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Apuntes de Historia CLXXXIX
 
 
 
 
   
 
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13 de Agosto de 2016
Expansión urbana medieval cristiana XV
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Hemos podido ir contemplando en las páginas anteriores de esta serie cómo la vieja villa islámica sanluqueña (que ya se llamaba “Sanlúcar” hace mil años) iría dando paso, de la mano de los Guzmanes, a la nueva villa cristiana mediante un proceso de transformación, de expansión que habría de desarrollarse a lo largo del siglo XIV, un siglo que vería surgir en Italia el Renacimiento y en el que nuestra Sanlúcar de Barrameda conocería a su vez un fenómeno propio, especial y específico, por así decirlo, de “renacimiento”, o, dicho de otro modo, de crecimiento en todos los sentidos, especialmente, por lo que más interesa a estos párrafos, también en el ámbito urbanístico.

 Como hemos señalado en más de una ocasión, es de tener en cuenta que el tiempo es, a todas luces, la gran e inexorable máquina del cambio; al mismo tiempo es asimismo de considerar que la Historia es el vehículo de expresión de dichos cambios (y el gran testigo de los mismos), por lo que la misión esencial del historiador sea el estudio, el análisis y la explicación (ardua tarea) de la evolución, del desarrollo y el desenvolvimiento de las sociedades humanas en el Tiempo y el Espacio (algo muy alejado de hecho de la mera acumulación y repetición de cuestiones materiales puntuales más o menos ajustadas a lo que pudiera haber sido la realidad en un momento dado), pues se trata de estudiar y comprender (para explicar) los parámetros en los que se desarrolla la acción humana y los contenidos y naturaleza de dicha acción.
 
Todo cambia, todo se mueve (que decía el filósofo cuando hablaba del río en el que era imposible bañarse dos veces…), tanto las cuestiones de orden natural como los asuntos humanos, y ello a causa de la acción de ese elemento de desgaste (y de evolución) ya mencionado que es el Tiempo (con mayúsculas): todo cambia, se mueve, evoluciona, en una dirección o en otra, mutando formas y fondos e incluso cambiando las esencias propias por el efecto de acumulación y la sucesión de cambios, de mutaciones… Unos cambios que individualmente contemplados pueden ser (quizá en su apariencia, quizá en lo complejo de su realidad integral) o parecer de índole menor pero que -sumados- pueden llegar a revelar mutaciones esenciales, alteraciones estructurales, que a su vez pueden llevar (y tantas veces de hecho llevan) a cambios de naturaleza mayor, cuya visibilidad, cuya plasmación en la materia externa de las cosas y cuya tangibilidad quizá no necesariamente se producen en un plazo corto de tiempo, y quizá tampoco son fácilmente apreciables, pero que es de señalar que en efecto llegan a producirse, son finalmente perceptibles, y tienen un efecto de “longe durée”, que, ya en sus fases finales se hace palpable e innegable, y que a su vez pueden tender (los cambios, sus efectos, y la percepción de todo ello) a notarse y pervivir a lo largo de largos períodos de tiempo.
 
Así, y de este modo, las mutaciones estructurales (de carácter económico, social, político, cultural…) pueden producirse, en la Historia, como consecuencia de procesos complejos, de largo período, de largo radio y rango (y desarrollados poco a poco, paulatinamente, a lo largo de lo que contemplado con los ojos de una vida humana parece mucho tiempo y que en términos históricos, de todos modos, quizá no lo sea tanto), pero que “cristalizan” en un momento determinado y dan a luz a una nueva realidad que, a veces, parece salida de la nada, o difícilmente relacionable con el mundo del que parte y a partir del cual se forma, se gesta, se crea y nace.
 
Amén de situaciones concretas que el lector pueda identificar (y que se estén produciendo en el momento en el que por primera vez lee estos párrafos, o que se hayan podido producir en un pasado histórico más o menos lejano a la realidad del mismo lector), una realidad histórica cualquiera (insistimos: política, económica, social cultural…) aparentemente estable puede mutar, puede cambiar, como consecuencia de procesos de mayor o menor velocidad, de mayor o menor duración, de mayor o menor intensidad, unos procesos que en virtud y función de su propia naturaleza y velocidad serán percibidos de una u otra forma por quienes los experimentan (a título particular, los individuos, o colectivo, los cuerpos sociales), de quienes, llegado el caso y en función de lo que se trate, los sienten, disfrutan, sufren o padecen.
Precisamente ello es lo que sucedería en (y con) la Sanlúcar medieval cristiana en sus primeros momentos: la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, que sigue siendo la misma realidad identitaria desde sus primeros pasos, desde los primeros momentos -que conocemos- en los que, como señalábamos, se manifiesta como tal conjunto, como tal cuerpo social y como tal entidad en el espacio (como conjunto urbano, de mayor o menor entidad), que (podemos considerar) es Sanlúcar desde antes incluso de llamarse así, tiene en la segunda mitad del siglo XIII un momento axial, de transición, a una realidad nueva, que se funde con lo anterior en un proceso que culminaría con una serie de transformaciones materiales (reflejo de las transformaciones esenciales) una de las más vistosas de las cuales, de las más fácilmente contrastables, habría de ser precisamente la expansión, el crecimiento, de su casco urbano amurallado.
               
No dejaremos pasar la ocasión sin insistir en que cuando hablamos de la “ciudad” (Sanlúcar de Barrameda en este caso concreto) es imprescindible no perder de vista que estamos haciendo referencia tanto al espacio “urbano” de la misma (como decíamos, con independencia y al margen de la propia envergadura, extensión y consistencia que dicho espacio urbano llegase a tener) como de la comunidad de habitantes de dicho espacio: la civitas como concepto doble, que concierne y define tanto al espacio físico de la ciudad como a los habitantes (y por ello, y por ende, a los creadores y transformadores) de dicho espacio material, en el más puro sentido romano del concepto: en Roma, la civitas es tanto la ciudad-casco urbano como la ciudad-cuerpo social de la misma: el mismo concepto engloba a lo urbano y a lo humano, a lo monumental y a la comunidad que lo habita, al conjunto de los ciudadanos.
Abundando en esta reflexión-digresión, es de señalar en que castellano (y a partir de ese concepto latino de civitas) se desarrollan los términos (y conceptos) de “ciudad” y “ciudadanía”, siendo que el primero de ellos atañe a la ciudad (propiamente dicha) como espacio habitable y habitado (a lo material, a lo urbano…), mientras el segundo (dicho mal y pronto) envuelve y define a las personas que habitan (y que por tanto forman y dan forma) a dicho espacio.
 
La fisonomía del espacio antrópico, antropizado, tiene todo que ver con la presencia humana, con la mano humana que lo modela y lo transforma, llevando a cabo tales cambios, acumulativos los más (cuando no destructivos), que llega a alterar irremisiblemente paisajes y entornos. Ello no es menos cierto en lo que atañe al propio espacio humano, a los espacios urbanos diseñados (si tal puede decirse, que de todo hay y ha habido en la Historia) e principio, ex novo, por esa misma mano humana que altera los ritmos de la naturaleza siguiendo, dicho sea de paso y en lo que atañe a nuestra tradición cultural, los mandatos divinos expresados en el Génesis (I.28), cuando el texto sagrado dice aquello de “creced y multiplicaos”, un mandato divino que nuestra especie (singularmente en el contexto occidental), ha venido siguiendo a rajatabla una vez rotos los tabúes del pensamiento antiguo… Pues bien, en los espacios urbanos (los más antrópicos de los espacios, quizá…) sucede también que el paso del tiempo -y con ello y al mismo tiempo la acción de la mano humana- continuamente va generando transformaciones que, sumadas, llegan a cambiar tanto un determinado perfil de la ciudad que pueden incluso llevar a hacer desaparecer trazos y trazas de épocas que van poco a poco quedando atrás en el tiempo, borradas por la misma acción de la Historia.
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