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La aventura de escribir
 
 
 
 
   
 
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29 de Agosto de 2007

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 Hoy, los chicos de la Hacienda Pública han requerido mi presencia en sus oficinas en la calle San Juan para poder verificar algunos datos de mi declaración  y cotejarlos con aquellos que dispone la Agencia Tributaria. Mi prejubilación, cambio de domicilio fiscal y algunas acciones de mi empresa, además de mi torpeza al hacer la declaración de este año, son los culpables de esta pérdida de tiempo para mi y para los muchachos/as del erario público, muy preocupados para que las “fortunas” de los prejubilados no se deslicen por el lado oscuro del fraude fiscal.


Este hecho y la muerte del escritor Francisco Umbral han – de alguna forma – marcado este día  para que no pase a los recónditos rincones de mi memoria donde nunca más se recuperarán;  y los dos están, aunque parezca inverosímil, ínterrelacionados.

 Allí, sentado en un pulcro asiento sintético, metálico y frio, con marcial alineación, rodeado de otros contribuyentes con atribulados semblantes, un eficaz guardia de seguridad que controla por rayos “X” tus pertenencias metálicas al entrar, y un silencio de convento de clausura, me metieron, al igual que mis llaves y mi móvil, en un túnel donde los rayos “X” son sustituidos por millones de neuronas, recorriendo kilómetros de interconexiones eléctricas arrinconándome, sin poder evitarlo, en el año 1965.

 Entonces lo vi. Era Rafael sentado en acogedora silla de madera con bruñido contrachapado donde reposaban sus posaderas a  la entrada del mismo edificio de la Agencia Tributaria, hace ahora 42 años. Su traje gris y su gorra de plato lo delataba como el bedel que era en esa casa señorial construida por un indiano hace mucho tiempo y convertida entonces en el Instituto Laboral “Juan Sebastián Elcano”. Era mi primer día de instituto.

 Con irrefrenable y fortísima intensidad, los nanos impulsos eléctricos de mi cerebro, comenzaron a mover las neuronas para rastrear todos los aconteceres y personajes de ese mismo año 1965  hasta 1968, -en este edificio - y los dos siguientes en el nuevo instituto  ubicado frente al centro comercial de la carretera de Bonanza, ahora llamado Fco. Pacheco.Fueron los años académicos 1968-69, 1969-70.

 Es pues inevitable recordar en su despacho de director – justo detrás de la silla que ocupaba este contribuyente - a D. Ángel Barrero, empedernido fumador, D. Pedro Pascual en su taller, Doña Leonor, Doña Montserrat, Don Francisco, Don Jesús, Don Felipe, Doña Rosario, Don Germán  y su Rosario del Sábado, Doña Mariana, etc.

El nexo de nuestra historia, Doña Mariana, era nuestra profesora de Lengua y Literatura.

 Para Doña Mariana, su asignatura era sin duda la más importante para el futuro desarrollo intelectual  de todos los que estudiaban aquel Bachillerato Laboral que tan eficazmente preparó a aquellas generaciones.. Las demás asignaturas estaban en el limbo del camino que encumbraba a su asignatura al Olimpo de las ciencias. Sin duda el amor que Doña Mariana emanaba al hablar de su labor docente, era el causante de la simpleza de tan severa afirmación.

 Dice Gabriel García Márquez, que él ha escrito todos los días de su vida desde que tiene recuerdo de sus inicios. Algo parecido fueron los albores como escritor de Francisco Umbral, reconocido escribidor como diría Vargas Llosa y que sin embargo jamás se sentó en una silla de la Real Academia Española de la Lengua. La mayoría de los mortales estamos tan astronómicamente distantes de estos “monstruos” de las letras hispanas, que solo fuimos capaces de  intercambiar epístolas amorosas en nuestra adolescencia y juventud, que solo eran valoradas por sus receptoras/es. .

 El empeño de Doña Mariana en que todos pronunciáramos correctamente el Castellano, se dio de bruces con la realidad de la calle y nuestro acento andaluz, pero al menos nos transmitió la pasión por el lenguaje, la lectura o la poesía.

En realidad todos los profesores nos transmitieron sabiamente sus enseñanzas.Por eso supimos en su momento leer El Quijote con placer, gracias a los consejos de Doña Mariana. Igualmente nos apasionamos por la Historia, curioseamos la Química o sencillamente elegimos la profesión para la que principalmente estaba dirigida la enseñanza en el Instituto Laboral de Sanlúcar, a saber: marítimo pesquera.Esa asignatura  de  Ciclo Especial de la que era responsable Don Francisco Colón, nos allanó muy bien el camino en nuestros estudios en la Escuela Náutica de Cádiz..

Pero eso, es otra historia para ser contada sin grandes alardes literarios al igual que esta, con la seguridad que nos transmitieron ellos para seguir adelante con los conocimientos adquiridos en ese edificio, hoy Agencia Tributaria y en el nuevo instituto . No se es más feliz haciendo lo que se quiere, sino queriendo lo que se hace, aunque como en el tema que nos trae , escribir, no se haga nada bien. Para eso ya tenemos al inmortal Francisco Umbral que en paz descanse.

 
 
   
 
     
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