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Apuntes de Historia CXLVII
 
 
 
 
   
 
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24 de Octubre de 2015
La Casa de los Arcos (Calle Zárate 2) (V)
Manuel Jesús Parodi Álvarez-Señalábamos en la Introducción del libro sobre la Casa de los Arcos (recientemente publicado), asunto general al que venimos dedicando las últimas semanas de esta serie sobre la Historia local de Sanlúcar de Barrameda, la necesidad de estudiar de manera global (y no sólo recurriendo a la posible documentación escrita) un monumento dado, un hito histórico dado, de cara a la construcción de un mejor conocimiento de un determinado entorno, de un determinado contexto histórico.
En esta ocasión concreta se trata de un marco urbano, de un contexto histórico como es el caso del entorno histórico en el que se encuentra la citada Casa de los Arcos, situada en pleno corazón del Barrio Bajo sanluqueño, en la calle Zárate, en lo que una vez fuese el embrión del viejo Arrabal de la Ribera de tiempos medievales, allá por el siglo XV, cuando menos -cuando no incluso antes, por lo que toca al desarrollo paulatino del poblamiento de las orillas del río, al pie de la Barranca y del núcleo barrialteño de la Sanlúcar medieval islámica.

Uno de los elementos a considerar de cara al estudio de las estructuras consideradas en este trabajo dedicado a la que puede ser la obra civil más antigua documentada (hasta el momento) de nuestro Barrio Bajo, es la propia ubicación de la casa, en el corazón del viejo Arrabal de la Ribera, ese núcleo del Barrio Bajo de Sanlúcar que toma carta de naturaleza y viene a ser sancionado por la Casa de Medina Sidonia en 1478, por el documento tantas veces citado otorgado por el II duque Don Enrique en Huelva en diciembre de dicho año.
 
Se trata de un documento (un “PGOU” “avant la lettre”, si se nos permite la expresión), que vendría a dar forma y permiso a una realidad material ya existente desde tiempos precedentes: la existencia de un núcleo de población consolidado en la ribera del río, al pie de la Barranca, un núcleo que se acabaría fusionando con la vieja judería preexistente (a la que quizá haya que buscar en el entorno de la calle Baños o del Baño, topónimo significativo…) para conformar el embrión de lo que hoy conocemos como Barrio Bajo de Sanlúcar de Barrameda (con lo que se demuestra una vez más que la realidad precede a la normativa que se crea para regularla, como bien sabía Cicerón).
 
Es de señalar, como venimos indirectamente haciendo, el privilegiado y muy especial entorno en que se halla el edificio, el ya referido viejo Arrabal de la Ribera, así como no es de pasar por alto la relativa centralidad de la manzana en la que se encuentra la Casa de los Arcos en el seno del mencionado entorno, entre dos de los ejes viarios principales en paralelo al río de dicho Arrabal (y perpendicular, “grosso modo”, a los mismos: las actuales calles Carmen Viejo y Regina) y justo a Levante de la Trascuesta y la Cuesta de Belén/calle Bretones, a tiro de piedra de la vieja capilla de La Trinidad, monumento religioso que constituye precisamente uno de los edificios axiales de dicho entorno del Barrio Bajo y que como sabemos, data precisamente de la primera mitad del siglo XV (el mismo siglo XV que podría haber visto surgir las estructuras primigenias de la Casa de los Arcos).
 
La Casa de los Arcos se encuentra, pues, en el vértice de un marco singularísimo como es el del Arrabal de la Ribera, ocupando una posición de centralidad en torno a no pocos edificios y espacios históricos de nuestra ciudad como son (entre otros) el Palacio Ducal de Medina Sidonia, Las Covachas, la calle Bretones, la iglesia de La Trinidad, la iglesia y convento de Regina, la iglesia y antiguo colegio de San Jorge, la desaparecida Chanca de los Duques, las Atarazanas nuevas (ésas que sabemos que se erigen en las postrimerías del Cuatrocientos, y que podrían haber contado con un antecedente, con unas “Atarazanas Viejas” en ese mismo entorno del incipiente Arrabal de la Ribera en momentos históricos anteriores, como hemos considerado en el libro sobre la Casa de los Arcos, precisamente), y nada lejos de esa misma antigua Judería que en tiempos se abriría desde la calle Baños en dirección hasta la Cuesta (y calle) Ganados, así como, igualmente, de la iglesia y convento de Madre de Dios (ese “sello” que se crea precisamente en la confluencia (la zona de contacto) de la vieja Judería con el incipiente “nuevo” Arrabal del segundo duque Don Enrique II Pérez de Guzmán el Bueno.
 
De hecho, y en relación con lo anterior, no es posible descartar “a priori” la existencia -máxime en una localidad costera como es el caso de la vieja villa sanluqueña, incluso en tiempos medievales islámicos, con anterioridad a 1264, fecha (“grosso modo”, con ires y venires) de su incorporación a la Corona de Castilla- de algunas instalaciones (mayores, menores, disconexas entre sí, únicas, múltiples…) destinadas al desempeño de las funciones que habían de ser cumplidas por ese espacio específico que son las atarazanas: esto es, todo lo relativo a asuntos tales como la construcción, la puesta a punto y la reparación de embarcaciones, así como el apoyo al mantenimiento de las naves -menores y mayores, especialmente en el caso de estas últimas.
 
Es bien cierto, además, que la carpintería de ribera ha tenido en las playas uno de sus espacios naturales -y nunca mejor dicho- de cara a su desarrollo y desenvolvimiento; así y de este modo no es de descartar que en la ribera, en esa misma ribera que se iría organizando paulatinamente como Arrabal y que recibiría carta de naturaleza y sanción a finales del XV, como hemos venido contemplando en estos párrafos y en los precedentes, y con ello en la misma orilla del río ( casi) e igualmente al pie de la Barranca (y consecuentemente, al pie de lo que una vez fuera el hisn islámico, de la pequeña ciudadela murada islámica), pudieran encontrarse espacios (cuando no incluso instalaciones específicas) que sirvieran como precedente de las posteriores Chanca y Atarazanas de los Duques, cumpliendo funciones relativas a la construcción naval, a la industria auxiliar de dicho género y al apoyo a la pesca (cuando no, igualmente, las labores de transformación del pescado que entran en el universo propio de una “chanca”).
 
Mucho es lo que se ha hablado y escrito, indirectamente, sobre estas “Atarazanas Viejas de los Duques”, existiendo la tradición, la “leyenda urbana”, de que los barcos se “amarraban en Las Covachas”, “tópos” recurrente que pertenece al imaginario colectivo local desde hace siglos y que encontraremos en algunas fuentes históricas como es el caso del historiador Agustín de Horozco (que escribe a finales del siglo XVI), una idea que no esconde sino una posible realidad, como hemos señalado en el libro en cuestión, y sobre la que trataremos, al calor de estos párrafos, en una próxima entrega de esta misma serie.
 
 
   
 
     
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