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Apuntes de Historia CLXXXII
 
 
 
 
   
 
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25 de Junio de 2016
Expansión urbana medieval cristiana VIII
Manuel Jesús Parodi.-El tiempo es la gran máquina del cambio. Todo, tanto lo natural como lo humano, entregado a la acción del tiempo, cambia, se mueve, evoluciona, en uno u otro sentido, en una u otra dirección, mutando formas y fondos e incluso cambiando la propia esencia a fuerza de acumulación de cambios, unos cambios que pueden ser -quizá- menores en sí mismos -de ser individualmente considerados- pero que sumados pueden llegar a producir mutaciones estructurales conducentes, finalmente, a cambios esenciales.
La ciudad de Sanlúcar de Barrameda sigue siendo la misma desde sus primeros pasos, desde los primeros momentos -que conocemos- en los que se manifiesta como tal conjunto, como tal cuerpo social y como tal entidad en el espacio (como conjunto urbano, de mayor o menor entidad), y sin embargo, puede afirmarse al mismo tiempo que ya no es la que fue una vez, o, más aún, que su ser está en su constante cambio a lo largo del tiempo, a lo largo de la Historia.

Trataremos, como decía, en próximos capítulos de esta seria dedicada a “Sanlúcar en su Historia”, de aproximarnos al proceso de construcción de la imagen de la ciudad en el (y a través del) imaginario (valga la redundancia “imagen-imaginario”) colectivo de la propia ciudad (de su comunidad humana), un proceso de larga duración, extenso y profundo en sus contenidos y formas, y a la misma vez dilatado en el tiempo, que tiene todo que ver con la realidad actual de la Sanlúcar presente, con la forma en que Sanlúcar se entiende y se contempla a sí misma, y con los pasos (conocidos) de la Historia de esta comunidad, su evolución en el tiempo y los avatares a los que se ha visto sujeta y que ha protagonizado en el mucho, mucho, mucho tiempo que lleva contando con identidad propia (bajo una u otra denominación) como comunidad humana asentada en un espacio determinado y consciente de su realidad como cuerpo, como entidad.
 
Y es que cuando hablamos de la “ciudad” (en este caso concreto y por supuesto, de Sanlúcar de Barrameda) es menester tener en cuenta que estamos hablando tanto del espacio “urbano” de la misma (con independencia y al margen de la envergadura que éste tuviera) como de la comunidad de habitantes de dicho espacio: la “civitas” como concepto doble, que concierne al espacio físico y a los habitantes (y creadores/transformadores) de dicho espacio material.
 
 Pues una ciudad es tanto un marco físico, urbano (de menor o mayor entidad y envergadura) como la comunidad de personas, de habitantes, de ciudadanos, que la componen, que la forman, y ambos conceptos marchan de la mano para dar contenido al de “ciudad”.
 
Y es precisamente esa comunidad humana que forma la ciudad la que tiene todo que decir en la construcción de la imagen de dicha ciudad, al ser protagonista de dicho fenómeno (en combinación con los factores externos a la misma, en absoluto obviables ni marginables del análisis.
 
Una imagen que es dual, que tiene un doble ámbito de desenvolvimiento, ya que de una parte se proyecta hacia el exterior de la comunidad (la imagen que la ciudad proyecta de sí misma “hacia fuera”), al tiempo que, de otra, cuenta con una proyección interna, de manera que la comunidad cuenta igualmente con una imagen de sí misma proyectada “hacia el interior” de la propia comunidad, una imagen “interior” que llega a convertirse en la piedra angular (difusa, gaseosa, informe, de límites y contornos dispersos, si se quiere) del imaginario colectivo de la ciudad, de la comunidad: en la imagen que una comunidad tiene de sí misma, que tiene tanto que ver con los componentes sentimentales (emocionales) que la comunidad desarrolla sobre (y hacia) sí misma, dando forma a las “verdades colectivas”, al tiempo que a los “lugares comunes” que toda comunidad guarda de sí misma, que todo conjunto humano atesora sobre sí mismo (un “tesoro” que a veces es una caja de pandora en la que se dan cita elementos reales y ficticios, Historia y mito, leyendas y tópicos, y que pone los matices de color en el cuadro, siempre en construcción, de la Historia y la identidad colectiva de una comunidad, algo a lo que Sanlúcar de Barrameda, como es natural, como es de esperar, no es ajena en absoluto).
Pero a esto dedicaremos otros párrafos por venir en un futuro que esperamos no muy lejano, como hemos señalado con anterioridad.
La construcción de identidades colectivas es un fenómeno global que tiene mucho que ver con la evolución histórica, en el tiempo y el espacio, de dichas comunidades, así como con la perspectiva que de sí mismas tienen los conjuntos humanos, y que afecta a conjuntos humanos de mayor o menor envergadura, de mayores o menores dimensiones (cuantitativamente hablando).
 
El proceso de forja de las señas de identidad de nuestra localidad conocería otro momento especial de cara a su construcción, un momento clave, podríamos decir (sin miedo a equivocarnos) con la incorporación de estas tierras a la Corona de Castilla (a través del reino de Sevilla), tras la conquista llevada a cabo por Alfonso X el Sabio de las viejas taifas de Niebla y Jerez en 1264 (hace ahora 750 años, nada menos), así como con la entrada en escena de la Casa de Guzmán con su acceso al Señorío de la vieja villa de Sanlúcar (la Sanlukar islámica que conocemos por las monedas acuñadas aquí por el primer emir almorávide, Yusuf Ibn Tassufin a caballo entre los siglos XI y XII, mucho antes de la conquista cristiana) a finales del siglo XIII, en 1297, como es bien sabido.
 
Como hemos ido viendo (y estamos contemplando) en los artículos precedentes a éste, la imagen de Sanlúcar de Barrameda (su imagen en la doble perspectiva de su proyección hacia el exterior y hacia el interior de la comunidad, de la ciudad como realidad histórica y como conjunto humano) se vería profundamente modificada merced al cambio, a los cambios, en la realidad de la ciudad.
 
La entrada de la villa sanluqueña en el ámbito cristiano europeo, su integración en la Corona de Castilla (y con ello en el contexto general de los reinos peninsulares cristianos ibéricos), la llegada de nuevos moradores a la villa, la integración de la misma en un horizonte político, económico y cultural distinto (respecto a su ya inmediato pasado islámico), y la propia evolución de su trama urbana, con la ampliación de su recinto murado y su expansión extramuros (extramuros incluso respecto a la trama de la muralla guzmana), merced a la aparición de diversos (e incipientes) arrabales en torno a (al menos) algunas de las nuevas puertas de la villa, todo ello, serán cuestiones esenciales en el contexto de la construcción de las claves del imaginario sanluqueño, de la imagen que la comunidad tiene de sí misma, de la imagen que dicha comunidad (y por tanto, la ciudad -entonces villa-) proyecta de sí misma hacia el exterior.
 
Los siglos XIV y XV habrían, por tanto, de resultar esenciales para la constitución de los referentes (de los nuevos referentes) que Sanlúcar de Barrameda construiría sobre sí misma, partiendo de la base de una realidad “ex novo”, y sin exclusión del bagaje histórico (anterior) que la comunidad atesoraba desde la Antigüedad, aunque en realidad el proceso de construcción de dicho pasado sería fruto de un proceso asimismo largo y complejo y que mucho tiene que ver con la búsqueda de una imagen [propia] gloriosa, de una imagen noble basada en el pasado mítico de estas tierras, para lo cual se echará mano del pasado clásico, grecolatino, materializado en las fuentes, los textos históricos y los mitos pertenecientes a dicho momento histórico, la Antigüedad (fuente, casi siempre, de inspiración para la forja del imaginario colectivo, para la busca de raíces propias, siempre dignas, siempre nobles, siempre luminosas…).
 
Y en el contexto de todo ello, la villa, la nueva villa cristiana, creciendo desde sus entrañas, desde su corona del Barrio Alto: formando arrabales, expandiéndose hacia (y por) la ribera, trascendiendo de sus alturas, y dando forma poco a poco a una nueva realidad dual: el Barrio Alto y el Barrio Bajo de Sanlúcar.
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