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23 de Mayo de 2015
A vueltas con la navegación por el Baetis  III
         
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Señalábamos en el texto precedente cómo Roma tratará de crear un mercado global integrado en el territorio del Imperio, con vistas a desarrollar un modo económico sostenible que contribuyese al sostenimiento del Estado y, así, del modo de vida romano.
De este modo encontraremos “islas” de integración económica entre las cuales sí se desarrollan relaciones económicas [más o menos] fluidas, unas relaciones sostenidas en las actividades económicas primarias (agricultura, pesca, minería) y sus derivadas secundarias (actividades de transformación relacionadas fundamentalmente con la alimentación) y terciarias (comercio), todo ello sin perder de vista el peso de la tecnología y la intervención del Estado a la hora de mantener “vivas” y “activas” esas “islas” de desarrollo integrado, unas “islas” que no conseguirán crear (atadas al medio espacial, tecnológico y cronológico en el que se encuentran) una verdadera, permanente y estable “red” de interacción e integración económica.

En el Occidente romano y desde la generalización del gran sistema estatal de la Annona de cara a asegurar los abastecimientos imperiales (a partir de los siglos I-II d.C.), con la consiguiente dependencia de la iniciativa privada respecto al Estado, de modo que se llegaría al control directo por dicho poder estatal de la producción y distribución de diversos objetos de comercio, como sucedería en la Bética tras la victoria de los Severos (Dinastía que reina entre los años 192 y 235 d.C.) y hasta el reinado del último de los mismos, Alejandro Severo (algo que  vuelve a manifestarse, por ejemplo, en el Edicto de Precios de Diocleciano), el estado, para intentar mantener la integración comercial (lo que equivale a decir económica) de las diferentes tierras del Imperio, se verá constreñido a actuar de forma creciente, y “tirará” de las actividades económicas de las provincias de una forma “artificial” (con subvenciones a la par que con exigencias, orientando los precios y los mercados, y “dirigiendo” en la medida en que le es posible, producciones y líneas de abastecimiento, de intercambio y de comercio...).
 
Uno de los esfuerzos constantes (más que “constantes” cabría decir “obligados”, ya que uno de los problemas a solventar será precisamente el de dicha “constancia” en el mantenimiento) del Estado Romano con vistas a conseguir crear ese mercado integrado será el de mantener en buen funcionamiento las vías de comunicación, las rutas e itinerarios (terrestres, marítimos, fluviales).
 
Ello explica el altísimo interés estatal por eliminar, por erradicar totalmente, la piratería del Mediterráneo (un Mare Nostrum”que sólo será tal para los romanos tras la intervención de Pompeyo en el S. I a.C. a través de la Lex Gabinia), la construcción y el mantenimiento de vías terrestres (con su complejo sistema de establecimientos auxiliares, las “mansiones”), así como la puesta en funcionamiento de los cursos fluviales (y los lagos, donde los hubiere) susceptibles de ser empleados como vehículos de comunicación y transporte; para ello, la legislación romana resulta reveladora, disponiendo de leyes protectoras de los ríos públicos (esto es, aquéllos que resultasen aptos para la navegación, según especificaban esas mismas leyes) y prohibiéndose sacar agua de los mismos; igualmente reveladoras resultan las fuentes y la evidencia arqueológica, por las que conocemos la existencia de canales artificiales navegables, de obras de mantenimiento del cauce y caudal de los ríos, del interés de la Administración estatal por velar por la continuidad de la navegación....
La piratería, una actividad económica predatoria (que no sólo limitaba su campo de actuación al ámbito marítimo) que entra en directa competencia con los intereses de un estado romano que controla ya (a mediados del siglo I a.C.) en buena medida el Mediterráneo y que quiere evitar a toda costa las injerencias en ese espacio acuático que acabará por convertirse en un lago romano de unos modos y modelos económicos que entran en directa confrontación con los propios.
 
La predación, la economía predatoria, habría dejado de ser una cuestión interesante para Roma desde el punto y hora que el objeto (y víctima) principal de dicha predación es el propio comercio romano, o el comercio oriental en un ámbito romano; no es de olvidar la proximidad cronológica entre la Lex Gabinia y las campañas pompeyanas contra los piratas (67 a.C.) y las campañas del mismo Pompeyo en Oriente, contra el rey Mitrídates del Ponto, o asimilando los restos del Reino Macabeo al mundo romano (Plutarco, “Pompeyo” XXIV); la presencia política de Roma en Siria-Palestina sigue a la presencia económica de Roma en dicho ámbito, y el “lubricante” de dicha proyección romana hacia el Oriente mediterráneo será el comercio (fundamentalmente marítimo) por el Mediterráneo Oriental: la piratería licia, cilicia, minorasiática y siropalestina (en general) entrará en conflicto definitivamente con los intereses de una Roma que no vacilará a la hora de dar solución a dicho conflicto de intereses; y lo hará “a la romana”.
 
En lo que atañe a los ríos, como nuestro Baetis, éstos serán reflejo a la par que vehículo y mecanismo de la articulación de esas “islas” de integración, de modo que los cursos navegables aparecen jalonados de centros urbanos y administrativos  entre los que se cuentan los más importantes del Imperio, además de encontrarse en sus márgenes restos claros de su actividad económica entre los que se cuentan materiales anfóricos resultado de la vinculación de las redes comerciales con los cursos acuáticos, pero igualmente centros de  producción de ánforas, igualmente beneficiarios de las ventajas de transporte que proporcionaban los cauces fluviales -como en el caso bético, paradigma del discurso.
 
En el marco global de la Hispania altoimperial en su conjunto encontramos -en líneas generales- una gran articulación de las costas (bien comunicadas entre sí) y, tierra adentro, una relativamente buena articulación de determinadas regiones, precisamente aquéllas en las que los cursos acuáticos juegan un papel económico más destacado,  lo cual no dependería tan sólo de que hubiese ríos o no, sino también de que hubiese presencia directa (y suficiente) de población (obviamente) y de que se desarrollasen o no actividades productivas “interesantes” (por necesarias y convenientes) para Roma, unas actividades tales como la minería, como según qué producciones agrarias (aceite y vino, esencialmente, pero no solo éstas), y como actividades de transformación tales como la producción de salazones y salsas saladas de pescado (y su ulterior puesta en comercio).
 
Algunas fuentes clásicas, como el libro III de la “Geografía” de Estrabón, están repletas de alusiones a las producciones de Hispania; es necesario contemplar la necesidad del comercio y las producciones béticas para Roma como conjunto económico, pero también para Roma como realidad estatal interesada en y necesitada de “tirar” de los intercambios económicos, tomando medidas para “agilizarlos” o, cuando menos, para “asegurarlos”.
Y en este marco de actividad económica y estatal el papel de los ríos, como nuestro Guadalquivir, habría de resultar determinante.
 
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