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01 de Junio de 2014
Embarcaciones romanas por el Baetis VII
Manuel Jesús Parodí Álvarez.-Como viéramos en los párrafos del precedente artículo, en el caso del antiguo Guadalquivir, los buques mercantes marítimos romanos (a los que genéricamente se conoce como naves onerariae, como las corbitae) podrían surcar las aguas del río hasta Sevilla (la antigua Hispalis), mientras otras embarcaciones mercantes igualmente englobadas dentro de la categoría de las onerariae, pero de menor porte, como las caudicariae (o codicariae) serían capaces de navegar aguas arriba de la capital hispalense, hasta Alcalá del Río, donde se encontraría el límite de la influencia marina y donde las características del curso cambiaban haciendo imposible la navegación de estas embarcaciones mayores.
De este modo, podemos ver cómo las aguas del antiguo Baetis habrían estado adornadas con una multitud de cargueros y mercantes marinos (esto es, de naves onerariae caso de las corbitae que, como venimos insistiendo, navegarían hasta la Sevilla romana) así como de grandes buques mercantes fluviales como las naves caudicariae, que remontarían el cauce hasta Ilipa Magna (la actual localidad sevillana de Alcalá del Río).

Hacíamos referencia igualmente a las labores de sirga, esto es, al halado de los barcos en su transitar en dirección opuesta a la corriente del río (hacia el interior de las tierras); esta tarea del sirgado de los buques efectuada desde los caminos de ribera (o “caminos de sirga”) habría resultado imprescindible en buena medida y en una alta proporción de los casos para conseguir que los pesados barcos de carga remontasen el río (en todo o en parte) hasta su destino hispalense o incluso (en el caso de las codicariae) más allá de la Sevilla romana.
 
Esta actividad de la sirga, íntimamente ligada a la propia realidad del río y de la navegación fluvial antigua (y no sólo en el ámbito del Guadalquivir) habría generado transformaciones en el paisaje del río: habría producido su propia huella, su propia marca e impacto material en el contexto del Baetis (como de otros ríos de la Romanidad).
 
La sirga habría de generar, además, una huella más que notable en forma de caminería: los caminos de ribera o de sirga, destinados a servir como canal (y riel) para esta actividad serían parte de dicha huella; no podemos tampoco pasar por alto la necesidad de contar con instalaciones (por sencillas que éstas pudieran ser) relacionadas con dicha actividad: desde instalaciones de servicio propias de la misma hasta almacenes para las maromas o sogas (y demás elementos relacionados con este ámbito, como la pez, la brea, el cáñamo, la estopa…) utilizadas en las labores de halado de los barcos.
 
En este sentido, apuntaremos que no es de descartar que las embarcaciones pudiesen contar con sus propias maromas para tales fines, pero tampoco es descartable que los propios equipos de sirga (fuese cual fuese la organización de los mismos, el estatus jurídico de sus integrantes en tiempos romanos -ya se tratase de hombres libres o esclavos-, la estabilidad de sus miembros, la volatilidad de los equipos de sirgadores, la compatibilidad de la actividad de los integrantes de éstos con la estiba de las naves y con el desenvolvimiento de las mismas en ámbito portuario…) contasen con material propio para el halado de los grandes buques mercantes romanos que habrían surcado los lomos acuáticos del Padre Baetis.
 
Abundando en esta materia, es de señalar que la fuerza de trabajo humana, dado lo relativamente poco práctico y efectivo (de acuerdo con la concepción historiográfica tradicional de la cuestión) de los sistemas de tiro animal en la Antigüedad, venía a resultar tan efectiva y útil, o más, que la tracción animal en el desarrollo de tareas de esta índole y naturaleza.
 
Quizá por ello las referencias (textuales y visuales) a sirga animal con las que contamos son relativamente escasas, vinculándose a casos puntuales como el de un canal paralelo a la Via Appia en Italia, donde las embarcaciones eran sirgadas mediante el empleo de mulas por la orilla. Es de suponer que podrían haber sido usados asimismo bueyes para estos fines, pero serían esencialmente la mano de obra y el esfuerzo muscular humanos (mucho más baratos que los bueyes) los que llevasen a cabo las labores de la sirga con mayor efectividad y frecuencia.
 
Volviendo a la cuestión de los tipos de embarcaciones mercantes, de los cargueros romanos que conformaban el paisaje cotidiano de las aguas y riberas del antiguo Baetis, podemos señalar que un tercer tipo de nave de notable volumen y capacidad capaz de surcar las aguas de nuestra desembocadura y del tramo marino del Baetis sería el así llamado ponto (del que se desprende el moderno término “pontón” de la lengua castellana).
 
Se trataría de otro barco capaz de afrontar tanto la peligrosa navegación marítima, de acuerdo con lo que nos señala en su obra Satiricón (cap. CXV) el autor clásico Petronio -quien escribe en la segunda mitad del siglo I d.C., en época del emperador Nerón- como la más tranquila singladura de las aguas de los medios interiores, caso de los ríos y los lagos del extensísimo territorio del Imperio romano (dentro y fuera de Europa).
 
En unos casos el ponto es representado como una nave velera, dotada de mástil y de aparejos y desprovista de remos, servida por una embarcación auxiliar; en otros casos el ponto es descrito como un barco destinado principalmente a la navegación fluvial, sin velamen ni arboladura y pertrechado con remos que lo convertirían en autosuficiente para desplazarse por los cursos interiores, es decir, sin el concurso imprescindible de la sirga, por tanto, lo que podría representar un abaratamiento de los costes en el uso de estas embarcaciones en ámbito fluvial, algo que habría de reflejarse (sería de esperar) en el correspondiente -y sensible- abaratamiento del transporte de las mercancías en ellos transportadas.
 
En relación con el ponto y sus características es oportuno señalar que San Isidoro de Sevilla y Julio César hacen mención de este tipo de nave.  San Isidoro (I. 24) escribe a caballo entre los siglos VI y VII d.C. Por su parte, César (quien escribe en el siglo I a.C.) ofrece una descripción del ponto en su obra De Bello Civile (III. 29 y 40); es de recordar que entre Julio César y San Isidoro, ambos tan vinculados con Hispalis y con la Baetica, median cinco siglos: los mismos cinco siglos que como mínimo, y a tenor de los testimonios de ambos autores antiguos (el romano César y el hispano-romano-visigodo Isidoro), habrían de constar en el inventario de los tiempos de la existencia del referido ponto.
 
Sin entrar en cuestiones de mayor detalle, cabe sostener que elponto sería un buque de gran desplazamiento, destinado a un tráfico comercial de notable volumen y perteneciente a las tradiciones marineras atlánticas de las costas septentrionales galas (esto es, del Mar del Norte).
El ponto habría de formar con lacorbita y la codicaria una categoría propia (de la cual sería quizá el elemento menor), por sus características marineras, su naturaleza y su volumen. Son naves de naturaleza  dual, ya que se a su alcance estaba tanto el comercio marítimo como la navegación interior, si bien en todos los casos debían atender a las limitaciones que sus dimensiones, peso y capacidades de maniobra habían de imponerles.
Y todas estas naves mayores habrían surcado las aguas del curso bajo del antiguo río Baetis, formando parte del paisaje de nuestros paisanos de hace dos milenios.

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