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22 de Junio de 2014
Embarcaciones romanas por el Baetis X
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Si en las anteriores entregas de esta serie adelantábamos algunas de las premisas de los siguientes textos, deteniéndonos especialmente a considerar las noticias que algunas fuentes antiguas nos han legado acerca de la construcción de embarcaciones de gran porte y naturaleza militar en el ámbito del Bajo Guadalquivir en época romana, como fuera el caso de las naves de guerra construidas en Gades y -ya más directamente en el ámbito de nuestro interés, por interesar al curso del río Baetis- en Hispalis siguiendo las órdenes de Julio César, allá por mediados del siglo I a.C., en los párrafos que siguen trataremos de aproximarnos a la naturaleza de dichos buques.

De este modo, y para empezar, cabría comenzar precisamente por plantearnos de qué tipo pudieron ser las naves que César mandó armar, como hemos señalado, en Hispalis yGades. Partiendo de la premisa (merced a la propia información de las fuentes clásicas) de que se trataría de unidades destinadas a usos militares, podemos detenernos en lo que conocemos acerca de la navegación en época romana, y más especialmente en relación con las embarcaciones de guerra de la Antigüedad Clásica: sabemos que al menos desde el siglo V a.C. y hasta la época imperial romana, el navío de guerra por excelencia (sin exclusión de otros tipos, como las liburnae, ya contempladas en anteriores capítulos de esta serie, por ejemplo, esas embarcaciones ligeras de combate que tanto tendrían que ver con la victoria de Augusto -y su brazo ejecutor Agripa- en la batalla naval de Actium sobre Antonio y Cleopatra de Egipto, el año 31 a.C.) habría de ser la triere (o trirreme), un tipo de barco dotado de tres hileras de remos; estas trieres -o trirremes- podrían llegar a contar con una eslora de hasta cincuenta metros, con una manga de en torno a unos siete metros (en ambos casos, en línea de máxima).
 
Por su parte, algunos investigadores, como el historiador norteamericano Chester G. Starr, plantean una mayor envergadura de las naves de guerra romanas de mayor uso; así, este especialista en navegación en época romana, por su parte afirma (en su libro, ya clásico, The Roman Imperial Navy, publicado en Connecticut, en 1975 -pg. 52-ss.) que la nave estándar de las flotas de combate de las épocas helenística y romano-republicana habría sido la pentecóntera (pentarreme o quinquerreme), provista de cinco hileras de remeros (frente a la trirreme, menor que la anterior y provista, como sabemos, de tres hiladas de remos y remeros).
 
En ambos casos (tanto en lo relativo a las trieres como en lo tocante a las más pesadas pentarremes) nos hallamos ante unidades militares de gran porte cuyo uso y utilidad práctica (en combate) en aguas interiores habría de ser cuando menos sensiblemente escaso (al menos en el contexto de un enfrentamiento, de una batalla al uso), pero de las potencialidades de cuya construcción en el ámbito de las referidas aguas interiores contamos con testimonios como el proporcionado por los párrafos cesarianos.
 
En este sentido, el referido Chester Starr señala que las naves fluviales retratadas en la famosa Columna Trajana (monumento conservado en la ciudad de Roma y erigido en conmemoración de las victorias de las campañas del emperador Trajano en la antigua Dacia -la actual Rumanía-, que llevarían a la conquista de dicho territorio y su inclusión en el Imperio a principios del siglo II d.C.) responden al tipo de las liburnae, lo que testimoniaría el uso de dicho modelo de buque de guerra en aguas interiores, al menos en un río de gran caudal como es el caso del Danubio, la gran arteria fluvial centroeuropea protagonista de las navegaciones reflejadas en la Columna Trajana en el contexto de las campañas dácicas de nuestro paisano bético Trajano (natural como es sabido de la ciudad de Itálica, hoy Santiponce, junto a Sevilla).
 
Como podremos recordar, este tipo de nave guerrera, apta para navegar en alta mar y protagonista de la victoria de Augusto en la batalla de Actium sobre las naves de Marco Antonio, estaba dotada de dos hileras de remos. Así pues, en las campañas dacias el ejército de Trajano habría empleado estas embarcaciones más ligeras (pero perfectamente capaces de navegar y combatir en alta mar) para el desarrollo de las operaciones bélicas por el curso del río Danubio.
Las fuentes acudirán a ilustrarnos sobre las operaciones militares en cauces interiores hispano-lusos. Un episodio del duro enfrentamiento sostenido entre cesarianos y pompeyanos en Hispania (siglo I a.C.) se desarrollará en el Baetis: sin que conozcamos el porte de las unidades envueltas en la acción, el Bellum Hispaniense (XXXVI) relata un episodio bélico en el cual varias naves resultaron quemadas en puerto sin llegar a entablar combate.
 
De este modo, quizá en las pentarremes, las trieres, o las más ligeras liburnas podríamos encontrar las naves de guerra que por orden de Julio César fueran construidas en el marco del Guadalquivir, como en Hispalis. En cualquier caso, debió tratarse de buques capaces de surcar las aguas del Atlántico, y del severo Mar del Norte, ya que como recordaremos, César da orden de que se construyan barcos para sus campañas contra los britanos y los germanos, lo que indica a todas luces que pudo bien tratarse de naves de gran porte capaces de navegar mares como los señalados, duros y procelosos. 
 
Otro testimonio de la presencia de barcos mayores (posiblemente incluso militares) en ríos peninsulares es el que presentan las naves halladas en el seno de un antiguo brazo del Guadalquivir; se trata de restos de diversas embarcaciones (al menos tres) aparecidas en el subsuelo de la Plaza Nueva de Sevilla; uno de los pecios -de acuerdo con L.J. Guerrero, que los publica- sería el de un drómon bizantino (lo que nos sitúa en el siglo VI de nuestra Era).
 
En otro de los referidos casos se habría tratado de una unidad de cierta envergadura, con quilla, proa diferenciada y cuadernas (no sería una barca de fondo plano ni una monóxila), si bien de menores dimensiones y porte que las del drómon oriental.
Con el drómon bizantino (cuyo ancla fue protagonista de uno de los descubrimientos) nos hallamos ante una unidad militar de gran porte que habría participado en las operaciones bélicas llevadas a cabo en Sevilla por el Imperio Romano Oriental (Bizancio), bien en sus luchas con los visigodos por el control de los territorios meridionales hispanos, bien en el marco de la intervención bizantina en las luchas internas de la monarquía visigoda (la guerra entre Leovigildo y Hermenegildo) entre los años 580-583 de la Era.
 
La navegación de dromones por el antiguo Guadalquivir nos sitúa ante la evidencia del empleo de grandes embarcaciones guerreras de la Antigüedad sobre las aguas del gran río meridional hispano; estos grandes buques, dotados de castillos de proa y popa, provistos de mástiles y velamen, a la par que de varias hileras de remos, eran verdaderas “fortalezas flotantes”, capaces de autoimpulsarse aguas arriba, venciendo la corriente del Baetis hasta alcanzar Sevilla.
 
Con su presencia en pleno centro de Sevilla (en una zona directamente emplazada bajo la influencia del río -realmente en ámbito ribereño antiguo, sobre un brazo navegable del río), este barco, este drómon, (junto a los otros navíos menores que le acompañaron en el mismo hallazgo y yacimiento) adscrito al siglo VI d.C. enlaza con la noticia de la construcción de embarcaciones guerreras para César en la misma ciudad más de medio milenio antes, y presenta el testimonio de la continuidad de la relación entre los buques de guerra, su construcción en el ámbito del río y su navegación por las aguas del mismo en la Antigüedad al menos desde el siglo I a.C. hasta el siglo VI d.C. (y ello sin perjuicio de la continuidad de dicha navegación en época contemporánea: sabemos que en tiempos recientes se han realizado incluso paradas navales en el marco de las aguas del río). 
 
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