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30 de Marzo de 2014
Reflexiones sobre el río en la Antigüedad (I)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-El río Guadalquivir ha venido siendo históricamente, y es aún en nuestros días, una de las puertas de España y de Europa, una de las principales vías de comunicación hacia (y desde) Europa, África y América, un camino ventajosísimo hacia las tierras del lejano Levante mediterráneo, y la cabecera -remota si se quiere, pero no por ello menos cierta ni segura- a través de vías presurosas, difíciles siempre y arduas de seguir y mantener, de unas rutas que precisamente atravesando tierras norteafricanas y cabalgando las aguas de ese mar antiguo que damos en llamar Mediterráneo (el “Mar entre las Tierras”) siguiendo la romana costumbre, siguen su camino hasta el corazón del Lejano Oriente, de aquel Reino fabuloso, al mismo tiempo mítico y real, que se consideraba como el verdadero Centro del Mundo y que en función de dicha centralidad tal nombre se otorgaba (y se sigue otorgando) a sí mismo, China (nombre que viene a significar precisamente “el Centro”).
El río Guadalquivir, a lo largo de las épocas, de los siglos, de los tiempos, ha contado con un papel protagonista en la evolución de las sociedades humanas de su ámbito inmediato (pero no sólo de su ámbito inmediato), habiendo amparado y facilitado no sólo el asentamiento de sociedades humanas en sus riberas y valle, en sus fértiles tierras aledañas y su litoral, sino también -y significativamente- la navegación, que representa el mecanismo universal de comunicación (por excelencia, y allá donde resulta factible) entre conjuntos humanos distantes unos de otros desde las brumas de la Antigüedad hasta nuestros mismos días.

Embarcaciones de muy diferentes tipos y modelos (asunto al cual trataremos de aproximarnos en futuros párrafos que habrán de seguir a éstos) navegaron las aguas de nuestro río, las mismas que amadrinaron tantos y tan brillantes descubrimientos geográficos, lo que es decir científicos, en los lejanos tiempos en que una reina de Castila descubría el mar precisamente a lomos de este mismo río.
Sanlúcar de Barrameda, verdadero “cosmódromo”, junto con Sevilla y Cádiz, de la Erade los Descubrimientos (tema que ya hemos abordado con anterioridad su día, y feliz denominación que debemos a nuestro desaparecido amigo el profesor Franco Bazzanti, de Florencia, veterano marino que fue de estas aguas, de las que él y Lucía, su esposa, eran fieles navegantes), tiene en el curso del Guadalquivir su principal avenida, así como uno de sus principales elementos referenciales e identitarios.
 
El eje articulador de nuestra Baja Andalucía (y más desde que el emperador romano Augusto organizara la provincia Baetica en torno al río, reconociendo así y sancionando administrativamente una realidad no sólo geográfica, física, sino cultural y territorial), es el Guadalquivir, desde sus diferentes perspectivas, un río que puede, por sus mismas naturaleza y perfiles, ser abordado desde disciplinas muy dispares y con miradas harto distintas, pero que -en lo que nos ocupa en esta serie- tendrá centrado el interés en su relación con Sanlúcar de Barrameda y su territorio (aún antes de la misma existencia de “Sanlúcar” como tal) a lo largo de los siglos.
 
En lo relativo al río y la Antigüedad en nuestro territorio propio e inmediato, si bien no contamos con un estudio general y actualizado (al menos, no publicado) sobre los yacimientos arqueológicos existentes en el Término Municipal de Sanlúcar de Barrameda sí existen varios trabajos que se acercan con una visión de conjunto a la realidad del panorama arqueológico sanluqueño.
 
Es menester en este sentido traer a colación el estudio ya clásico de la arqueóloga sanluqueña María Luisa Lavado Florido sobre los yacimientos arqueológicos de la zona (trabajo que cuenta con varios lustros de antigüedad), así como los recientes trabajos llevados a cabo en este sentido por la Universidad de Sevilla (tras la frustrada Carta Arqueológica que intentamos promover entre 2002 y 2004 precisamente con la referida Universidad Hispalense y que, finalmente, no pudo llevarse a buen término, siendo malogrado el proyecto precisa -y malhadadamente- desde nuestra localidad).
 
Igualmente es de rigor señalar los trabajos que hoy día se desarrollan, fruto del esfuerzo de algunos investigadores de las Universidades de Cádiz y Sevilla como es el caso del joven arqueólogo chipionero Jesús Rodríguez Mellado (miembro de un grupo de investigación de la Hispalense), quien ha llevado a cabo la revisión (sobre el terreno) del término municipal sanluqueño en estos últimos años, habiendo presentado algunas primicias de sus trabajos de campo en el contexto de las recientes “I Jornadas de Arqueología del Bajo Guadalquivir”, celebradas en diciembre del pasado año 2013 en Sanlúcar (organizadas por la asociación de Amigos del Libro y las Bibliotecas “Luis de Eguílaz” y la Fundación Casa de Medina Sidonia, con la colaboración de diferentes instituciones, entidades y colectivos de la ciudad y la comarca), así como en uno de los números ya publicados de Gárgoris. Revista de Historia y Arqueología del Bajo Guadalquivir.
 
Uno de éstos trabajos, ya clásicos, a los que hacíamos referencia es fruto del esfuerzo del gran historiador y arqueólogo francés (de relevante trayectoria investigadora en España y Marruecos) Michel Ponsich. El profesor Ponsich, eminente arqueólogo e historiador de la Antigüedad, dedicó buena parte de su ingente (en cantidad y calidad) producción científica al estudio del mundo romano en la Península Ibérica, y más específicamente al sur peninsular, a las tierras que dan forma a la moderna Andalucía.
Uno de sus trabajos más conocidos y citados en relación con ello, y precisamente el que recoge los contenidos que más directamente nos interesan en este sentido es el titulado Implantation rurale antique sur le Bas-Guadalquivir, obra en varios tomos editada por la Casa de Velázquez en Madrid, en 1991, con el número 33 de su Collection general.
 
El objeto del estudio mencionado es abordar, en la medida de lo posible, la realidad del poblamiento rural de época romana en el marco geográfico del Bajo Guadalquivir, siguiendo los datos proporcionados por los yacimientos arqueológicos localizados en dicho ámbito; es de considerar que dicho estudio cuenta ya con más de dos décadas, y que los datos que contienen deben ser actualizados, lo cual no merma su calidad científica, pero reduce su alcance en el momento actual.
 
El trabajo del profesor Ponsich es, por su misma naturaleza, una obra inconclusa, ya que el avance de la investigación, con los nuevos yacimientos arrojados a la luz con el pasar de los años y la mejora en las técnicas de prospección y excavación, lleva aparejado el inevitable y paulatino envejecimiento de los datos así como la necesidad real y objetiva de su periódica puesta al día.
 
En cualquier caso, nos encontramos ante una obra de contenido y carácter monumental que pretende recoger el conjunto de los yacimientos de la Baja Andalucía, con especial atención a los situados en zonas de campiña. El tomo IV del trabajo está, además, singularmente consagrado a modernas poblaciones y términos municipales como, entre otros, los de Écija, Dos Hermanas, Los Palacios y Villafranca, Lebrija (en Sevilla) o Jerez de la Frontera y, entrando de lleno en nuestros intereses particulares y locales, Sanlúcar de Barrameda (ya en la provincia de Cádiz).
 
Por lo que atañe a nuestra localidad, cabe decir que Ponsich recoge un total de 36 yacimientos, algunos sobre la sola base de noticias orales. Se comienza abordando las características del espacio geográfico, presentando un plano general del término municipal con indicación de los lugares arqueológicos, así como unos breves párrafos en los que el propio autor señala las dificultades del trabajo.
Seguidamente se da comienzo a la pormenorización del inventario de los yacimientos, indicándose su número seriado, el nombre del yacimiento, sus coordenadas, la bibliografía existente acerca del mismo, y un texto, en algunos casos mínimo, en el que el autor detalla la naturaleza del sitio, su posible identificación histórica (caso de existir ésta), los hallazgos de material realizados en el lugar y las hipótesis de interpretación histórica.
 
El papel esencial del río Guadalquivir (el antiguo Baetis de los romanos) de cara a la organización del poblamiento en este entorno queda de manifiesto desde la Antigüedad (desde la Prehistoria, cabe decir). El curso, con sus accidentes y mutaciones, con sus meandros, lagunas, esteros y marisma, con el gran lago Ligustino de su boca en tiempos romanos, va señalando los límites para el asentamiento de las comunidades humanas, marcando los ritmos de la vida, la agricultura, la economía, en sus riberas y sus tierras aledañas.
Mucho queda por ver y escribir sobre este monumental asunto, y algo iremos desgranando en nuestros próximos párrafos.

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