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Apuntes de Historia (CXXVI)
 
 
 
 
 
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30 de Mayo de 2015
A vueltas con la navegación por el Baetis IV
Manuel Jesús PArodi Álvarez.-Continuando con el planteamiento de los artículos anteriores, en esta aproximación al papel económico de los ríos ibéricos (como nuestro Guadalquivir) en la Antigüedad, es de señalar que en la Península Ibérica, y frente a las grandes potencialidades y capacidades de los canales fluviales de otros ámbitos europeos, como sería el caso de los grandes ejes fluviales francogermanos, con ríos como el Ródano o el Rin (o de un Nilo, en un contexto continental africano, por citar otro caso paradigmático), hallamos una navegación interior a la que es posible calificar de “periférica” (cuando no incluso de “capilar” en según qué contextos peninsulares), que en lo que se refiere a algunos cursos permite alcanzar desde la costa tierras del interior, como en los casos de los ríos Baetis (Guadalquivir), Iber (Ebro), Tagus (Tajo), Durius(Duero) o Minius (Miño), y que puede  desarrollarse en mayor o menor medida en función del rol económico que esas zonas interiores de los citados ríos pudieran llegar a desarrollar.

De ahí -entre otras cosas- los contrastes entre el Betis y el Duero, por ejemplo, y de ahí que el estado realice una notabilísima inversión de trabajo, esfuerzo y capital de cara a mantener la actividad (la navegación) en un curso -el Guadalquivir- que precisa de una atención constante, de hecho, y ello porque la navegabilidad de ese curso de agua le resulta de vital interés al Estado, de modo que a Roma le resulta imprescindible contar con el gran río andaluz como forma de hacer llegar de la manera más eficaz, rápida y barata las producciones de la campiña bética hasta sus puntos finales de destino.
 
En el caso concreto del río Guadalquivir se hace patente -como en ningún otro río peninsular en la Antigüedad- la conjunción de los dos factores quizá determinates de cara a la puesta en explotación de las aguas de un cauce fluvial como medio físico de transporte y comunicaciones: la oportunidad física y el interés económico (combinación de oportunidad,  interés  y necesidad que podemos denominar mediante el término "commoditas").
 
El uso de los ríos como vías navegables no está ligado exclusiva ni principalmente a las capacidades objetivas y abstractas  de  dichos  cursos como soporte de la navegación,  a su mayor o menor navegabilidad (Chic 1990), sino que se relaciona de una  parte con el papel  económico desempeñado por las tierras sometidas a la influencia del río, y de otra con la existencia de comunidades humanas en sus riberas que hayan alcanzado un grado tal de desarrollo económico (y social, avanzando en la territorialización y jerarquización de sus estructuras) que les permita (o les lleve a la necesidad de) utilizar la vía acuática no ya como un simple  medio de extracción de agua para el consumo y abastecimiento directo e inmediato (de personas y bestias), así como para riego del campo, sino como un medio de transporte relativamente fácil y cómodo, así como -y sobre todo- rápido y barato, de personas y enseres.
 
Hemos de coincidir con algunos autores (como Caro y Tomassetti) en “poner en cuarentena”, por así decirlo, el uso para regadío de los canales y esteros del Baetis: no podemos olvidar que este río, hasta Ilipa Magna recibe la influencia de las mareas, por lo que la salobridad de sus aguas habría de desaconsejar -pese a las opiniones contrarias de algunos estudiosos- el uso de las mismas para el regadío; de este modo -y tal y como ya supiera reconocer el mismo Nebrija en el siglo XV- habrían servido para la navegación los esteros del Baetis, “...los quales fueron hechos a mano para llevar en barco los frutos que se cogian en las comarcas...” (Elio Antonio de Nebrija,Antigüedades I.IV; pp. 120-ss.
 
En este sentido, sabemos de la existencia de diversos proyectos e informes del siglo XVIII para reconstruir un muro de contención de las inundaciones de la marisma del Guadalquivir, muro que habría sido construido inicialmente en 1571 a instancias de los duques de Medinasidonia, señores de Sanlúcar de Barrameda (verdadera capital de sus estados hasta 1645) y que se extendería desde el sanluqueño pinar de La Algaida hasta el cortijo de Alventus, y que constaría de portalones y compuertas que se abrían para el desagüe de la bajamar, “...con lo que el terreno quedaba útil para uso agrícola-ganadero durante los meses de primavera y verano”.
 
Uno de los puntos del informe de 1747 (redactado por M. Antúnez y Castro, gobernador de Sanlúcar de Barrameda en la época, y relativo a estos particulares) especifica además que merced a dicho muro sería posible poner en cultivo campos estériles para cultivar lino y maíz; vemos de este modo cómo aún en el siglo XVIII resultaba difícil obtener un rendimiento agrícola de unos campos bañados por las salobres aguas del Bajo Guadalquivir, algo que preocupaba a la administración del momento.
 
En este sentido conocemos las condiciones en históricas del Guadalquivir en época antigua (gracias a investigadores como G.E. Bonsor, L. Abad, o G. Chic, entre otros), que resultaban en líneas generales relativamente desfavorables para una  navegación prolongada por su curso, como ya sabemos asimismo por las propias fuentes clásicas.
 
En este sentido, un autor de la Antigüedad como el grecolatino Estrabón (en su “Geografía”, III.2.3.), manifiesta la necesidad de efectuar transbordos a lo largo del río Baetis (a medida que éste va perdiendo capacidad de transporte); por su parte, Cayo Plinio Secundo (en su “Naturalis Historia”, III.16), habla del carácter sinuoso de los ríos hispanos (y de los problemas que ello acarreaba de cara a la delimitación de las tierras), y hace la primera mención de las "flechas" de arena del actual Parque Nacional de Doñana, el "Mons Hareni" pliniano (“N.H.”, III.7), unas "flechas" que acabarían por colmatar el espacio del “Sinus Tartessii” de Rufo Festo Avieno (en su “Ora Maritima”, vv. 265-306), dando forma al espacio actual (y -lentamente- cambiante) del referido Parque Natural.
 
Todo ello llevaría a los habitantes de las orillas del curso bético en primer lugar a apartarse de las mismas -manteniendo respecto a ellas una prudente distancia- para evitar la acción serpenteante del río, los efectos de su erosión y sus desbordamientos (desbordamientos -además de los producidos en épocas recientes- como el referido por Estrabón, “Geografía” III.5.9- al paso del  río por la antigua Ilipa  Magna, la moderna Alcalá del Río), y luego, cuando su grado de sedentarización y territorialización y su economía excedentaria les exigieran incrementar la producción de excedentes para alimentar a una sociedad en expansión y para satisfacer las necesidades crecientes de un mundo cada vez más complejo en cuyo horizonte han hecho irrupción elementos alóctonos, los nativos del valle del Guadalquivir (río que quizá recibiría la denominación de “Certis” o “Tertis”) entonces, como transmite alguna fuente) habrían  de  acercarse al río para mejor servirse de él, como testimonia Estrabón (Geografía, III.2.3.).
 
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