vasos de Lliria (en tierras de la actual Comunidad Valenciana, en el Levante de la Península Ibérica), llevaban en sus embarcaciones determinados elementos identificativos que servían a marinos y naves (y es de señalar que en algunos casos las naves venían a tener la consideración, casi, de seres vivos, como sería el caso de la nave “Argos” de Jasón) para darse a conocer o para adoptar una identidad determinada ante unos u otros encuentros fortuitos, incluso disimulando su verdadera naturaleza llegado el caso, y en función de la necesidad del momento.
 
Ya en tiempos históricos, y de acuerdo con relatos no ya míticos, sino históricos (aunque Historia y Mito no son necesariamente realidades contrapuestas, ni forman parte de horizontes culturales o cronológicos distintos, sino que obedecen a dos formas distintas y complementarias de analizar la realidad, a las dos formas de nuestro pensamiento, la lógico-racional y la mítico-religiosa), los barcos de los navegantes del Mediterráneo antiguo utilizaban los mascarones de proa como elementos distintivos e identitarios; así, por ejemplo, los barcos de los fenicios gaditanos llevaban en las proas la cabeza de un caballo en madera, unas cabezas de caballo que llevarían a que a los barcos gaditanos se les conociera como los “Caballitos gaditanos”, los “Híppoi gaditánoi”.
Y no sólo serían los barcos gadiritas, los barcos de los fenicios gaditanos, los que surcarían los mares en la Antigüedad portando unos mascarones de proa a modo de señas de identidad de su naturaleza y procedencia, pues otro tanto sucedería asimismo con las naves de otras muy distintas y dispares procedencias (incluso más allá del mundo fenicio), como es el caso de las negras naves de los príncipes aqueos, de los argivos que llevaron la guerra a las doradas playas de Ilión, de la Troya que cantó Homero.
Ese caballo de Troya que peina los sueños de los poetas desde hace varios milenios, de haber existido, no habría sido la efigie de un caballo d madera, sino un “Hippos”, un barco con mascarón de proa en forma de caballo, en cuya entraña se habrían escondido los guerreros justos (un comando, diríamos hoy día) para abrir las puertas de la confiada ciudad de Troya y así permitir el paso al resto de los griegos, que acabarían destruyendo de este modo el reino del anciano Príamo.
 
El caballo, animal sagrado para Neptuno (en la mitología griega), y para la diosa celta Hipona, entre otras divinidades de la Antigüedad, y que era uno de los símbolos de la ciudad de Cartago, es un animal cargado de fuerza y de todo tipo de referencias para la Humanidad a lo largo del tiempo (siendo una de las especies animales con las que más relación guarda la especie humana, y a la que más debe...).
 
Los caballos de los barcos de la Gadir fenicia (elementos del II y I milenio a.C.) vienen a encontrar un equivalente, dando un salto en el tiempo, en los dragones de los hombres del Norte, a los mascarones proeles en forma de cuello y cabeza de dragón de los barcos vikingos (de los siglos IX-XII d.C., por ejemplo), tan afamados y tan cantados como temidos…
 
Son símbolos de identidad para los hombres, y elementos de identificación con el medio natural: cumplen, por tanto, con una doble funcionalidad: sirven para ser identificados [por los hombres] tanto como para identificarse [con las fuerzas de la naturaleza], haciendo del barco que los porta un animal mítico en sí mismo, convirtiendo a ese ensamblaje de maderas  y cordajes en un ser vivo, en un ser mitológico, en una manifestación de las fuerzas de la naturaleza, de una parte, y del carácter de la divinidad con la que está vinculado, de otra.
 
Porque una de las claves del Mundo Antiguo es la resistencia del Hombre a trascender de la Naturaleza: la Ecología no es una actitud ideológica, sino el marco de referencia (y de desenvolvimiento) para las sociedades antiguas, especialmente antes de que comenzase a desarrollarse (de la mano de la sedentarización, la territorialización y la construcción de las sociedades estatales excedentarias -y, por ende, acumuladoras de riqueza) la separación progresiva (y dolorosa) entre el marco natural -entendido ya como el medio de desenvolvimiento de unas sociedades humanas destinadas a controlarlo- y el medio humano, fruto de la Naturaleza, de la voluntad de los dioses, y destinado a controlar el entorno natural trascendiendo del mismo (como señala, por ejemplo, el “Génesis” 1.28, cuando la divinidad ordena al ser humano que se reproduzca y domine la Tierra, trascendiendo de su animalidad y enfrentándose al medio natural, no sólo por el procedimiento de situarse “frente al medio”, sino por el decisivo paso de hacerse definitivamente con el control del medio natural, de dominarlo, de situarse “sobre el medio”, como elemento dominador del mismo).
 
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