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Apuntes de Historia CCXX
 
 
 
 
   
 
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26 de Marzo de 2017

La mirada de los viajeros románticos (I)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-El siglo XIX en el contexto general del espacio europeo sería un período de profundas transformaciones de toda índole (sociales, políticas, económicas, tecnológicas) que afectaron al continente, y con él al conjunto del planeta, y ello de la mano de la economía-mundo articulada desde los estados imperiales europeos, con la explotación de buena parte del planeta por parte de países como Gran Bretaña o Francia, los cuales desde su sistema imperial colonial pondrían al servicio de las economías productivas del mundo occidental los territorios y las fuentes de riqueza (amén del trabajo de la población) de buena parte del mundo.

La Europa del siglo XIX conocería la convulsión de las guerras napoleónicas, consecuencia, entre otras cosas, de los cambios producidos por la Revolución Francesa, que darían al traste con un ordenamiento social y civil, el del Antiguo Régimen, dimanado de la Edad Media (y no pasemos por alto que estamos exponiendo el tema desde una perspectiva divulgativa) e imperante en el continente europeo durante siglos, hasta su quiebra en el siglo XVIII de la mano de las transformaciones económicas (y con ello morales) fruto de las revoluciones geográfica y del conocimiento de los siglos XVI y XVII.

Esta alteración del orden establecido en la Europa de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, que daría paso a un nuevo modelo social y político en el espacio europeo, iría aparejada de la consecuente evolución de los modelos culturales, en un proceso de ida y vuelta y de cambio articulado que afectaría a los modos y gustos estéticos y profundos de la sociedad europea del momento, especialmente en su ámbito occidental.

Realmente no es sencillo establecer la prelación del cambio (cultura versus economía o viceversa), pero en cualquier caso es de significar que la imparable ascensión de los cambios económicos y la ampliación de los horizontes culturales (ideológicos, morales, éticos, intelectuales…) del continente europeo (contemplada la cuestión desde la perspectiva del amplio radio) a lo largo de los siglos XVI y XVII tendría una plasmación definitiva en el siglo XIX, tras la transición que vendría a suponer el Setecientos, un siglo en el que el Antiguo Régimen, que se negaba a morir (como todos los sistemas sociales y económicos), llegará a -en su canto del cisne- presentar algunas de las muestras más significativas de su identidad, especialmente en los terrenos de la Estética, la Ciencia y el Arte.

Estas transformaciones que conocieron (y provocaron) los siglos XVI y XVII tuvieron que ver con los descubrimientos geográficos y científicos y las navegaciones oceánicas, con la Vuelta al Mundo y la demostración de la esfericidad de la Tierra, con la invención de la imprenta (verdadero internet de finales del XV por lo que la palabra impresa y con ello la publicación de libros conllevaría de cara a la transmisión y difusión del conocimiento), entre otras cuestiones de relevancia, llevarían a los cambios sociales y políticos que conocería el Ochocientos, y de los que, finalmente, el agitado siglo XX, convulso hasta la extenuación, sería directo heredero y continuador, si no incluso potenciador.   

El viaje, desde esta perspectiva, aparece en el siglo XVIII (siempre, no lo perdamos de vista, hablando en líneas generales, dado el espacio y naturaleza de estos párrafos) como elemento de placer, como vehículo del disfrute personal y de la construcción -incluso- de la identidad individual, como expresión del desarrollo de un concepto nuevo y en principio reservado a las clases verdaderamente pudientes, el del ocio, y aun más, el del turismo.

Sería éste un turismo afanado por el descubrimiento cultural, por la inquietud cultural, por descubrir horizontes culturales nuevos y a la vez clásicos, especialmente relacionado con el concepto del “Grand Tour”, ese “must” que llevaba a los elegantes y a los inquietos entre las aristocracias y la alta burguesía inglesa, francesa, alemana, italiana, escandinava, española, a conocer los paisajes del Mundo Clásico, los monumentos, legado de la Antigüedad, de la ciudad y el entorno de Roma, de las regiones de Grecia, de toda Italia en general (y especialmente en lo que se refiere a sus perfiles romanos, antiguos).

El viajero es, en general y en particular en esos momentos, en esencia, un ser intelectual y culturalmente inquieto, que dispone de tiempo y, naturalmente, de dinero (caso contrario, nada de viajes, obviamente), y que busca en el viaje no sólo un momento de expansión sino dar curso a lo que Cicerón llamaba no sin acierto “otium studiosum”, es decir, al ocio que va acompañado por el aprendizaje, que se considera además una forma de diversión, y que es propia de las personas inquietas y ávidas por mejorar su situación intelectual, su visión del mundo y sus perfiles culturales desde una perspectiva amplia y profunda.

El viajero, como Goethe, como Stendhal, como el archiduque de Austria (y luego fugaz (y dramático) emperador de México, Maximiliano de Habsburgo (hermano del soberano austrohúngaro Francisco José I) busca además compartir sus experiencias de viaje, y no sólo por el procedimiento de ayudar a otros viajeros a conocer directamente, de primera mano, los espacios, paisajes, monumentos de su interés (…recordemos en este sentido las visitas que el caballero Stendhal organizaba en la ciudad de Roma para sus amistades que se encontraban de visita en la antigua capital imperial, que venían a incluir nada menos que un picnic en pleno Coliseo…, al que se accedía en carrozzella, por cierto, directamente).

No, los viajeros, o algunos de ellos al menos, buscaban también dejar constancia de sus experiencias, de sus viajes (y en algunos casos de sus aventuras) por escrito, dando de este modo a conocer sus avatares a un público mucho mayor (que ya no sólo se limitaba a otros viajeros) mediante la narración de sus historias personales en el marco de sus viajes.

De este modo, en la Europa del XIX (sin perjuicio de experiencias anteriores, en un género plurisecular que incluye textos como la Ilíada, la Odisea o los Viajes de Simbad, por ejemplo, o el Libro de los Millones, de Marco Polo), el viaje se convierte en literatura, y el relato de viajes se convierte en un género literario en sí, destinado a un público cada vez mayor, a un público interesado en conocer siquiera fuera a través de la palabra escrita esos paisajes, esos monumentos, esos tesoros patrimoniales que forman parte de nuestro arcervo cultural común.

Y algunos de esos viajeros se ocuparon de nuestro entorno en sus páginas. A ellos volveremos en los próximos párrafos.

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