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18 de Mayo de 2014
Embarcaciones romanas por el Baetis V
Manuel Jesús Parodi.-Cerrábamos el artículo precedente haciendo mención de las representaciones de naves que encontramos en el arte musivario (del mosaico) romano, así como de las inscripciones epigráficas relativas a este mismo tema.
Esta suerte de “Catálogos de las Naves” -decíamos- que nos ofrecen los epígrafes y mosaicos de la Antigüedad romana, en los que se presenta un corolario de barcas, botes y pequeñas embarcaciones de época romana.
Testimonios como éstos, así como la información que nos ofrecen las representaciones figurativas de los mosaicos romanos, conforman la base testimonial con la que contamos para conocer mejor los medios de transporte fluviales, sutiles, de época romana.
Encontraremos asimismo en estas fuentes de información las referencias visuales a través de que las que podremos acercarnos a los diversos tipos, modelos y clases de embarcaciones menores, de barcas ligeras, que poblaron las aguas del viejo Guadalquivir en tiempos romanos, hace unos dos mil años.
En relación con este tema, contamos con notables testimonios epigráficos además de los musivarios, como es el caso del mosaico de Althiburus (en Túnez, del que ya hiciéramos mención con anterioridad), datado en el siglo III d.C.

Estos ejemplos, tanto los epigráficos como los musivos, son fruto, en unos casos, de los gusto estéticos del momento, del agradecimiento de algún colectivo social o profesional hacia determinados personajes de la administración pública responsable de velar por la navegación en ámbitos fluviales (como es el caso de las inscripciones romanas emplazadas en la base de la Giralda, en Sevilla, dedicadas por los barqueros del río Baetis -los scapharii y los lintrarii, esto es, los barqueros que hacían uso de las scaphae o los lyntres, dos tipos de embarcaciones menores destinadas al transporte fluvial- a sus patronos), en otros casos, o de la funcionalidad práctica inmediata de las inscripciones en otros aún, como es el caso de  los mosaicos del Foro de las Corporaciones de Ostia, que muestran la actividad de distintos colectivos, y que podemos considerar un equivalente de los rótulos luminosos de la entrada de un establecimiento comercial actual.
 
Estos testimonios, así como la información que brindan las representaciones de los mosaicos, vienen a representar una notable base documental a nuestra disposición para acercarnos al conocimiento de los medios de transporte fluviales.
Centrando nuestro discurso en la navegación fluvial por el río Guadalquivir en época romana, es posible señalar que entre las embarcaciones de envergadura que surcarían las aguas del curso bajo del Baetis, y que poblarían el paisaje cotidiano de estas tierras hace dos milenios podemos mencionar a las corbitae, las típicas naves redondas (rotundae) de tradición mediterránea, pertenecientes al grupo de las onerariae (o naves de carga).
 
Estas naves, las corbitae, eran capaces de surcar los mares y resultaban impulsadas fundamentalmente -como sucedería con el resto de las de su género, los grandes mercantes- por el viento; podrían remontar los grandes ríos (como el Guadalquivir) hasta donde les fuera posible en función de las características de los propios cursos fluviales así como del calado de las mismas naves.
 
En el caso del Baetis, el geógrafo grecorromano Estrabón (en su Geografía, III.2.3), quien escribe en época del emperador Augusto (siglos I a.C.- I d.C.) señala que este gran río meridional hispano era navegable para grandes embarcaciones a lo largo de una distancia de 500 estadios desde su desembocadura (que no habría que buscar en las orillas de Sanlúcar, sino más arriba, dada la existencia del lago Ligustino…) hasta la ciudad de Hispalis (Sevilla).
 
 En el puerto (o los puertos) de Hispalis se combinarían la naturaleza interior del mismo con su condición de puerto de mar (como aún sucede, merced a las cortas, esclusas y compuertas del río) gracias a la acción de las mareas, que se hacía sentir hasta Ilipa Magna (la moderna localidad sevillana de Alcalá del Río), unos 15 Km. río arriba de Sevilla (de acuerdo con Estrabón).
 
Las referidas corbitae podían alcanzar una eslora que oscilaría entre 16 y 40 metros, con un desplazamiento que podría variar entre 70 y 400 toneladas; de este modo, las naves mayores de esta categoría podrían cargar entre 3500 y 4000 ánforas olearias, o su equivalente en otros productos. Para sus evoluciones y maniobras por un ámbito fluvial -especialmente al navegar contra corriente- estos barcos se verían constreñidos a ser remolcados por otras embarcaciones menores, o a su sirga (el halado desde caminos en las riberas) desde la orilla al serles -en dichos momentos y circunstancias- de muy escasa utilidad la vela en tal medio y no contar con otros medios de tracción propios y suficientes para la independencia de sus movimientos remontando una corriente adversa.
 
Otro modelo de embarcación con envergadura menor a la corbita y con un carácter quizá más acorde con el medio fluvial es la codicaria (o caudicaria). Dedicada también a la navegación comercial y al transporte de mercancías (y pasajeros), la codicaria contaría con un calado medio de tres piés (algo menos de un metro), y con un desplazamiento de hasta 20 toneladas, si bien algunos estudiosos señalan que las caudicariae del río Tíber (en Italia) llegarían a alcanzar hasta las 60-70 toneladas, y sitúan la capacidad media de carga de las naves fluviales (de las mayores) en torno a las 50 toneladas (más de lo que considera la mayoría).
 
Haremos una digresión, al calor del discurso sobre las caudicariae para señalar que el transporte diferenciado de personas y mercancías es una realidad relativamente reciente; el transporte con exclusividad de personas por medio acuático (marítimo o interior) es un fenómeno que sólo recientemente y en la forma de cruceros turísticos (con una navegación esencialmente de cabotaje) se ha convertido en una actividad comercial considerable y estable (si bien tampoco pueden excluirse los viajes de placer del contexto del Mundo Antiguo).
 
Las naves dedicadas al pasaje destinaban una parte notable de su volumen al transporte de mercancías; algunos investigadores destacan la existencia del fenómeno de la navegación turística en el Mediterráneo en época romana, si bien igualmente señalan las incomodidades a las que se verían sujetos los viajeros (correr con su manutención, limpiar por sí mismos sus camarotes -mejor llamarlos “habitáculos”- compartidos, no disponer de actividades de “esparcimiento”...), algo secundario frente a las condiciones de la navegación: excepto en viajes regulares (como en la “línea comercial” Roma-Alejandría), los pasajeros no podrían conocer salvo muy de forma muy aproximada la duración de su viaje.
Contamos con constancia literaria de la existencia y funcionalidad de estas naves, por ejemplo, en el testimonio del filósofo Séneca (De Brevitate Vitae, 13.4), quien indica (para un contexto del siglo I d.C.) cómo las codicariae podían remontar un curso fluvial como el del Tíber, en Italia.
En el próximo artículo de esta serie veremos cómo las naves del tipo de las caudicariae (o codicariae), grandes mercantes (menores que las corbitae, pero igualmente potentes) formaban parte del paisaje cotidiano del río Baetis en la misma época en la que el cordobés Séneca nos informa de su presencia en el italiano río Tíber: las aguas del Guadalquivir antiguo debieron conocer la presencia de estas embarcaciones, que transportarían mercancías y viajeros entre la ciudad de Hispalis y la desembocadura.

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