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Apuntes de Historia CXXXV
 
 
 
 
   
 
Apuntes de Historia CXXXV PDF Imprimir E-mail
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01 de Agosto de 2015
      750 años III
Manuel Jesús Parodi .-Como hemos venido contemplando en los párrafos precedentes, el pasado año 2014 se cumplieron los 750 años de la incorporación de la actual Sanlúcar de Barrameda y su moderno término municipal a los territorios bajo soberanía de la Corona de Castilla, reinando Alfonso X “El Sabio”.
En 1264, las viejas taifas islámicas de Niebla y Jerez fueron incorporadas “manu militari” al territorio castellano por voluntad del Rey Sabio (obedeciendo a profundas motivaciones geoestratégicas que mencionaremos en próximos párrafos, no a capricho), completándose así la iniciativa conquistadora de su padre y predecesor en el trono castellano, San Fernando III, quien conquistó el valle del Guadalquivir en la primera mitad del siglo XIII, frenándose esta expansión en líneas generales tras la toma de la ciudad y reino de Sevilla (la ciudad cayó en manos castellanas, como es sabido, en 1248).

Los territorios -hoy onubenses- de la taifa de Niebla, y las tierras -hoy gaditanas- de la taifa de Jerez, se libraron inicialmente de la más que posible ocupación castellana, reinando Fernando III “El Santo”, al detener este monarca sus conquistas debido entre otras razones a la necesidad de estabilizar los avances territoriales de su reinado, a la baja demografía castellana y la propia necesidad del Estado castellano de reorganizar el vasto territorio conquistado mediante el establecimiento en el mismo de poblaciones cristianas provenientes del norte, así como a las propias razones militares.
 
En este sentido cabe señalar que, para Castilla, mantener una suerte de “colchón” islámico peninsular en la costa suroccidental (los territorios iliplenses y xericienses) podía representar una ventaja de modo que se evitaba -por el momento- llevar la frontera a la costa, esto es, no contar con ningún territorio que pudiera servir como “aislante” frente al poder benimerín (o meriní), norteafricano.
La reorganización de los nuevos y extensísimos territorios incorporados a la soberanía castellana (esto es, todo el valle del Guadalquivir, desde Jaén hasta Sevilla) habría de encontrarse, en cualquier caso (y sin exclusión de otros motivos, razones y cuestiones) entre las causas primeras y principales para que se detuvieran los impulsos conquistadores del reinado de Fernando III en la Andalucía Occidental.
 
Pero en el horizonte castellano del momento se encontraba, como referente claro e intención no menos clara (el reinado de Alfonso X estará marcado por el “fecho de la mar”, por ejemplo), alcanzar el mar por el suroeste; ello, y extender sus territorios hacia el sur, evitando de una parte los movimientos hacia el norte del poder meriní (desde el actual Marruecos), y de otra tratando de “encajonar” al cristiano reino portugués en los límites occidentales de la Península Ibérica, impidiendo su expansión al este del Guadiana en la medida de lo posible (y con ello, tratando de garantizar la no irrupción del poder luso en tierras andaluzas, que por más cristianos que fueran los portugueses, en lo relativo a las conquistas militares territoriales podían ser, más que aliados, rivales de Castilla).
 
Alfonso X, pues, tan sólo tres lustros después de la conquista de la ciudad de Sevilla por su padre, el rey Santo, retomaría las campañas militares hacia el mar, hacia el litoral del Golfo de Cádiz, y terminaría ocupando las tierras -musulmanas aún por ese entonces- de Jerez y Niebla, y con ellas, sus extensos territorios, y su litoral, objeto de los afanes y las ambiciones del rey Sabio.
 
En lo relativo al peso que el mar tenía en la mente del soberano castellano, es de mencionar la anécdota de cómo el rey Alfonso se adentró con su caballo en las aguas de las playas de Cádiz, metiéndolo hasta el pecho en el mar como símbolo de su voluntad de ir más allá de la tierra firme…
 
En esta imagen, altamente simbólica, del monarca y su caballo metidos entre las olas, se condensa la voluntad regia (alfonsí) de llevar las tierras de Castilla más allá de los límites de la Península Ibérica, algo que se plasmará no sólo en el testamento de la reina Isabel I (Isabel la Católica), más de dos siglos después de las conquistas alfonsíes en estas tierras, sino en la proyección castellana allende el litoral peninsular ya en los siglos XIII y XIV, lo que llevaría a la pronta presencia del reino meseteño en el archipiélago canario y a la paulatina incorporación de sus islas a la soberanía de Castilla, hasta su total inclusión en el reino hispánico finalmente (algo que también afectaría sensiblemente a Sanlúcar de Barrameda, por cierto, que tanta relación guardaría con esa conquista castellana de las islas Afortunadas, tanto que los señores de Sanlúcar lo serían, siquiera fugazmente, de Canarias, hasta que el Estado intervino y resolvió, como suele suceder, a su favor, interrumpiendo una situación “anómala” desde la pespectiva estatal).
 
Igualmente, es de mencionar que esta voluntad de Castilla por prolongar su soberanía más allá de las costas peninsulares llevaría a la directa confrontación, en las aguas del Estrecho de Gibraltar, entre los reinos meriní y castellano, desde esas postrimerías del siglo XIII en adelante, con el concurso y participación en este prolongado conflicto, de portugueses, aragoneses, genoveses…, quienes de una u otra forma tuvieron arte y parte en este tira y afloja histórico y estratégico.
 
Pues bien, en este contexto de avances fronterizos cristianos, de repliegue islámico en el suroeste peninsular, de movimiento estratégico castellano tendente a completar no sólo un supuesto ideal general (el de la Reconquista, tan discutido por una parte de nuestra historiografía), sino la extensión de los territorios castellanos al sur de Despeñaperros, proceso que se iniciaría tras la derrota musulmana en la batalla de las Navas de Tolosa (Jaén, 1212), en este proceso y contexto es donde se inserta la ocupación por parte de Castilla de parte de las actuales provincias de Huelva (casi todo su territorio) y Cádiz (una amplia franja occidental de la misma).
 
En la existencia de esta nueva línea fronteriza “gaditana” (entre las tierras cristianas de Castilla y las musulmanas que terminarían siendo englobadas por el reino Nazarí de Granada) se encuentra la razón, cabe señalar, de que el término “de la Frontera” sea una suerte de “coletilla” que redondea (por así decirlo) el nombre de algunas (no pocas) poblaciones de la provincia, como sucede en los casos de Jerez de la Frontera, Chiclana de la Frontera, Vejer de la Frontera…, por ejemplo.
 
Y entre los territorios y localidades incorporados a la soberanía castellana en el impulso conquistador del reinado de Alfonso X “El Sabio” se encontrarían la villa y tierras de Sanlúcar, de esa vieja Sanlúcar que sabemos no sólo que existía sino que ya se llamaba así gracias al testimonio y la información que nos presentan las amonedaciones de la época almorávide, a finales del siglo XI (las monedas de la posible ceca islámica sanluqueña, de época del primer emir almorávide, Yusuf Ben Tasufin, de las que ya hemos escrito en precedentes párrafos de esta serie, así como en otros lugares).
 
La vieja “Sanlukar” almorávide, mencionada como Sanlúcar (y como Barrameda) en las Cantigas alfonsíes (esos poemas de marcado carácter religioso compuestos por el rey Sabio), con su castillo o “Alcázar de las Siete Torres”, recogido por la Historiografía local y citado por las fuentes medievales cristianas, pasaría a formar parte del reino de Castilla, algo de lo que  el año pasado se cumplirían 750 años, tras la conquista de estas tierras en 1264.
 
Ese momento histórico determinaría un sustancial cambio en las formas de organización del territorio, así como en el devenir histórico y cultural del mismo, porque, ¿se imagina alguien a Sanlúcar de Barrameda sin su Manzanilla, sin sus Bodegas, sin su cultura gastronómica (galeras, langostinos y demás elementos de la misma familia quizá tampoco formarían parte de nuestro paisaje culinario y cultural…) y enológica…?
 
Pues todo ello, sin ánimo de frivolizar, podría haber sido muy distinto (y no son las menores, ni las mayores consecuencias de los hechos de 1264), de no haberse producido la incorporación de estos territorios a Castilla hace ahora  poco más de 750 años, de la mano de Alfonso X “El Sabio”.
 
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