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Apuntes de Hsitoria CXCV
 
 
 
 
   
 
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24 de Septiembre de 2016
La Primera Vuelta al Mundo. Algunas consideraciones (III)
Manuel Jesús Parodi.- Venimos tratando en las anteriores semanas, en los artículos de estas semanas precedentes, el tema crucial del mes de septiembre, en lo que a la Historia de Sanlúcar de Barrameda (y no sólo a la Historia de Sanlúcar) se refiere: el hecho, fundamental para la Humanidad, de la Primera Vuelta al Mundo, de la Primera Circunnavegación de la Tierra, cumplida gracias a la Expedición Magallanes-Elcano que zarpó a la mar desde Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519 con cinco naos (Trinidad, San Antonio, Concepción, Santiago y Victoria) dos centenares y medio de marineros al mando del navegante portugués (al servicio de España) Hernando de Magallanes, viéndose culminado el viaje al cabo de tres años de su inicio cuando una sola de aquellas cinco embarcaciones originales regresó a Sanlúcar, culminando su viaje y la hazaña, el seis de septiembre de 1522.
Esta nao, la Victoria, regresó comandada por Juan Sebastián de Elcano, marino euskaldún, con el italiano (de Vicenza) Antonio Pigafetta como cronista de un viaje que les llevaría a dar la vuelta al mundo, la Primera Vuelta al Mundo, cumpliendo así con un sueño que desde la Antigüedad había desvelado a científicos y filósofos: demostrar materialmente la esfericidad de la Tierra, algo que desde un punto de vista teórico había sido ya apuntado primero y demostrado después gracias a los cálculos realizados por eruditos como Eratóstenes de Cirene.
           
Este geógrafo, astrónomo y matemático griego, Eratóstenes de Cirene (la ciudad griega de Cirene, en la Península de la Cirenaica, que tomaría su nombre de la propia ciudad, una ciudad-estado que mantendría estrechas relaciones con el Egipto Ptolemaico, en época helenística, y que acabaría integrándose -haciendo una lectura muy somera de su Historia- en la Romanidad), quien vivió a lo largo del siglo III a.C. y falleció en Alejandría a principios del siglo II a.C. no sólo fue un erudito, un intelectual de reputado prestigio en su época.
 
Amigo del afamado Arquímedes, este humanista y científico tuvo una formación universal, contándose entre sus maestros el célebre poeta Calímaco de Cirene (que fue asimismo maestro del poeta Apolonio de Rodas, coetáneo –casi- de Eratóstenes), quien impartía sus lecciones en la escuela que creó en Alejandría (siendo la capital egipcia por entonces el verdadero centro de referencia intelectual del Mediterráneo, como lo era asimismo desde la perspectiva de la economía, al amparo del ascendente poder de los primeros faraones Lágidas, descendientes de Ptolomeo I Lagos, general de Alejandro Magno).
           
De hecho sería el rey Ptolomeo III “Evergetes”, el Benefactor, quien llamaría a Eratóstenes a Egipto -quizá por sugerencia de su consorte, la reina Berenice de Cirene (recordemos que el mismo Eratóstenes era cirenaico), esposa del faraón- ofreciéndole el puesto de director de la Biblioteca de Alejandría, lo que en realidad venía a ser (salvas las distancias con el contexto actual) en la práctica equivalente a ser rector de la Universidad alejandrina, pues la “Biblioteca” era un centro del saber más semejante (si lo consideramos bajo una perspectiva actual) a una Universidad que a lo que entendemos como una Biblioteca.
           
Ptolomeo III fue un gran protector de la Cultura; notable mecenas, una de sus “joyas de la Corona” era precisamente la Biblioteca de Alejandría, y precisamente buscando lo mejor para la Biblioteca, el soberano Lágida trajo a Eratóstenes a la dirección de la misma.
           
Eratóstenes, a quien se atribuye la invención de la esfera armilar a mediados del siglo III a.C., esto es, en su juventud, fue capaz de aventurarse a establecer la ubicación de los Trópicos, medir la distancia de la Tierra al Sol, o de la Tierra a la Luna (de acuerdo con Plutarco), o de señalar que el diámetro del Sol es 27 veces superior al de la Tierra (según transmite Macrobio: un cálculo erróneo, pues es muy superior); realmente lo de menos es que sus cálculos (en éstas y otras mediciones) fuesen más o menos acertados: lo verdaderamente significativo es que fueron la base para mucho de lo que vino después (como los trabajos de uno de los más grandes geógrafos de la Historia, el también norteafricano -egipcio- Claudio Ptolomeo, autor de uno de los primeros mapas de la Tierra), y que este científico griego nacido en el Norte de África fue uno de los primeros de quienes tengamos constancia en haber calculado (o tratado de calcular) la circunferencia de la Tierra, el diámetro del Planeta, hace casi dos milenios y medio, nada menos.
           
Como vemos, desde la Antigüedad el hombre ha tenido un enorme interés por conocer las dimensiones de la Tierra, su ubicación en el Espacio, su relación con los cuerpos celestes que la rodean (caso del Sol, Helios en griego, o la Luna, Selene en la lengua de Sócrates), y sus proporciones.
Y no sólo lo vemos gracias al caso de Eratóstenes (por no hablar de quienes le precedieron en los siglos); desde Pitágoras a Arquímedes, pasando mucho más tarde incluso por figuras como el ya mencionado Claudio Ptolomeo o la gran científica Hipatia de Alejandría, última directora de la Biblioteca alejandrina (asesinada por el fanatismo religioso, víctima del entonces obispo de la capital del Nilo, San Cirilo), muchos son los nombres (y es de entender que habrán sido muchos más, pues sólo nos es dado conocer los conservados por la Historia…) que se encuentran en el camino de la Ciencia, del Estudio, del Conocimiento, de la interpretación y análisis de los cálculos y de la realidad, en este caso concreto, en la búsqueda del conocimiento de la realidad del Planeta Tierra, lo que naturalmente incluye el establecimiento sin lugar a dudas de su naturaleza esférica.
           
Todos los esfuerzos de los científicos del Mundo Antiguo, de esa época Helenística tan feraz como fugaz, no se verían confirmados (y por ende, culminados) hasta que ese barco volvió a Sanlúcar, el punto de partida de su aventura marina, un seis de septiembre de 1522.
           
La nao Victoria no trajo a Sanlúcar, a España, a Europa, sólo riquezas, ni las claves de un Imperio verdaderamente Universal para el César Carlos V, ni a los supervivientes (ni siquiera una veintena de hombres) de un viaje devastador para la naturaleza humana. La nao Victoria trajo con su regreso la culminación de un camino de estudios, de un proceso de investigación que llevó a seres humanos muy anteriores a su navegación, como Hipatia, como, especialmente, el cirenaico Eratóstenes, a sostener la esfericidad de la Tierra: la Victoria trajo la confirmación de la investigación de Eratóstenes, coronando así con su nombre un camino de siglos: el del indomable espíritu humano. De Eratóstenes a Juan Sebastián de Elcano. De Alejandría a Sanlúcar.
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