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Apuntes de Historia LXXXIV
 
 
 
 
 
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10 de Agosto de 2014
Sanlúcar, las costas del duque y los piratas           
Manuel Jesús Parodi.-El 14 de febrero de 2013, en un acto organizado por la asociación de Amigos del Libro y las Bibliotecas “Luis de Eguílaz” y celebrado en el hotel “Los Helechos”, tuvo lugar en Sanlúcar la presentación del libro del historiador barbateño Antonio Aragón Fernández titulado “Asaltos de piratas berberiscos en el litoral gaditano de La Janda”, un volumen de 391 páginas en las que se recoge un pormenorizado estudio histórico sobre la piratería norteafricana y sus efectos -a veces devastadores- en el litoral jandeño a lo largo de los siglos XVI y XVII.
El referido libro, editado conjuntamente por el Exmo. Ayuntamiento de la gaditana localidad de Barbate (de donde es natural su autor), población que se convierte en el eje articular de la publicación, y la Excma. Diputación Provincial de Cádiz, y que viera la luz en el año 2010, cuenta al principio con una triple dedicatoria: su autor, Antonio Aragón, quiso dejar constancia de su admiración y respeto por tres historiadores de la provincia, por tres personas cuyos esfuerzos se encaminaron (y hablo en pasado porque los tres nos faltan) a la más que encomiable tarea de luchar por nuestro Patrimonio Histórico y Cultural por la vía de su investigación, su protección y conservación y su difusión.

Dos de dichas personas a las cuales está dedicado este estudio histórico son el desaparecido historiador Domingo Bohórquez Jiménez, de Chiclana de la Frontera, y el portuense-jerezano Hipólito Sancho de Sopranis, una institución en la Historiografía de la provincia por sí mismo, mientras quien completa la terna de la dedicatoria es nada menos que la hija adoptiva de Sanlúcar y sanluqueña intemporal Doña Luisa Isabel Álvarez de Toledo, Excelentísima Señora, señora excelente y XXI duquesa de Medina Sidonia.
La dedicatoria a la duquesa de Medina Sidonia en un libro sobre el litoral de La Janda en los siglos XVI y XVII no debe en absoluto extrañarnos: junto a la admiración manifiesta que el autor siente por la creadora de la Fundación Casa de Medina Sidonia, entre cuyos méritos se encuentra -y hablamos de cosas sabidas y reconocidas- es de tener en cuenta que la Casa de Medina Sidonia ejercía el señorío sobre buena parte del litoral hoy gaditano en los siglos de la Edad Moderna, un litoral en el que se encontraban incluidas las costas de la comarca de La Janda.
 
Sanlúcar de Barrameda, así pues, era el eje vertebrador del extensísimo dominio y los estados de la Casa de Guzmán, el centro de dichos estados, el lugar de gobierno de la costa jandeña (y no sólo de dicha costa jandeña) y el punto desde el que la administración ducal ejercía su poder y sus acciones de gobierno de un territorio tan amplio como complejo, articulado y heterogéneo.
Entre estas acciones y deberes de la Casa de Medina Sidonia estaba la de defender el litoral gaditano, afrontar en la medida de lo posible y detener la presión de las “cabalgadas marinas” de los piratas berberiscos, de los corsarios que desde sus bases de Larache, Salé (frente a la moderna Rabat), Tánger, Tetuán (accesible desde la costa gracias al río Martín o Martil, el “flumen Tamuda” de los romanos, citado ya por Plinio el Joven) y Argel.
 
Hemos de señalar que las actividades de presa marítima, la piratería, consideradas innobles a lo largo de la Historia por los poderes estatales han sido una forma de economía depredatoria practicada desde la Antigüedad (recuérdese en este sentido a los príncipes de la “Ilíada” y su expedición de saqueo contra la costa de Anatolia, contra Troya, cantada por Homero).
 
La diferencia entre una nave mercante y una embarcación pirata en las costas mediterráneas de la Edad del Bronce (esto es, hace unos tres mil años, siglo arriba, siglo abajo), el hecho fundamental que marcaba la diferencia entre que un mismo barco se mostrase como una nave mercante (y se desempeñase realmente como tal) o como una embarcación pirática (y actuase siguiendo dicho patrón, inopinadamente), podía residir tan sólo en la fuerza del oponente. Así, un mismo barco, una misma de aquellas “naves negras” retratadas en los ritmos de los versos homéricos podía mutar su, en apariencia, pacífico aspecto y convertirse repentinamente en un peligro para quienes se encontrasen con ella, caso de que dichos incautos (por así llamarlos) mostrasen un aspecto de debilidad ante unos comerciantes que súbitamente podían mutar en un grave peligro para la navegación.
 
Esta forma de actividad predatoria no se ha circunscrito históricamente a un solo mar (el Mediterráneo, en el caso que hemos mencionado), ni a una sola época (el referido “Bronce Medio” de los príncipes homéricos, de los Ulises, Agamenón, Néstor, Menelao, Aquiles, Glauco, Diomedes, Ayax, Príamo, Héctor o Eneas, por citar algunos entre los más renombrados.
Ni el Caribe o el Índico son los únicos reductos de piratas de la Historia, ni el siglo XVIII, época de Barbanegra o el capitán Kidd, por ejemplo, es el momento principal en el desarrollo de la piratería.
 
El ámbito del Estrecho de Gibraltar ha conocido la piratería desde la Antigüedad, y entre los siglos XV y XVII (aunque hay que señalar que no fue únicamente en este período) conoció un período de especial intensidad en las actividades de saqueo, presa y depredación de una y otra costa, y de las aguas intermedias, a cargo de flotas procedentes no sólo del Norte de África, que asolaban las costas españolas y portuguesas, o peninsulares, que atacaban el litoral magrebí desde el Atlántico marroquí hasta las orillas argelinas.
 
Poderes lejanos, caso de ingleses, holandeses o turcos (es de señalar que éstos últimos extendían su soberanía hasta las fronteras de Marruecos, y actuaban bien directamente, bien -lo que resultaba más usual- a través de corsarios a su servicio, como los famosos comandantes Ochiali o Haireddin Barbarroja) hacían acto de presencia regularmente en estas costas con vistas a hacer presa de los buques mercantes que surcaban el cuello de botella de las aguas del Estrecho, el viejo “Fretum Gaditanum” de las fuentes clásicas, cuando no con la manifiesta intención de asaltar las costas, ya fuera con fines estratégicos (caso, por ejemplo, de los asaltos ingleses a la Bahía de Cádiz) o simple y llanamente predatorios (como sería el caso de los piratas norteafricanos y turcos), sin perder de vista otros fines para este tipo de ataques, como el de asaltar el suculento objetivo de las flotas de Indias (como trataran de hacer ingleses y holandeses, especialmente en el siglo XVII).
 
En este marasmo de asaltos, saqueos costeros, anocheceres en la costa española y amaneceres en los aduares de Tetuán, piratas de ida y vuelta, defensas costeras, “cabalgadas” en la mar, flotas y armadas, los señores de Sanlúcar de Barrameda, los duques de Medina Sidonia, desempeñaban un papel crucial: eran ellos, y con ellos su gente y los pobladores de sus tierras, ciudades, villas y estados, los responsables primeros y últimos de la defensa de estas costas, de estas orillas y de este mar fronterizo y agitado.
 
Y con los duques de Medina Sidonia, Sanlúcar de Barrameda, como cabeza y capital (que viene a ser lo mismo, pero dicho de dos maneras) de sus estados, jugaba asimismo un rol esencial (de lo que da fe el Archivo General de la Fundación Casa de Medina Sidonia, testigo fiel de nuestra Historia, fruto de los siglos y regalo de la XXI duquesa a la posteridad).
 
Desde Sanlúcar, la estrategia, la defensa, el combate, la justa y la lid: la lucha contra los piratas, contra Tánger, Salé o Tetuán, en un pulso sostenido durante siglos, del que son prueba la iglesia y convento de La Merced.
 
Porque Sanlúcar es americana, sí, y ahí está Capuchinos para dar testimonio de ello, pero también, y desde mucho antes, es africana, como nos recuerdan elementos singulares tan sanluqueños como La Merced, por ejemplo, o la presencia púnica en nuestros yacimientos arqueológicos…

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