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13 de Abril de 2014
Reflexiones sobre el río en la Antigüedad (III)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-En el río Guadalquivir se hace evidente -como en ningún otro cauce peninsular- la conjunción de dos factores fundamentales para el empleo de un curso fluvial como medio sustentador del transporte y las comunicaciones, a saber: la potencialidad física y el interés económico.
El aprovechamiento activo de los ríos como vías navegables (especialmente en la Antigüedad) no está ligado exclusivamente a la capacidad objetiva de los cursos como soporte material de la navegación, sino que tiene que ver esencialmente con el peso económico de las tierras sujetas a la influencia del río, y con la presencia en sus riberas de comunidades humanas con un grado de desarrollo económico y social que les permita trascender del uso meramente extractivo de las aguas del río (de emplear así el curso acuático como un medio primario de extracción de agua para usos como el consumo y el abastecimiento directo de personas, campos y animales), sino como medio de comunicación y de transporte (a la vez fácil de emplear, cómodo, relativamente rápido -más rápido que el medio terrestre- y barato) de personas, bestias y enseres (si bien es cierto que todo ello guarda una directa relación con -y corre en función de- cada curso y sus circunstancias).

Así, es sabido que las condiciones naturales -de partida- del río Guadalquivir no resultarían las ideales para una navegación prolongada por su curso, como  muestran por ejemplo las fuentes clásicas: así, el grecorromano Estrabón (que escribe a caballo entre las Eras), en su Geografía (III.2.3) señala que es necesario llevar a cabo diversos transbordos en el río en función de la pérdida de capacidad de transporte del mismo (según se remonta su curso), algo que encuentra su paralelo pétreo en la epigrafía hispalense, en las inscripciones votivas dedicadas a los responsables del mantenimiento del curso del río en óptimas condiciones para la navegación y comercio, algunas de las cuales se conservan en la base de la Giralda, donde fueron reutilizadas en época musulmana como simple material de construcción debido a la extraordinaria calidad de su soporte lítico.
 
Por otra parte, y en esta misma línea argumental, el romano Plinio (aristócrata, naturalista y almirante, que falleció a resultas de la erupción del Vesubio del 79 d.C., cuando al frente de sus tropas de la flota del Miseno llevaba a cabo lo que hoy podría considerarse como “labores humanitarias” en el rescate de los afectados por dicha destructiva erupción volcánica, algo que habría de costarle la vida finalmente en pleno curso de la acción), quien escribe en época de los dos primeros emperadores Flavios, Vespasiano y Tito, en la segunda mitad del siglo I d.C. (décadas más adelante en el tiempo que Estrabón, por tanto), en su HistoriaNatural (III.16) menciona expresamente la natural sinuosidad así como la “movilidad” de los ríos de Hispania (y nos habla en este sentido de sus riberas “móviles”, cambiantes) y los problemas (entre ellos los de naturaleza económica) que ello llegaba a producir en lo relativo a un asunto tan delicado como el de las lindes de las tierras.
Al propio tiempo, el mismo Plinio hace la primera mención de las “flechas” de arena del actual Parque de Doñana, lo que él llama el Mons Hareni (Historia Natural, III.7), unas “flechas” y unas arenas que finalmente acabarían por colmatar el espacio del Sinvs Tartessii del que hablara en su día Rufo Festo Avieno, autor ya perteneciente al siglo IV d.C. (en su obra Ora Maritima, versos 265 a 306), ese mismo lago Ligustino de las fuentes antiguas.
 
Roma, en su expansión por Europa, habría de encontrarse relativamente pronto con el Baetis (así, ya a finales del siglo III a.C. Roma suscribiría su famoso foedus con la ciudad fenicia de Gadir (luego Gades, Qalis, y hoy finalmente, Cádiz), en el curso de la II Guerra Púnica, conflicto bélico abierto entre la incipiente potencia latina y la declinante Cartago que habría de abrir las puertas de Hispania, y con ello del ámbito y valle del Baetis, a los romanos), y organizaría (más adelante) el territorio del Sur peninsular en torno al mencionado gran río, dando carta de naturaleza administrativa a lo que era, desde siempre, una realidad naturalmente vivida por los habitantes de la región.
 
De este modo, Augusto, ya emperador, crearía la Provincia Baetica antes incluso del comienzo de nuestra Era, dando de este modo forma a una entidad administrativa (una provincia del Imperio, de rango senatorial) en la que subyace el embrión de la actual Andalucía, teniendo en el río, en el Pater Baetis, el auténtico eje articulador y definidor del territorio y de la nueva provincia romana y, de este modo, el verdedero alma mater de la nueva estructura administrativa imperial en este Occidente peninsular ibérico.
 
El Baetis y el Imperio Romano habrían de mantener una relación muy similar a la que andando el tiempo (los siglos) el mismo Guadalquivir mantendría con el Imperio Español transatlántico: el río serviría como eje de comunicaciones y como eje sustentador y vertebrador del tráfago comercial de las tierras béticas, en época romana, y andaluzas, en época moderna, unas tierras cuyas producciones (aceite, vino, grano esencialmente) habrían de ser comunes en épocas romana y española (salvedad hecha del garum, tan popular en tiempos romanos y cuyos herederos, las conservas de pescado, no alcanzarían en época moderna el peso comercial que el garum llegase a tener en la Antigüedad).
 
La riqueza y la prosperidad históricas de la Bética romana y de la Andalucía moderna han estado históricamente ligadas en buena medida al gran río andaluz, de lo que da fe y sirve como ejemplo la espléndida monumentalidad del Barroco civil y religioso en nuestras tierras (algo de lo que tan relevantes y notorios ejemplos tiene Sanlúcar de Barrameda); igualmente habla de ello la riqueza de la arqueología romana en Andalucía, en ámbito bético (y muy especialmente en el marco de las actuales provincias de Cádiz, Sevilla y Córdoba, por lo que interesa y atañe al ámbito de nuestro interés en estos párrafos).
 
De este modo, podremos afirmar sin mayores dudas que el Baetis fue al Imperio Romano lo que -en otros momentos históricos- el Wad al Kebir sería al Califato de Córdoba y lo que el Guadalquivir sería al Imperio Español: el gran eje de comunicación del Sur peninsular y la gran vía de penetración y salida de un comercio que trascendía de los ámbitos de la propia Península y que se proyectaba hacia (y se alimentaba desde) espacios ultramarinos, bien fueran fundamentalmente mediterráneos y europeos (en época romana), europeos, africanos y orientales (en época andalusí) y mucho más amplios (europeos y americanos, sí, pero también americanos y asiáticos) ya en épocas tardomedieval y moderna.
 
La realidad es que la realidad y la evolución del poblamiento antiguo del entorno de la desembocadura del Guadalquivir tiene todo que ver con la propia naturaleza y condiciones del propio río; la sinuosidad de las riberas, el desplazamiento de las mismas a lo largo del tiempo, su movilidad y evolución, son circunstancias que van marcando los ritmos de la vida de las sociedades humanas en los márgenes del río: su proximidad o alejamiento respecto a las orillas, la evolución de los asentamientos, reflejados en la imagen especular que de los mismos nos proporcionan los yacimientos arqueológicos (que son lo que queda, literalmente, de los establecimientos y asentamientos humanos que fueron…).
 
La Arqueología, que tantos frutos debe aún presentar en nuestra ciudad y nuestro término municipal (y entre ellos, tantas sorpresas), refleja las evidencias de lo que fuera la relación, tan íntima y natural, entre los grupos humanos de la zona y el curso antiguo del padre Betis a lo largo de los siglos. Como hoy.

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