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Apuntes de Historia LXXXIX
 
 
 
 
 
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13 de Septiembre de 2014
El Baetis, la sal de la tierra IV
Manuel Jesús Parodi.-Es sabido que los cursos fluviales son -generalmente, y más si se los considera desde una perspectiva histórica- fuentes naturales de recursos y de ventajas para los pobladores de sus orillas, y no sólo por la extracción de agua que puede hacerse de sus cursos, ni por los recursos alimenticios que brindan, ni tampoco por su capacidad para sustentar la comunicación, por su soporte a la navegación fluvial (algo que, en el caso del Baetis romano hemos considerado en artículos precedentes), sino por su capacidad de ofrecer un entorno favorable para la vida humana, procurando a las comunidades humanas de sus riberas y valles recursos de los más variados y diversos tipos, géneros y naturaleza.
Y en el caso del río Guadalquivir en la Antigüedad, uno de estos recursos es la sal, y no sólo en la desembocadura del río, en el actual ámbito de la orilla del río por Sanlúcar de Barrameda.

Como ya hemos señalado en algunos párrafos anteriores de esta pequeña serie,  la sal es un elemento capaz de hacer más fácil la vida humana (y animal). En sí misma, la sal es un agente útil, necesario, imprescindible para el normal desenvolvimiento de la vida de los mamíferos superiores, como los humanos: su existencia, la posibilidad de su obtención incrementa las potencialidades y los atractivos del entorno del antiguo Baetis para el desarrollo de comunidades humanas en sus riberas y su valle, especialmente en su contexto marino, que en la Antigüedad -no lo olvidemos- era mucho más extenso que en la actualidad.
 
No pasemos por alto en relación con lo mencionado (esto es, en lo tocante a la extensión y naturaleza de la desembocadura del río en tiempos antiguos) la existencia del Lago Ligustino, ese enorme estuario costero de la referida desembocadura del viejo río que conocieron, por ejemplo, los romanos, y que hacía que el contexto costero, marino, del Padre Baetis fuese mucho mayor entonces que hoy día, siendo posible contar con mecanismos de extracción y obtención de cloruro sódico, de sal, en un litoral interior que se extendía desde la actual Coria del Río hasta la moderna Sanlúcar de Barrameda.
 
La sal, flor de la costa y del río, era fundamental no sólo para el consumo directo de personas y bestias, sino que resultaba esencial para el desarrollo de determinadas producciones de época romana (y no sólo de época romana), como habrían de ser las salazones de pescado (con sus derivados, como las salsas saladas de pescado que genéricamente conocemos, grosso modo, bajo la denominación de garum, nombre bajo el que subyacen diversas especialidades y productos, todos procedentes del pescado bajo distintas preparaciones y en diferentes formas y presentaciones) o las salazones de carne, otro producto (especialmente en lo que se refiere a la carne de vacuno y al porcino) estrella de la alimentación en tiempos romanos y que igualmente requería una fuente continuada de producción de sal.
 
Llegados a este punto, no estaría de más detenernos (siquiera brevemente) a considerar el hecho fundamental de la asociación existente entre la producción de salazones (de carne, por ejemplo) y la sal (una relación obvia), una asociación que existe también entre la propia existencia de ganado estabulado (controlado por el hombre, sea en establos de mayores o menores dimensiones, sea en fincas abiertas al estilo y modo de las fincas de ganado bravo) en cantidades suficientes como para asegurar la exportación de sus productos derivados (directos o indirectos) tales como carne, lana (en el caso de óvidos), pieles, huesos para elaborar instrumentos (nos resistimos a llamarlos “herramientas” -ferramenta, derivado de ferrum, hierro), no sólo por la necesidad -vital- de contar con sal para poder trabajar con (y sobre) los productos derivados del ganado ya se trate de productos alimenticios como conservas saladas de carne, jamones (que sabemos se producían en época romana) o de pieles curtidas, sino por la propia necesidad intrínseca de sal para su consumo por el mismo ganado vivo.
 
Especialmente necesario sería el abastecimiento continuado de cloruro sódico para el ganado ovino y vacuno; el ganado compensa mediante la ingesta de sal los déficits de una dieta estrictamente herbívora en un momento (el período histórico que os ocupa en estos párrafos, la Antigüedad) en el que -como es de imaginar- no existen los piensos compuestos, y cuando el más complejo “producto químico” (por así decirlo) que se le administraría a las ganaderías de cara a su complemento de sal sería la propia sal (directamente), suplida a veces con el empleo de la ceniza, entremezclada con el forraje de las bestias.
 
 Venimos de este  modo insistiendo en la asociación de salazones de pescado y de carne, y la existencia de producción de sal (una sal obtenida, por ejemplo, merced a la existencia de salinas -en un entorno costero o fluvial salobre- o -en un marco de interior- gracias a la existencia de minas de sal) y el comercio y conservación de las mencionadas salazones de carne y de pescado preparadas a tales efectos (una actividad,  la producción de salazones de pescado de la que, en el contexto del actual término municipal de Sanlúcar de Barrameda, en La Algaida, contamos con constatación arqueológica).
 
Así, y abundando en lo señalado, en contextos costeros ha sido contrastada y desarrollada por diversos investigadores la idea de la relación existente entre los centros productores de salazones (de pescado) y los puntos de producción de sal.
Junto a estos factores no es desdeñable la necesidad de contar con fuentes de abastecimiento de sal (directo, merced a la producción próxima cuando no inmediata, o indirecto, gracias a la posibilidad de contar con redes de distribución de un producto, la sal, que no se deteriora grandemente con el transporte si éste se efectúa en las condiciones apropiadas y convenientes) para el consumo humano directo del cloruro sódico.
 
Nos parece acertada la apreciación de algunos historiadores sobre la “proximidad conceptual” existente para el hombre antiguo entre sal y mar, sal y pesca, sal y salazones; una “proximidad conceptual” que podría alcanzar igualmente a la relación establecida entre asentamientos humanos y presencia de fuentes de sal, como venimos señalando, de modo que no hubiera que buscar el abastecimiento de producto tan primario fuera de los ámbitos afectados por el asentamiento en cuestión.
 
En este sentido resulta significativo el texto de Estrabón (Geografía, III.5.5) en el que este autor grecorromano del siglo I d.C. nos informa de cómo para la fundación original de la Gadir fenicia se elegiría un emplazamiento que garantizase el abastecimiento de sal; previamente al asentamiento que habría de resultar definitivo (en el archipiélago gaditano, en el seno de la moderna Bahía de Cádiz) se habrían llevado a cabo diversas “intentonas” todas las cuales contaban con el elemento común de buscar lugares con las mismas potencialidades de suministro del tan preciado como requerido cloruro sódico.
 
Constancia de un similar interés por la presencia de fuentes de abastecimiento de sal la encontramos a la hora del asentamiento de colonias romanas (o griegas, o fenicias), para ubicación de las cuales se habría preferido asimismo contar con fuentes de cloruro sódico, como en los casos de Ampurias y (ya fuera del ámbito hispano), Tarento o Massalía-Marsella. Como habría de suceder en el entorno de la desembocadura del Guadalquivir antiguo.
 
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