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28 de Septiembre de 2014
El Baetis, sal de la tierra  VI 
Manuel Jesús Parodi.-Venimos considerando en los precedentes artículos, que hemos dedicado a la vinculación entre la sal (su producción, su distribución, su comercio…) y río Guadalquivir en la Antigüedad, el papel desempeñado por las producciones de sal en el ámbito de la desembocadura de nuestro “Gran Río” (no sólo de la desembocadura, en realidad) en el contexto de la Romanidad: su relevancia de cara al abastecimiento humano y animal, su rol en la producción de salazones (de pescado -el famoso garum romano- y de carne) y las potencialidades de su comercio (bien en forma de sal, directamente, o de salsas y salazones, de derivados de la sal).
Pero este comercio de sal (en forma de salsas saladas de pescado, con sus limitaciones en cuanto a los consumidores y objetivos, o en forma de sal propiamente dicha, una sal que habremos de considerar básicamente procedente de salinas costeras) a media e incluso larga distancia quizá no habría de resultar suficiente (ni quizá practicable de forma efectiva) para asegurar el suministro de cloruro sódico a las ganaderías, de cara a su consumo directo, y menos aún si contemplamos su empleo en función de la elaboración de conservas de carne (carnes saladas, jamones...) o de pieles curtidas para su puesta en comercio.

Retomando lo señalado en el artículo precedente, es de anotar cómo el comercio de cloruro sódico -ya transformado- bajo la forma de salsas saladas de pescado (que podría haber sustituido a la sal estando orientado a las capas más humildes de la sociedad romana al ser un producto barato, aunque no de la mejor calidad) sí podría abarcar circuitos de mercado de amplio radio, mientras la sal propiamente dicha (mineral, gema, marina) habría sido objeto de un comercio de escala menor, estando orientada a cubrir menores distancias que unos derivados del cloruro sódico (las mencionadas salsas saladas baratas) que (al ser transportados en ánforas, entre otras razones) podrían soportar mejor el transporte a grandes distancias que los cargamentos de sal.
 
Pese a todo, y en relación con el comercio de sal (como la del Guadalquivir, quizá) a largas distancias, el grecorromano Estrabón (por ejemplo, en su Geografía, III.5.11) menciona de forma específica cómo el abastecimiento de sal a las Casitéride” (esto es, las fabulosas “Islas del Estaño”, una denominación bajo la cual subyacen tierras como las de Galicia y/o las islas Británicas, tan alejadas de Andalucía) habría estado en manos (si hemos de seguir al de Amasía, al geógrafo Estrabón) en forma de un verdadero monopolio (concepto que hemos, cuando menos, de relativizar) de los “fenicios”, término que debe (en)cubrir al de gadiritas (los fenicios de Gadir-Cádiz), lo que habría podido poner de manifiesto la existencia de un comercio estable, continuado -y ciertamente a gran escala- de sal entre la Península Ibérica (y más exactamente de la zona de la Bahía de Cádiz y la desembocadura del Baetis) y estas “islas del Norte”, fuera desde la propia Bahía de Gadir-Cádiz o desde algún otro (u otros) enclaves peninsulares ibéricos que estuvieran dentro de la órbita de influencia y/o control económico de la metrópolis de Gadir, como muy bien pudiera haber sido el caso de la desembocadura del Guadalquivir antiguo.
 
En este sentido, cabe volver sobre nuestros pasos y recordar los textos que ya dedicamos en esta serie a Évora y sus relaciones con Asta Regia (el gran enclave indígena de esta comarca) y Gadir (la gran ciudad fenopúnica del litoral occidental andaluz): Évora y La Algaida en época protohistórica oscilan en torno a uno y otro núcleos (el astense y el gadirita) y podrían haber formado parte de ese gran circuito de la producción y el comercio de la sal (en el contexto del comercio fenicio) de la Protohistoria meridional peninsular.
En este caso, igualmente, las costas del moderno Portugal habrían podido desempeñar un relevante papel en este circuito de la sal (conectadas con Gadir, el Lago Ligustino y la desembocadura del Guadalquivir), vistas las zonas de producción de sal en dicho territorio portugués, como en es el caso de comarcas tales como la desembocadura del río Sado, con la existencia de núcleos tales como la Salacia romana, evocador topónimo perpetuado hasta nuestros días en el moderno núcleo lusitano de Alcáçer do Sal.
 
Hay algunos historiadores, como venimos contemplando, que parecerían inclinarse (de todos modos) por la posibilidad de la existencia de tal comercio de sal a gran escala por vía marítima en la Antigüedad, a pesar de lo cual no vacilan en aclarar que debería tratarse de una solución cuando menos compleja (al tiempo que económicamente gravosa), al tratarse de un producto no fácil de transportar en buenas condiciones, resultando su transporte además relativamente caro como para permitir el establecimiento de un servicio regular y continuado de suministro (de sal) a mercados lejanos en el espacio.
 
Cabe señalar, en todo caso, que sí contamos, con ejemplos y paralelos de transporte de sal a grandes distancias por vía marítima, si bien ya en época moderna, unos ejemplos de transporte que quizá pudieran ser parangonados con lo que sucediera en la Edad Antigua (especialmente en época romana), y, caso de ser así, podríamos establecer paralelos entre unos modelos de hace trescientos años y otros, más lejanos, de hace tres mil años...
 
De este modo y en este sentido (en un contexto cronológico histórico, si bien más reciente), pueden resultar ilustrativos los casos de las salinas de la Bahía de Cádiz (tan próximas a nuestro entorno inmediato) en la Edad Moderna, cuyas producciones estaban destinadas esencialmente a abastecer mercados zonales y regionales pero que también debían estar prestas de cara al servicio de las Flotas de Indias, cuando no a exportar su sal al propio Nuevo Mundo, o, ya en un marco mediterráneo pero igualmente moderno, es posible señalar el caso de las salinas (también costeras) de Torrevieja (en la provincia de Alicante), con sus embarques de sal a partir de 1768 en naves españolas y extranjeras, una sal destinada no sólo para abastecimiento nacional sino (a todas luces) cabe suponer que también encontraría un destino en el contexto de la exportación fuera de la Península Ibérica.
De esta forma (y en relación con el suministro de sal), la solución más factible para los medios geográficos interiores habría de ser el disponer de fuentes de abastecimiento directo de sal (de una forma u otra), que hicieran posible el consumo humano sin recurrir necesariamente al siempre gravoso expediente y mecanismo de la importación a gran escala, el consumo animal (necesitado asimismo de tales producciones) y el, por así decirlo, industrial, con vistas a la elaboración de conservas saladas de carne y al tratamiento de las pieles, tal y como aparece testimoniado en las fuentes históricas (y como sucede en el marco costero con las salazones de pescado, y no sólo en época romana).
 
Entendemos que la comarca del interior del río Guadalquivir (del eje Guadalquivir-Genil, sería mejor decir) no habría de constituir una excepción a estos principios generales, procurándose el necesario y conveniente abastecimiento de sal merced a las fuentes naturales de cloruro sódico que se encontraban -como aún se encuentran, en algunos casos- en dicho medio físico.
Las orillas del Baetis, y especialmente su contexto costero en la Antigüedad, entre las actuales Coria y Sanlúcar…, y la sal del río…
 
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