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Apuntes de Historia CCVI
 
 
 
 
   
 
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11 de Diciembre de 2016
Acerca del posible origen de Las Covachas (III)
Manuel Jesús Parodi.-La ritualización, la sacralización, de espacios que pertenecen a la Historia, que forman parte de las claves esenciales de la Historia de una sociedad es un fenómeno habitual, responde a un comportamiento que se manifiesta de manera común en muy distintas y distantes sociedades humanas.
No es nada extraño que los que son considerados (de forma más o menos consciente) entre los primeros lugares de habitación, de ocupación, en un espacio dado (y en el contexto de un cuerpo social determinado), sean sometidos a un fenómeno de ritualización, que suele traducirse en una visible monumentalización, que contribuye a su singularización, algo que llega a hacerlos visualmente especiales, tangiblemente especiales, sensiblemente especiales para propios y extraños, de modo que se les envuelve –a estos lugares esenciales, a estos “omphali mundi” en un halo singular, especial (y repetimos las expresiones a conciencia, a sabiendas de ello), fácilmente reconocible como tal por quienes se acercan (voluntaria o involuntariamente, por costumbre o azar) a dichos hitos históricos, a dichos espacios esenciales, especiales, y cargados -por ende- de fuerza para la sociedad de cuya Historia forman parte.
           
Así, en la Roma clásica, los fuegos de Vesta, el focolar tradicional del primitivo asentamiento (o el que se consideraba tal -y no entraremos ahora en el fundamental debate acerca del peso de la memoria y la tradición en la construcción de la Historia y, por añadidura, de las identidades colectivas de los cuerpos sociales) encontraron asimismo espacio propio en la ritualización pétrea de la ciudad, superada de largo (en el tiempo y en la dimensión de escala) la primitiva aldea protohistórica (si no neolítica) establecida en ese entorno palúdico del Tíber, en la zona de las Siete Colinas, la matriz de un Imperio…
 
En la actual París, la Isla de Lutecia (el nodo inicial del poblamiento en ese contexto de la gran ciudad histórica de la Francia septentrional, centro de lo que no casualmente se denomina Ille de France -la “Isla de Francia”) alberga, no casualmente, el núcleo sacro de la capital francesa, la Catedral de Nôtre Dame, en un ejemplo neto y claro de la ritualización y sacralización de un espacio fundacional a lo largo de los siglos (con el asentamiento de un templo -dedicado en este caso, no a una diosa precristiana como Vesta, sino a la Madre de Dios, otra figura divina femenina, en fin de cuentas y dicho pronto y mal- cristiano), cubierto dicho espacio por el halo pétreo que viene a revestir a la sacralidad imperante en el contexto social que lo eleva, que lo construye, que lo constituye.
 
En la ciudad de Londres, la famosa Torre de Londres (fortaleza, prisión, lugar de leyendas…) marca y localiza por su parte asimismo un punto axial en la geografía histórica de ese núcleo de población, localizándose en el contexto más antiguo del espacio poblado en la capital del Reino Unido de la Gran Bretaña.
 
Y volviendo a Roma, tenemos otro ejemplo más (y hay muchísimos, en muchos lugares) en la Isla Tiberina, uno de los espacios con identidad propia más antiguos en el poblamiento de la capital italiana: la existencia de la propia isla dataría de momentos posteriores al establecimiento del poblamiento humano en el entorno, entre las colinas, dado que la isla “surge”, por causas naturales o antrópicas, o por una combinación de ambas, en época republicana arcaica, a fines del siglo IV o principios del III a.C., fundiéndose la leyenda de su creación en la nebulosa de las explicaciones míticas sobre la aparición de ese pequeño núcleo arenoso que terminaría convirtiéndose en la Isla Tiberina que conocemos hoy.
 
Esta pequeña isla italiana sigue conservando el uso sacro que tuvo ya en época romana, pues si ya en la Antigüedad encontramos que la misma era en sí un área sacra dedicada a Esculapio, dios de la medicina (en lo que a todas luces vino a representar una forma de “normalizar” -esto es, de integrar en el mundo ordenado, sólido, cierto, y por todo ello, “normal”- un espacio surgido “de la nada”, en medio del río Tíber, inopinadamente quizá, poniendo ese terreno de incierto origen bajo la protección y la cobertura no sólo de una divinidad, sino de una divinidad expresamente salutífera, salvífica), hoy día coexisten en dicho espacio insular fluvial la función sacra, contando con la iglesia de San Bartolomé (“San Bartolomeo in Isola”, literalmente “San Bartolomé en la Isla”), con las funciones médicas, ya que en tan reducido espacio conviven la referida iglesia católica con el Hospital de San Juan de Dios (institución que en sí misma mezcla lo religioso y lo médico) y el Hospital Israelí (establecido en la isla desde 1900), perviviendo de este modo las dos naturalezas del carácter primigenio de ese espacio, la religiosa y la sanitaria, como hemos señalado (que vienen a ser, si nos detenemos a considerarlo con atención, dos caras de la misma moneda salvífica: la espiritual y la física…).
Ciertamente, y podríamos poner muchos ejemplos de ello, se produce un fenómeno de ritualización, o de monumentalización (cuestiones que no son excluyentes entre sí, que en muchos contextos coinciden, apareciendo de la mano la monumentalización de los espacios con la sacralización de los mismos) –en todo o en parte- en los entornos originales del poblamiento de un determinado lugar, o en aquellos entornos.
 
Los espacios nucleares de no pocas ciudades, lugares y pueblos, y no estamos descubriendo nada al señalarlo, se corresponden, y no por casualidad, en muchas ocasiones con los “puntos cero” (reales, absolutos, o imaginarios incluso) del poblamiento en dichos entornos humanos, de modo que desde el punto de vista histórico y patrimonial, puede señalarse que existen zonas nodales, áreas si no sacras, sí ritualizadas y monumentalizadas, por ende, que vienen a corresponderse con esos entornos iniciales del poblamiento.
 
En otras palabras: los entornos nucleares históricos de muchas de nuestras ciudades guardan en su seno (desde un punto de vista material, en lo que toca a su ubicación y naturaleza, tanto como desde un punto de vista ideológico, mental, en lo que atañe a su peso como ejes definidores, vertebradores, del desarrollo de la Historia de ese contexto urbano) las claves del pasado de esas ciudades, las claves más remotas de tal pasado.
 
Y en lo que toca a Sanlúcar de Barrameda, ese eje nodal (del que hemos hablado con anterioridad) se encuentra dibujado en los perfiles del Palacio Ducal de Medinasidonia, de la iglesia de La O, de la Plaza de los Condes de Niebla, de la Plaza de la Paz, de la Cuesta de Belén, y, naturalmente, de Las Covachas.
 
Y de ello seguiremos hablando en los próximos párrafos de esta serie, centrando nuestra atención en el posible origen protohistórico de la oquedad de Las Covachas, dejando claro que con esta atribución cronológica no nos referimos al aspecto monumental de las mismas, a su ornato (que se relaciona con los siglos XV-XVI de nuestra Era, los siglos de la transición de las épocas medieval y moderna), sino al hueco mismo, a la cavidad propiamente dicha, a la modesta cueva que pudo en origen haber sido un abrigo costero protohistórico, como otros tantos en el litoral andaluz, por ejemplo, emplazado en una zona de transición entre la costa y los altos de la Barranca sanluqueña, todo ello a la luz y al calor de su propia naturaleza y de los materiales hallados en la intervención arqueológica asociada a la obra de conservación del Mercado de Abastos (una intervención dirigida por mi amigo y colega Diego Bejarano Gueimúndez y en la que he podido participar).  
 
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