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Apuntes de HistoriaCLXXVII
 
 
 
 
   
 
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21 de Mayo de 2016
Expansión urbana medieval cristiana III
Manuel Jesús Parodí Álvarez.-La vieja villa sanluqueña conocería, tras la conquista castellana y su incorporación a los Reinos de Castilla (a través de su entrada en el Reino de Sevilla), en 1264, (tal y como venimos señalando en párrafos anteriores de esta serie) unos momentos iniciales de relativo “parón” (por así decirlo) en su evolución urbana, propia de momentos de inestabilidad como los que estaría viviendo el Suroeste peninsular (y no sólo, pero principalmente su entorno costero y la desembocadura del Guadalquivir) en la segunda mitad del siglo XIII, tras la conquista castellana de Sevilla.
 La expansión por el valle del Guadalquivir de la Castilla de Fernando III “El Santo” tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212, Jaén) se vería culminada en una primera instancia con la conquista de las ciudades (y Reinos) de Jaén, Córdoba y Sevilla, por parte de las huestes del Santo Rey castellano.
 Su heredero y sucesor, Alfonso X “El Sabio”, continuaría estas campañas de conquista, tras un lapso, una interrupción en la expansión castellana por estas tierras, de pocos años (los comprendidos entre 1248 -cuando se produciría la toma fernandina de Sevilla- y 1264 -año de la conquista alfonsí de las viejas taifas de Jerez y Niebla, incluida Sanlúcar de Barrameda), llegando hasta las orillas del Atlántico (en las actuales provincias de Huelva y Cádiz) por el Golfo de Cádiz.

El crecimiento de la villa arrancaría tras la tantas veces contada “llegada” de la Casa de Guzmán a Sanlúcar de Barrameda, una “llegada” materializada en un primer momento con su dominio sobre Monteagudo, en 1494, y poco después plasmada definitiva y sólidamente en el Señorío sobre la villa concedido a don Alonso Pérez de Guzmán “El Bueno” por la Corona castellana en 1297.
Varios son los perfiles de sombra (no pocos…), que asoman a esos momentos iniciales del Señorío…, unos momentos de conflicto con incursiones norteafricanas (meriníes) en este territorio que buscan frenar cuando no revertir el dominio cristiano en estas tierras, unas incursiones que se repetirían en varias ocasiones, que alcanzarían una notable envergadura y repercusión y que llegarían a provocar la destrucción -¿es de entender que parcial, incompleta?- del sanluqueño castillo de las Siete Torres (el Hisn de la villa), provocando una (¿momentánea?) despoblación de la vieja villa sanluqueña en las postrimerías del siglo XIII, muy pocos años antes de la “llegada” de los Guzmanes al Señorío sanluqueño de la mano de sus servicios guerreros (y no sólo guerreros, como hemos podido ver con antelación) a la Corona de Castilla.
 
Serían aquéllos unos momentos, además, de gran inquietud, y de lo que ha de entenderse como una más que severa preocupación estatal (castellana) por conservar el control de unos territorios sujetos a una enorme inestabilidad (bélica, demográfica, económica).
Castilla trataría de mantener, con los medios a su alcance (y en el contexto de un horizonte cultural, social, económico, político, ideológico medieval, como quizá no está de más recordar…) el control sobre una zona de enorme peso geoestratégico, afrontando no sólo la presencia de elementos representativos de poderes lejanos, de poderes extrapeninsulares (caso de los genoveses, presentes en Sevilla ya con anterioridad a la conquista castellana de la Isbiliyya islámica), sino enfrentándose a la presión directa que podían ejercer (y que de hecho ejercían) sus más directos rivales en la intención de hacerse con el dominio (marítimo y terrestre) del ámbito del Estrecho de Gibraltar (e igualmente, como sería el caso, del litoral del Golfo de Cádiz).
 
Entre estos poderes con los que Castilla debía lidiar no sólo se encontraban los ya mencionados (y muy poderosos) genoveses, poderosos económica y militarmente (en el mar, merced a sus flotas militares y comerciales y por su potente actividad comercial): Génova, de hecho, era un poder a tener siempre en cuenta en uno y otro lado, en una y otra orilla del Estrecho de Gibraltar, por cristianos y musulmanes: sus armas estaban al servicio, en no pocas ocasiones, de quien mejor pagase a las armadas de la Serenísima Señoría de la República de Génova, ya que los genoveses se empleaban como comerciantes tanto como mercenarios, un menester y un servicio nada extraño en la época.
 
Como hemos dicho hace unos instantes, entre dichos poderes que marcaron los ritmos de la primera presencia castellana en este entorno de la desembocadura del viejo Baetis de los romanos (y con ello de la evolución histórica y urbana, demográfica y económica de la Sanlúcar del momento) no sólo se encontrarían poderes alejados (en su matriz) de estos territorios, caso de Génova.
 
Aragón, siempre pendiente del Sureste y el Sur de la Península Ibérica (tan pendiente que sus naves surcaban las aguas del Estrecho, participaban en las campañas navales en torno a este espacio, y no abandonaban su interés por la zona de Almería y Murcia…) era otro elemento a tener en cuenta por Castilla…  Como lo era, y con más peligro aún (más que Aragón y Génova juntas, si cabe) el occidental Reino de Portugal.
 
En el ámbito septentrional del Estrecho de Gibraltar, Portugal tenía entre sus intereses y objetivos el expandirse al Este del Guadiana, extendiendo sus Algarbes hacia el Levante del viejo río Anas romano.
Entre otras muchas razones (que fuimos en su día desgranando al tratar el tema de los tres cuartos de siglo de la inclusión de Sanlúcar de Barrameda en los reinos de Castilla, en 1264…), este más que posible interés portugués por expandir su territorio por lo que es hoy Andalucía Occidental (esencialmente en la actual provincia de Huelva) habría de resultar capital para la renovación del impulso conquistador castellano que acabaría cobrándose las antiguas taifas de Niebla y Jerez (en las provincias hodiernas de Huelva y Cádiz).
Eso en un contexto territorial europeo, ya que de otra parte serían igualmente de considerar por Castilla los intereses (estratégicos, comerciales, militares) de Portugal en el mar (y por el mar), así como los no menos considerables intereses del reino portugués en la orilla meridional del Estrecho de Gibraltar, de los que serían testigo y guía los puntos fuertes establecidos por los lusos en dichas orillas, caso de la plaza fuerte de Alcazarseguer (Ksr Sghir, frente a Tarifa y la romana Baelo Claudia) o, sin ir más lejos, de la plaza de Ceuta (La Septem Fratres de los romanos), portuguesa hasta su incorporación a España tras la independencia de Portugal en el siglo XVII).
Portugal y sus intereses a uno y otro lado del viejo Fretum Gaditanum romano (así como de su vocación navegante y su incipiente proyección atlántica) sería, así pues, otro de los factores determinantes para Castilla a la hora de asegurar el control sobre estas tierras, como sabemos.
 
Pero los poderes musulmanes, Granada, de una parte, y el reino meriní (en el actual Marruecos) de otra, habrían de ser los elementos determinantes a la hora de que Castilla se decidiese por asegurar el dominio sobre el territorio mediante su concesión a una Casa nobiliaria (la de Guzmán), capaz de mantener el estandarte castellano, por así decirlo, sobre el mismo.
 
Aunque entre las antedichas “sombras” que pueblan el bosque de la Historia en lo que se refiere a dichos momentos “iniciales” quizá se encuentre el de la zigzagueante situación del poder sobre el territorio…
Castellanos, portugueses, granadinos y magrebíes enzarzados en la lucha por el territorio, la ciudad encerrada aún en su recinto murado islámico, el Hisn*, aunque a punto de trascenderlo, los Guzmán acercándose a este entorno vía Monteagudo y apostando firmemente por el mismo…
 
 Y quizá otros intentos por parte del Estado de establecer un poder capaz de asegurar el control de la desembocadura del Guadalquivir, como la siempre brumosa presencia de los Templarios en Sanlúcar, y todo ello marcando los ritmos iniciales del siglo XIV…    


*
  Sobre la cerca de muralla de tapial de la Sanlúcar islámica (que enmarcaba dicho Hisn) es de señalar que algunos de sus restos aún se conservan exentos (contra viento y marea) en el entorno de la Plaza de la Paz (en una manzana edificada sita entre la mencionada Plaza de La Paz y la calle Escuelas), un milenio -plus minus- después de su construcción, a pesar del serio peligro que corrieron de ser derribados merced a la amenaza de unos intereses ciertamente poco nobles de los que más pronto que tarde merecerá la pena hablar, y que habrán de resultar cuando menos llamativos para todos aquellos que no conocen los alcances de la materia, pues es asunto que trae a colación datos específicos sobre los involucrados incluso con siglas de por medio, unos intereses que no lograron tumbar (literalmente) por completo al menos esta joya de nuestro Patrimonio Histórico…
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