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29 de Junio de 2014
Embarcaciones romanas por el Baetis XI
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Planteábamos en los párrafos del capítulo anterior la relación y los lazos existentes entre las grandes naves de guerra de época romana como las liburnas (dotadas de dos hileras de remos), trirremes (con tres hiladas de remeros) y pentarremes (más grandes y pesadas y provistas de cinco filas de remos y galeotes) y el curso del viejo río Baetis.
Veíamos en este sentido cómo César se hizo construir grandes buques guerreros en Gades y en Hispalis para sus campañas militares en el Mar del Norte contra britanos y germanos, esto es, contra los nativos de las islas Británicas y del ámbito costero de Germania, más allá (más al Este) de la ribera derecha del río Rhin, y ello sin excluir la posibilidad del empleo de dichas embarcaciones -aparejadas en el marco de las costas gaditanas y del interior del Baetis- en los grandes ríos septentrionales de Europa, como el Thames (o Támesis, en la moderna Inglaterra) o el propio y ya citado Rhin (el Rhenus romano).
Estas noticias, junto a la presencia de algún gran navío bélico bizantino en un yacimiento del pleno centro de Sevilla, dejan constancia de esta relación entre barcos de guerra, usos bélicos (de una u otra naturaleza) y aguas del Guadalquivir en la Antigüedad, si bien estos usos bélicos no debieron verse circunscritos exclusivamente ni a la época romana ni al empleo en el desarrollo de los mismos de grandes bajeles marinos.

Contamos con información a modo de botón de muestra -indirecto- del uso, en el curso de estas situaciones de conflicto, de embarcaciones (si bien de más reducidas dimensiones) en un contexto fluvial.
Se trata de un testimonio de naturaleza, cronología y marco geográfico muy distintos de lo considerado hasta ahora (ya que nos traslada a la Protohistoria del Levante peninsular), y que si bien no se refiere directamente al cauce del Guadalquivir sí resiste mejor que bien la analogía con nuestro contexto paisajístico y geográfico, por su propia naturaleza y características.
Este ejemplo al que venimos haciendo referencia es el que nos proporcionan los vasos decorados de Lliria. En dos de estos vasos cerámicos ibéricos hallados en la mencionada localidad levantina de Lliria, en la actual provincia de Valencia, se refleja una escena de persecución en un ámbito acuático interior que podría estar localizado en cualquiera de las charcas litorales de las cercanías de Valencia o en el entorno y contexto de alguno de los ríos levantinos.
 
En esta escena que mencionamos, una barca tripulada por varios individuos armados con arcos y flechas persigue a otra más embarcación más pequeña ocupada por sólo dos tripulantes, mientras desde tierra firme, y junto a unas chozas construidas sobre pilotes (que pudieran ser palafitos), otro individuo parecería arrojar sus flechas contra la embarcación perseguidora en defensa de la que trata de huir, encontrándose su ataque -a su vez- contestado desde la barca mayor (que de este modo arroja sus flechas tanto contra la barquichuela que persigue como contra el individuo que desde tierra firme defiende a los perseguidos, en una muestra de escena de acción harto vívida y muy movida).
 
En la proa de ambas embarcaciones se presentan sendas cabezas de animales, quizá a modo de mascarones, de seguro como emblemas identitarios del origen de dichas barcas y sus ocupantes; haciendo una digresión, y en relación con este particular, caber recordar a Estrabón, quien en su “Geografía” (II.3.4) menciona las proas de los barcos de los gaditanos, los así llamados precisamente hippoi gaditanoi, o “caballos gaditanos”, unas proas adornadas con cabezas de caballos; de otra parte el griego Herodoto (III.LIX) nos habla a su vez de las naves con proa en forma de jabalí de los nativos de la ciudad fenicia de Sidón).
 
Volviendo al tema de los vasos de Lliria y las embarcaciones representadas en los mismos, es de señalar que la mayor de ambas barcas (la perseguidora) presenta una rudimentaria vela sostenida entre dos mástiles, un tipo de mástiles y vela bien conocido en otros contextos geográficos, incluso tan alejados del mundo mediterráneo como el Océano Pacífico.
En lo que respecta a la naturaleza de dichas embarcaciones levantinas, se trata en ambos casos de barcas de escaso calado y apropiadas para surcar aguas de escasa profundidad o someras (una de ellas, la menor, la que huye, podría ser incluso una monóxila, una barca excavada de una vez en un solo tronco de árbol); de cronología prerromana,  resultan muy ilustrativas del uso bélico de barcas en cauces interiores y zonas  lacustres en época protohistórica.
 
El testimonio de los vasos de Lliria tiene su origen en el contexto del Levante peninsular español, pero la escena que se nos representa bien pudiera haberse desarrollado en el ámbito del viejo lago Ligustino prerromano, o en el marco del Bajo Guadalquivir antiguo, un contexto acuático interior, con riberas pobladas por núcleos palafíticos (esto es, con casas sobre pilares) como sabemos que sería el caso, sin ir más lejos de la Sevilla prerromana, la vieja Spal anterior a la Hispalis cesariana (a la que daría su nombre, como ya señala Isidoro Sevillano).
Este escenario, como venimos señalando, encuentra un paralelismo con el de las riberas del Guadalquivir prerromano, el Certis o Tertis (o Tartessos), que bien podía ser el representado en la iconografía de los vasos de Lliria, con las barcas con mascarones de animales, la monóxila, los palafitos, las riberas…, elementos todos consustanciales al Levante como a nuestro propio espacio geográfico y a nuestro paisaje en la Antigüedad. 
 
Recapitulando lo considerado en el capítulo anterior y en los párrafos de éste, podemos pensar, vistos los precedentes, que en los ríos cuyas características lo permitieran podría desarrollarse la actividad de la construcción naval en la Antigüedad, como bien pudo ser el caso del Guadalquivir romano, incluso con la puesta en agua de grandes embarcaciones guerreras (sin excluir a priori la construcción de mercantes).
 
De otra parte, las posibles escaramuzas, encontronazos y combates desarrollados en los cursos interiores peninsulares debieron tener un carácter menor, puntual, y de complemento de las operaciones terrestres (así, en un contexto cronológico distinto, pero en el mismo marco geográfico, es de señalar la conquista cristiana de Sevilla, en el siglo XIII de nuestra Era, cuando el peso de la campaña militar recayó sobre las operaciones terrestres, resultando en cambio determinante a la hora de la toma de la ciudad hispalense la acción crucial de la flota castellana en el río Guadalquivir), verdadero eje central de las campañas bélicas en un marco continental como el peninsular hispano, en el caso de los grandes enfrentamientos militares, sin exclusión de las pequeñas acciones que sin lugar a dudas pudieron desarrollarse en contextos como el nuestro y en las que se verían envueltas embarcaciones menores como las retratadas en los levantinos vasos de Lliria.
 
Es fácil aventurar que las unidades empeñadas en estas acciones fluviales habrían de ser asimismo de naturaleza menor (en una buena parte y gran proporción de los casos, dadas las propias características del medio en cuestión), dejando aparte los episodios de aproximación y desembarco a núcleos costeros sitos en estuarios, rías y desembocaduras de ríos, como en el caso de la campaña de Julio César -campaña desarrollada por mar y tierra- en la ciudad y puerto indígena de Brigantium (Betanzos, La Coruña) el 61 a.C. (según Dión Casio, XXXVII.53).  
 
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