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Apuntes de Historia CXXIX
 
 
 
 
   
 
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20 de Junio de 2015
A vueltas con la navegación del Baetis VII
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Venimos considerando en los párrafos precedentes el papel que el Baetis y el resto de los ríos de la Península Ibérica jugaron de cara al desarrollo de las tierras de Hispania en la Antigüedad. Y hemos adelantado cómo estos cursos acuáticos tenían un más que notable peso en lo relativo a las comunicaciones, las actividades económicas y la organización administrativa del territorio en la Hispania romana
Así, y en lo que toca y respecta a las capitales de conventos jurídicos hispanas (unidades administrativas menores respecto a las capitales provinciales) existentes en el mismo contexto cronológico y geográfico estudiado (y excluidas del cómputo las citadas capitales provinciales, ya consideradas en otra categoría, supra), de un total de once núcleos administrativos de este rango existentes en la Hispania altoimperial (a saber: tres en la Bética, Gades, Hispalis y Astigi (Cádiz, Sevilla, Écija), dos en la Lusitania, Pax Iulia y Scallabis (Beja y Santarem, en Portugal), y seis en la Tarraconense, Carthago Nova, Caesaraugusta, Asturica Augusta, Lucus Augusti, Bracara Augusta, Clunia (Cartagena, Zaragoza, Astorga, Lugo, Braga, Coruña del Conde -localidad de la provincia de Burgos), sólo dos de ese conjunto (lo que representa un porcentaje del 18’18 % del total) se encuentran “en seco” (por así decirlo): se trata de los núcleos de Clunia en la Tarraconense y de Pax Iulia en la Lusitania, frente a una abrumadora mayoría de nueve (un 81’82 %) que se encuentran en la órbita directa de un río (siete casos), en un ámbito costero simple (con un caso, el de Carthago Nova), o en un escenario costero que cuenta con (y se beneficia de) la directa influencia de diversos cursos acuáticos interiores que comunicasen a dicho núcleo con el retroterra (en el caso de Gades, con los ríos de los que se sirve además de los caños, canales, esteros y brazos de mar de su Bahía).

En cualquier caso, y por ofrecer unas breves cifras globales, de un total de catorce núcleos administrativos mayores (capitales de provincia y de conventus iuridicus) en el ámbito de la Hispania romana altoimperial, doce (un 85’72 %) cuentan con la beneficiosa influencia de un medio acuático (marino, fluvial o de ambos tipos según los casos), frente a sólo dos que no pueden decir lo mismo (un escueto 14’28 % del total).
 
Cabe señalar también cómo la navegación de estos cursos fluviales que venimos considerando podía llevarse a cabo por tramos, de manera que si bien vados, estiajes y accidentes físicos, geográfico, auténticamente insorteables para la navegación humana tales como saltos de agua (como en el caso del Anas, por citar un ejemplo) podían llegar a impedir la navegación ininterrumpida por unos determinados cursos en concreto (y en unos tramos específicos de los mismos), ello no habría de significar necesariamente que esos mismos ríos (mediando interés económico) no conocieran una navegación por etapas que sí permitiría el establecimiento de un circuito acuático completo.
 
Junto a la navegación ininterrumpida (y escalonada) y a la navegación por tramos llevada a cabo en determinados cursos (o en parte de los mismos, al menos), hemos de contar igualmente con aquellos cauces que únicamente permitirían un más modesto acceso al interior (como los Turia, Júcar, Lacca-Guadalete...), y que servían a una navegación interior de menores dimensiones y peso, puesto que no conseguirían (por sus propias características) dar forma a estructuras organizadas de comunicación fluvial como tales, pero que cumplirían un papel en el ámbito general de la economía romana sirviendo, además, de apoyo a la navegación costera, como mecanismos de interacción entre los medios marítimo y terrestre, y como vehículos de articulación de territorios dados que cuentan con evidencias notables de producción (agrícola y manufacturera) y de su integración en los circuitos comerciales romanos de gran escala (caso de los yacimientos levantinos peninsulares relacionados con ríos como los Palància, Júcar, Turia, o, en un ámbito peninsular occidental, en el contexto de los ríos Sado o Duero).
 
Al mismo tiempo, hemos de contar con el papel que muchas corrientes fluviales menores jugaban de cara al desarrollo de la navegación marítima (de cabotaje) como puntos de apoyo para la misma, como puntos de escala y aguada, como fondeaderos, estos cursos menores habían de resultar insustituibles. Esta función de auxilio a la navegación marítima sería compartida por estos ríos menores con los cursos mayores; caso paradigmático será el de la cornisa cantábrica, donde (debido especialmente a la naturaleza de su mar) nos encontraremos un elevado número de puertos romanos (en relación con otras costas peninsulares), la mayoría de los cuales se hallan relacionados con un determinado curso fluvial o brazo de mar.
 
De este modo encontramos ríos que permiten una verdadera penetración al interior (como es el caso del Baetis-Guadalquivir y del Iber-Ebro), otros que permiten una navegación escalonada (caso del Anas-Guadiana), de otra parte hallamos cursos en los que asistimos a una navegación que podríamos denominar como de “circuito medio” (como en el Durius, o en el levantino Turia), y finalmente cabe reseñar el papel que todos los anteriores, junto a cauces de menor envergadura, jugaban en relación con la navegación costera.
Así pues, un factor más a tener en cuenta igualmente y digno de consideración será el rol desempeñado por los cursos fluviales peninsulares ibéricos de cara a la organización y articulación (desde una perspectiva administrativa y política) del territorio en época romana.
 
Considerado lo anterior, cabe incidir en la importancia de la “interacción” entre los medios marítimo y terrestre, para el desarrollo de la cual los ríos desempeñan un papel fundamental, y no sólo los navegables (pero principalmente éstos); cuando encontramos una acumulación de pecios en un punto determinado de la costa en relación con una ensenada o zona costera donde hay un río, arroyo, rambla riachuelo, que ha creado ese paisaje de ensenada (ese paisaje que favorece precisamente el establecimiento de un punto de fondeo en el mismo), entonces podremos hablar de interacción entre los medios marino y terrestre con la ayuda y el concurso de un cauce fluvial, aunque el río en cuestión no admita su navegación.
 
Los ríos no navegables pueden aparecer así como agentes de la interacción mar-tierra, proporcionando condiciones favorables para la misma, y jugando en algunos casos un papel, siquiera mínimo, en el contexto de la comunicación en tiempos romanos.
El viejo río Guadalquivir es un caso extraordinario en el seno de la Península Ibérica antigua: es sin lugar a dudas el curso peninsular que juega un más destacado papel en el nada desdeñable asunto de la navegación interior en tiempos romanos, y puede por ello calificársele, como se ha hecho en alguna ocasión, de verdadera “autopista” de la Antigüedad, como sigue sucediendo aún hoy en día, tal y como puede comprobarse cotidianamente.
 
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