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27 de Abril de 2014
Embarcaciones romanas por el Baetis (II)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Mencionábamos en nuestro anterior artículo las palabras del poeta Horacio, quien daba comienzo a sus Épodos con un canto de alabanza Octavio, vencedor de la batalla naval de Actium, que en el 31 a.C. enfrentó en las costas occidentales del Peloponeso a las naves de Octavio, comandadas por Agripa, y a la flota egipcia de Cleopatra y Marco Antonio, quienes fueron derrotados en dicha ocasión, quedando así marcado su funesto destino, inmortalizado por los poetas antiguos y por los modernos, desde el inglés Shakespeare hasta el greco-alejandrino Kavafis.
En dicho texto horaciano se hace referencia a un modelo de nave, la “liburna”, de uso marino, de naturaleza ligera y veloz, un tipo que demostraría su eficacia en combates navales (como el mencionado de Actium), y que brillaría especialmente en aguas costeras por su escaso calado, una característica que la hacía casi inalcanzable para los buques pesados mencionados igualmente en el citado texto de Horacio (Épodos, I.1. y I.2).

Estas embarcaciones de guerra, grandes y pesadas, disponían de escasas capacidades maniobreras pero es de entender que resultarían sobremanera temibles en el caso de llegarse al enfrentamiento directo con las mismas, al abordaje, una maniobra que las veloces liburnas de seguro eludirían en la medida de lo posible, prefiriendo hostigar a las naves más pesadas con sus mejores capacidades de velocidad y movimientos, hasta privarlas de toda capacidad operativa por el procedimiento de destruir sus remos y así inmovilizarlas para, reducidas éstas a la condición de poco más que pontones ingobernables, destruirlas por el fuego, o por el procedimiento que más factible les resultase (tratando además las liburnas en estas ocasiones de no verse embestidas por los fieros espolones de las grandes naves de guerra, lo cual las habría llevado a una segura destrucción y a su consiguiente zozobra).
Estas embarcaciones guerreras, las liburnas y las naves “de elevado baluarte” que cantara Horacio hace dos milenios, se contarían entre los tipos de barcos que posiblemente conformaron el paisaje de nuestro río en torno al cambio de las Eras, entre los siglos I a.C. y I d.C.  
En estos barcos de alto bordo, potentes naves de guerra del Mediterráneo del cambio de las Eras, a las que hemos mencionado en los párrafos precedentes debemos ver a las naves longae (o “naves largas”), a las constratae (dotadas de varias cubiertas), a las actuariae (que eran más ligeras que las anteriores), unas embarcaciones que podían contar con tres, cuatro o hasta cinco hileras de remos (lo que las haría ganar en eslora, volumen, peso y puntal, como es de entender).
 
Es de señalar que en la denominación de los tipos de naves influiría el número de remos que las impulsara, de manera que dicha denominación variaría en función del número de las hileras de remeros de que dispusiera cada tipo de barco, de acuerdo con el uso griego; de este modo puede hablarse de trirremes (que contaban con tres hiladas de remos), tetrarremes (cuatro hileras de remos) y pentarremes (o quinquerremes, si se usa el término latino en lugar del griego, las “soberanas de los mares”, entre los barcos de guerra, galeras que disponían de cinco hiladas de remeros), las cuales conformarían, en épocas tardorrepublicana y altoimperial (esto es, entre los siglos I a.C. y II d.C.) el núcleo y cuerpo principal de las flotas de guerra romanas
 
Entre estas flotas, habría de contarse aquella con base y estación en Miseno (Sur de Italia) comandada por Plinio el Viejo que trató de rescatar a las víctimas de la erupción del Vesubio en la Bahía de Nápoles el año 79 d.C., en la que puede considerarse como una de las primeras “misiones humanitarias” conocidas de la Historia de la Humanidad (y que acabó costando la vida al comandante de dicha armada romana, el tratadista y escritor Plinio, fallecido en el curso de dicha acción como consecuencia de los efectos de la famosa y referida erupción).
 
Las liburnae, en particular, contaban con tan sólo dos hileras de remos, y su empleo debió generalizarse tras la citada batalla de Actium (que tuvo lugar, como dijéramos antes, el año 31 a.C.), en la cual (como señalábamos) las ligeras embarcaciones comandadas por Marco Vipsanio Agripa para Augusto habrían vencido la partida (y la batalla) a los más pesados y lentos navíos romano-egipcios de Marco Antonio y la reina Cleopatra, unos grandes y pesados barcos los cuales, al margen del dramatismo del relato de Plutarco sobre el transcurso de la batalla (que constituye la principal fuente clásica sobre el evento, base de las reconstrucciones poéticas posteriores que citábamos en los párrafos anteriores), habrían sido víctimas de sus menores dotes y capacidad de maniobra, fruto de su mayor tamaño y lentitud, lo que habría de resultarles fatal ante las capacidades de las liburnas, de una parte, y del almirante Agripa, como táctico, de otra.
No queremos dejar de mencionar que para abundar en los detalles de la batalla naval de Actium y conocer mejor la lucha desarrollada en dicha ocasión entre las ligeras y veloces liburnas de Marco Agripa y las lentas naves de Antonio y su almirante Publícola, puede consultarse el relato de Plutarco en su obra Vidas Paralelas (cap. LXII-ss.).
 
Dejando atrás las aguas del Mediterráneo Oriental y entrando a surcar nuestras olas, no es descabellado, habida cuenta del papel estratégico del viejo río Guadalquivir, del no menos relevante perfil de las inmediaciones del Estrecho de Gibraltar (el antiguo Fretum Gaditanum de los romanos), y de las conexiones de las navegaciones atlánticas y mediterráneas precisamente a través del Estrecho, que tendrían en la Bahía de Cádiz y el ámbito del viejo Baetis unos puntos de escala tan naturales como estratégicos (tanto desde un punto de vista técnico como económico), pensar que en el paisaje habitual de las aguas del río en su curso bajo (entre Hispalis -la actual Sevilla- y las tierras adyacentes al Luciferi Fanum -esto es, el entorno de nuestra Sanlúcar de Barrameda en la Antigüedad romana) no debían resultar del todo extrañas las siluetas de estos navíos de guerra en el marco cronológico del tránsito de las Eras, como no lo fueron quinientos años más tarde los dromones (barcos de guerra) bizantinos que, ya en los siglos V-VI de nuestra Era navegaron las aguas del Guadalquivir hasta quedar para siempre varados en las que un día fueron las orillas del río, siendo hallados hace unas décadas bajo el subsuelo de la actual Plaza Nueva de Sevilla, en pleno casco histórico y centro urbano de la capital hispalense, prueba y testimonio (entre otros) del papel que las navegaciones de barcos de guerra habían desempeñado históricamente en el contexto del Guadalquivir antiguo.
 
Junto a las naves susceptibles de contar con un uso bélico y de aquellas específicamente diseñadas y dispuestas para la guerra, cuya movilidad dependía no sólo del velamen (del que en efecto disponían), sino (y muy especialmente llegado el momento del combate, cuando la movilidad era esencial, máxime cuando se trataba además de emplear los espolones de los buques como armas ofensivas capaces no sólo de destruir los remos de las naves contrarias -y con ello inmovilizarlas condenándolas a una casi segura destrucción, sino de perforar los cascos de los barcos enemigos, provocando vías de agua peligrosísimas aun cuando se encontrasen en la obra muerta, por encima de la línea de flotación, ya que, en plena batalla dichos boquetes serían poco menos que imposibles de cerrar, y cargarían irremisiblemente de agua a la embarcación que se viera dañada por un espolón contrario, lo que igualmente podría conducir a un más que seguro naufragio del barco en cuestión) del elemento humano aferrado a sus remos, hemos de mencionar a las naves de transporte, los barcos mercantes.
 
Los buques mercantes habrían de ser los reyes, junto con las embarcaciones menores, de nuestro paisaje, y a ellos dedicaremos los siguientes párrafos de la serie.
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