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Apuntes de Historia CLXXIII
 
 
 
 
   
 
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24 de Abril de 2016
Ideas y monumentos
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-La imagen de una ciudad tiene todo que ver con
 su Historia, con su presente (espejo de sus virtudes y defectos) y su pasado. Con la forma que tienen los habitantes de dicha ciudad de concebirse a sí mismos como una comunidad en el tiempo y el espacio, y con la manera que tiene dicha comunidad humana (dicha civitas) de entender a la ciudad (igualmente, la civitas) en el tiempo y el espacio.
Si las piedras que dan forma a los perfiles de la silueta de la ciudad (de la silueta de una ciudad dada, de una ciudad determinada…, pongamos por caso, Sanlúcar de Barrameda…) nos hablan de tiempos monumentales, de glorias pasadas, quizá ajadas, quizá esplendentes, y de esperanzas por venir, no es de olvidar que esas mismas piedras no son sino el reflejo sólido  del espíritu que un día, voluntad de gloria, fútil vanidad de antepasados perdidos en las brumas del olvido, alegría de la prosperidad, en la mayor parte de los casos, las reunió, las juntó y les dio forma vertical y horizontal para pasmo de los coetáneos y admiración de los postreros.
La voluntad, el afán de pervivencia, la necesidad (como si tal existiera, como si nunca hubiera existido, o dejado de existir dicha necesidad…) de mostrar el poder tenido o pretendido, la vanidad a veces, repetimos, en fin de cuentas, manifestada de mil formas (y cantada ya en el Eclesiastés, por ejemplo), encuentra (siempre lo ha hecho) en la ostentación una forma natural (digámoslo así) de expresión…
 

Y la ostentación del poder -sostenido y ejercido realmente, o pretendido, insistimos- tiene en la piedra (en la edificación de símbolos de dicho poder) uno de sus mejores vehículos de manifestación…, cuando no el mejor de todos.
 
El arte, la obra artística, el monumento, ha estado desde antiguo ligado al poder… No entraremos en discursos largos y complejos sobre orígenes, razones, motivos y aparejos de dicha cuestión… Nos quedaremos con la idea de que el monumento, religioso, civil, poliorcético, ha estado desde siempre (válganos esta forma de decirlo, coloquial si se quiere) ligado íntimamente al poder, a la jerarquía, a la oligarquía capaz de financiarlo y deseosa de usarlo como instrumento de manifestación de su capacidad, de su estatus, de su posición en la cúspide de la escala social.
 
Ya se trate del Estado (el que sea), de la Iglesia (la que sea) o de la oligarquía (una vez más: la que sea, y de la época que sea), la piedra (por así decirlo) ha estado siempre al servicio del poder, y ha servido para poner de manifiesto y reflejar el orden social, la estructura del cuerpo social, la jerarquización de las sociedades complejas (desde los inicios de la acumulación de excedentes, desde [o casi] el origen de la agricultura, y con ello de las sociedades de base territorial, complejas, y de los estados tal y como [grosso modo] los conocemos.
 
No nos engañemos: no estamos poniendo negro sobre blanco (o sepia, más bien) ni las pinceladas más básicas de un tratado de política (de una “Mandrágora” cualquiera, con permiso de don Nicolás), ni pretendemos descubrir la pólvora: sólo extraemos y traemos algunos apuntes obvios, variaciones sobre el tema, el baile, del poder y la piedra, cuyo contraste podemos observar con un mero paseo visual (material o virtual, que hoy día de ambos modos es posible, es factible) por las calles de un casco histórico cualquiera de nuestra vieja y cansada Europa.
 
De un casco histórico de una de nuestras ciudades…, pongamos por caso…, de Sanlúcar de Barrameda…
En Sanlúcar, como sabemos y basta comprobar con un paseo por su casco histórico, podremos encontrar palacios, restos de murallas de épocas pretéritas (la islámica, milagrosamente en pie pese a determinados intereses que no buscaban precisamente su preservación, cuya datación puede remontarse al menos a los siglos XII-XIII, y la cristiana, guzmana, de los siglos XIV-XV), castillos (de mayor o menor entidad y erigidos en diferentes siglos, en unos y otros casos), edificios religiosos (iglesias, conventos…) que en algunos casos conservan su función original y en otros la han perdido y se encuentran dedicados a otros menesteres de diversa naturaleza, desde los bodegueros a los culturales, casonas, fincas de recreo y edificios monumentales de otro carácter e igualmente históricos por su propia naturaleza y/o por la antigüedad que van atesorando.
 
Todos y cada uno de dichos monumentos (y no nos detendremos en cada uno de ellos), ya sean (en su origen y en su estado presente) públicos, privados, civiles, laicos, religiosos, militares, han desempeñado desde su concepción y fábrica una ideología, un pensamiento, un espíritu.
 
Porque un edificio monumental no es sólo (ni principalmente siquiera) un conjunto de materiales ensamblados con arte y fortuna, con gusto y saber por los profesionales que lo concibieron y por los que se encargaron (no siempre fueron coincidentes) de poner dicha idea en pie, de “juntar” piedras hasta elevar muros y dar forma a dichos conceptos artísticos y arquitectónicos.
Un edificio monumental es reflejo de una voluntad (individual, colectiva…), de una época, ciertamente, pero sobre todo es reflejo y fruto de un intelecto, de una ideología, de un espíritu, el mismo que lo impulsa desde la idea al plano, al plan y proyecto, y de allí a la materia, a la forma, al ser definitivo y concreto.
 
Toda obra es, por su propia condición, un bien material (hablando como estamos de monumentos pétreos, especialmente), pero al mismo tiempo y a la vez, toda obra es asimismo un bien inmaterial, al ser fruto y consecuencia de las ideas que la impulsaron y que viven en la propia obra, transformándose (o mermando, en su caso) con el monumento a lo largo del tiempo de vida del mismo.
El casco histórico sanluqueño (los barrios Alto y Bajo del centro urbano) es un corolario de estilos, de formas, de ideas y perspectivas, plasmadas todas en forma de islas, de archipiélagos (en su caso), monumentales, que desde hace mil años (en algunos casos, como el del Palacio Ducal de Medinasidonia, cuyas estructuras más antiguas rondan, rozan, si no abrazan de pleno, el milenio de antigüedad) se vienen asomando a las riberas del viejo río Baetis.
 
Desde las centurias medievales nuestros monumentos más antiguos se abrazan con los que les han sucedido en el tiempo (y han sobrevivido a la caricia de los siglos), en un baile secular que muestra nítidamente las claves de una sociedad estamental, anterior a la revolución industrial, cuyas raíces se adentraban profundamente en un horizonte cultural en el que la base agraria de la riqueza era al mismo tiempo raíz y base del ordenamiento social, de la referida sociedad estamental que gestó y parió la mayor parte de nuestros palacios, de nuestras casonas, de nuestras iglesias y conventos, e incluso de nuestras bodegas históricas más antiguas.
 
Hablamos, así pues, de cómo nuestros monumentos (no los monumentos considerados en abstracto, sino los nuestros, los edificios históricos de Sanlúcar de Barrameda) son un reflejo -generalmente- pétreo (artístico, estético, pero también icónico, intelectual) de una determinada y concreta forma de pensar, de una determinada manera de concebir el mundo, de una determinada ideología, de una determinada moral colectiva.
 
No son, pues, nuestros monumentos arquitectónicos (como no lo es la misma trama urbana de la ciudad histórica) unos simples elementos abstractos (y que puedan o deban ser considerados como tales, más allá de lo material), sino la manifestación de una cosmovisión concreta, de una moral (entendida esencialmente como mos maiorum, como “costumbre de los antepasados”, en un sentido latino, romano) concreta, de la forma de pensar el mundo de las personas que los edificaron, de la sociedad que los construyó, de los seres humanos que los pensaron, los concibieron, los planificaron y los levantaron, hace siglos, queriendo apuntalar con ellos un mundo, el mundo que los vio nacer.
 
Conviene, de vez en cuando, detenernos siquiera sea un momento, y alzar la cabeza del suelo, levantar la vista del elemento concreto, para mirar hacia adelante y en derredor, de modo que podamos, aunque sea alguna vez, considerar el conjunto de las cosas, y no el caso particular y [falsamente] aislado, y decimos falsamente porque no hay nada aislado en la creación humana, en las sociedades humanas, en la Historia de la Humanidad. Y nuestros monumentos no son una excepción.
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