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23 de Marzo de 2014
 Los ojos de nuestras barcas
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Las modernas embarcaciones de recreo, nuestras barquillas, botes, barcas y pateras, también tienen “papeles”, como sabe todo el mundo; desde el número de matrícula, registro, lista…, hasta los “papeles” que debe tener quien las maneja, en su caso… Como un vehículo terrestre, vaya.
Los números que muestran, como sus nombres y colores, sirven como identificadores de las mismas para los observadores: ayudan a identificarlas (y no sólo administrativamente), ayudan a construir su identidad, su imagen ante el mundo.
En el medio marino, las señas de identidad son muy necesarias, tanto para darse a conocer en la distancia como para esconderse tras símbolos imprecisos, cuando no enteramente falsos, caso necesario.
Sabemos que en la Antigüedad existieron navegantes míticos como los Cabiros, como los Ocho Hermanos de los relatos mitológicos, aquellos navegantes fenicios de la primera Lisboa que llegaron hasta las islas del Océano, navegando siempre hacia Poniente, o el mítico Jasón y sus no menos míticos compañeros de viaje, los Argonautas, que exploraron los confines orientales del Mar Negro, o los arqueros ibéricos reflejados en las imágenes pintadas de los Vasos de Lliria (en la Comunidad Valenciana), reflejo histórico ibérico de mitos como los mencionados.

Estos navegantes de la Antigüedad llevaban en sus embarcaciones determinados elementos identificativos que servían a marinos y naves (y es de señalar que en algunos casos las naves eran casi seres vivos, como sucedía con la “Argos” de Jasón, que tomaba vida y se comunicaba con Jasón transmitiéndole los mensajes de los dioses) para darse a conocer o para adoptar una identidad determinada ante unos u otros encuentros fortuitos.
Ya en tiempos históricos, y de acuerdo con relatos no ya míticos, sino igualmente históricos (aunque es de señalar que, especialmente en la Antigüedad, Historia y Mito no son necesariamente realidades contrapuestas), los barcos de los navegantes mediterráneos utilizaban los mascarones de proa como elementos distintivos e identitarios; así, por ejemplo, los fenicios gaditanos llevaban en las proas de sus barcos la cabeza de un caballo en madera. Unas cabezas de caballo que llevarían a que a los barcos gaditanos se les conociera como los “Caballitos gaditanos”, los así llamados “Híppoi gaditánoi”.
 
El caballo, animal sagrado para divinidades antiguas como Poseidón-Neptuno (en la mitología grecolatina) o la diosa celta Hipona, y que era uno de los símbolos identitarios de la ciudad de Cartago, es un animal cargado enormemente de fuerza y referencias para la Humanidad a lo largo del tiempo. No por casualidad Homero habla del “Caballo de Troya”, elemento en el que no debemos reconocer a una estructura de madera con forma de caballo (como suele pensarse), sino, precisamente, a un barco con una proa en forma de cabeza de caballo: he aquí lo que los griegos dejaron en las playas de Ilión cuando su falsa retirada (los barcos que no podían, teóricamente, llevarse), y tal “caballo”, tal barco, sería el mecanismo que los guerreros aqueos emplearon para entrar en la ciudad de Troya (embutidos en su panza) de la mano de los confiados troyanos, quienes entraron el “caballo” en la ciudad como trofeo de su supuesta (y fallida) victoria…
 
Los caballos de los barcos de la Gadir fenicia son equivalentes, dando un salto en el tiempo, a los dragones de los hombres del Norte, a los mascarones proeles en forma de cuello y cabeza de dragón de los barcos vikingos, tan afamados y tan cantados como temidos… Son símbolos de identidad para los hombres, y elementos de identificación con el medio natural: cumplen, por tanto, con una doble funcionalidad: sirven para ser identificados [por los hombres] tanto como para identificarse [con las fuerzas de la naturaleza].
Porque una de las claves del Mundo Antiguo es la resistencia del Hombre a trascender de la Naturaleza: la Ecología no es una actitud ideológica, sino el marco de referencia para las sociedades primitivas, especialmente antes de que comenzase a desarrollarse (de la mano de la sedentarización, la territorialización y la construcción de las sociedades estatales excedentarias -acumuladoras de riqueza) la separación progresiva (y dolorosa) entre el marco natural -entendido ya como el medio de desenvolvimiento de unas sociedades humanas destinadas a controlarlo- y el medio humano, fruto de la Naturaleza, de la voluntad de los dioses, y destinado a controlar el entorno natural trascendiendo del mismo (como señala, por ejemplo, el “Génesis”, 1.28).
 
Pero, si bien el género humano está progresivamente llamado (o condenado, según se mire), a separarse de la Naturaleza y dominarla (algo que encuentra una expresión y desarrollo diferentes en cada distinta tradición cultural, y que no es en absoluto “de matemático cumplimiento”, por así decirlo), el Hombre antiguo se resistirá a disociarse de las fuerzas de la naturaleza, que impregnan su horizonte mental y religioso (en realidad, son lo mismo), y tratará de “mimetizarse” o de congraciarse con las mismas para conseguir su protección o su complicidad.
Uno de los recursos más utilizados como mecanismo de defensa en el mundo natural pasa por hacerse pasar por aquello que uno no es, de modo tal que se consiga “convencer” a los posibles atacantes y predadores de que la apariencia (de fuerza y peligro) es real y no fingida.
 
Ya en el plano humano, en el marco cronológico y cultural del Mundo Antiguo, cuando el pensamiento mítico-religioso marcaba los límites de la acción de los individuos y las comunidades, lo real y lo mítico se hallaban mezclados formando conjuntamente los contornos de lo cotidiano. En este mundo de sensaciones y mitos, sujeto a explicaciones mágico-religiosas de la realidad, las presencias naturales no se limitaban a los seres que hoy consideramos "reales": la Naturaleza albergaba todo un imaginario que hoy consideramos "mitológico" pero que al hombre antiguo se le antojaba enteramente "real". La "realidad" se encontraba cargada de "potencia", de "fuerza" en función de la "categoría mágico-religiosa" que contuviese, y a los seres "mitológicos" se les reconocía más fuerza (por su proximidad a los dioses) que a la especie humana.
 
De este modo los hombres habían de dirigir cuando menos parte de sus esfuerzos a conjurar los peligros que esos seres "potencialmente" más poderosos (y en potencia más dañinos) podían causar. En un medio costero como es el nuestro, donde habitaron nuestros ancestros (como testimonian numerosos yacimientos prehistóricos, protohistóricos o más recientes, ya de época romana,), el mar debía ser no sólo una fuente esencial de recursos sino el origen y matriz de peligros constantes.
El arma empleada para espantar esos peligros que en forma de gigantescos peces y de dragones marinos podían atacar y destruir a los barcos de pesca -y no sólo a los de pesca- sería la magia simpática, con procedimientos como el de convertir a las barcas en un "símil" de esos peligros marinos; ello explica en parte el porqué (en otro marco geográfico) de las cabezas de dragones en las naves vikingas (los "drakkares")…
 
Y en ello encontramos las raíces remotas de un elemento tradicional que adornaba las proas de nuestras barquillas y pateras: los ojos pintados. Este sencillo recurso (común en todo el Mediterráneo y el Atlántico peninsular ibérico) servía para convertir a estas modestas embarcaciones en elementos naturales, en seres marinos, evitando así el mítico ataque de los monstruos del mar al convertirse, de manera mimética, en “monstruos” a su vez.
He aquí (estética aparte) la razón de ser de esos ojos, que lamentablemente parecen ir poco a poco desapareciendo de la cara -de la proa- de nuestras barcas, botes, pateras y barquillas, sin encontrar qué les sustituya como elementos decorativos, ni como elementos apotropaicos o protectores.
 
Ojalá no perdamos por completo la rica memoria de un pasado cada vez más lejano en el que los dragones se paseaban por nuestras aguas, las islas se sumergían bajo los pies de arrojados navegantes (como le sucediera en los mares del Norte a San Brendan -o San Borondón, que cuenta con calle propia en el Barrio Alto, precisamente en una de los accesos medievales a la ciudad), y sepamos conservar esos ojos de nuestros barcos, que tanto han visto a lo largo de los siglos, y que tan profundo mensaje debían transmitir a los elementos de la Naturaleza. 

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