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26 de Enero de 2014
Arqueología perdida  V            
Manuel Jesús Parodi.-La presente entrega de esta serie de artículos de “Apuntes de Historia” la hemos venido dedicando a la “Arqueología perdida de Sanlúcar de Barrameda”, nombre y título genérico que hemos empleado para este hilo de artículos que veníamos (y venimos) dedicando durante estas últimas semanas a un tema que nos ha llevado a abordar diferentes aspectos de un Patrimonio Arqueológico, el del actual territorio de Sanlúcar de Barrameda a lo largo de los siglos, que no encuentra un espacio propio en el espacio cultural y en el horizonte global de la ciudad, y ello por muy distintas razones que se resumen en unos pocos, muy pocos, elementos esenciales y que llevan -han venido llevando- a que la Arqueología sanluqueña continúe siendo, en líneas generales, una suerte de “espacio vacío”, lo que hace que que iniciativas como la emprendida recientemente por la asociación de Amigos del Libro y las Bibliotecas “Luis de Eguílaz” conjuntamente con la Fundación Casa de Medina Sidonia, esto es, las Jornadas de Arqueología del Bajo Guadalquivir”, celebradas el pasado mes de diciembre en nuestra ciudad, sean dignas de una mayor consideración, pues vienen a intentar difundir los valores de nuestro Patrimonio Histórico en general y Arqueológico en particular entre el grueso de la ciudadanía.

En este panorama de semiabandono desde la perspectiva local se encuentran tanto piezas arqueológicas procedentes de yacimientos sanluqueños y conservadas desde hace décadas en museos de otras ciudades, como estructuras arqueológicas que no han conseguido entrar a formar parte del Patrimonio Monumental de la ciudad (ya que no han sido puestas en valor a pesar de tratarse de yacimientos bien conocidos desde hace mucho tiempo, así como de ser sitios arqueológicos verdaderamente singulares) y que no sirven ni para cumplir una función pedagógica, ni para el disfrute de propios y extraños, ni para enriquecer el panorama de una posible oferta cultural en el campo del turismo enfocada hacia una riqueza arqueológica cada vez más atractiva entre el público general y entre los visitantes y turistas en particular.
 
Así, hemos hablado, por ejemplo, de los materiales arqueológicos procedentes de La Algaida y conservados en el Museo Arqueológico Provincial de Cádiz, o en los elementos integrantes del Tesoro de Évora, los cuales se conservan en el Museo Arqueológico de Sevilla, o de diversas piezas singulares guardadas asimismo en alguno de estos referidos museos, o incluso -y además- de otros objetos arqueológicos -caso del “Bronce de Bonanza”- conservadas en otras Instituciones del Patrimonio aún más lejanas, como en Madrid.
 
Hay igualmente otros jalones del Patrimonio Arqueológico saluqueño, amén de los señalados en los párrafos y textos anteriores, que forman también parte de dicha “Arqueología Perdida”, de ese pequeño universo formado por restos de nuestro pasado (del naufragio de nuestro pasado), y que a nadie aprovechan -y menos que a nadie, al conjunto del cuerpo social sanluqueño.
 
De este modo, en el elenco de estos jirones perdidos, olvidados, desaparecidos, descuidados, de nuestro bagaje histórico más antiguo se cuentan igualmente los reflejos del mismo (de dicho bagaje histórico y arqueológico) llegados hasta nuestro conocimiento (y no sólo al conocimiento de quien esto escribe, sino -en una nada pequeña medida en buena parte de los casos- difundidos entre el público general) a través de noticias indirectas, de referencias, de comentarios e informaciones en algunos casos ya viejas en sí mismas, cuando no incluso transmitidas oralmente a lo largo de generaciones.
 
En lo relativo a este último particular, son diversos los lugares del casco urbano (y especialmente del casco histórico) de la ciudad que han proporcionado noticias acerca de la aparición en los mismos y en sus inmediaciones (a lo largo del tiempo) de diversos restos arqueológicos, especialmente (aunque no sólo) de materiales muebles, de objetos arqueológicos de una u otra naturaleza.
 
Así, por ejemplo, son varios los “tesorillos” de monedas que han hecho aparición (y desaparición) en nuestro horizonte arqueológico a lo largo de la Historia (sin olvidar las de La Algaida); desde las monedas romanas de las que nos habla Velázquez Gaztelu y que habrían aparecido en el Coto (ya, no es término municipal de Sanlúcar, pero ¿habrá alguien tan lerdo como para cuestionar la intimísima vinculación entre Doñana y Sanlúcar de Barrameda a lo largo de la Historia…?) hasta las monedas árabes aparecidas en nuestro casco urbano y de las que nos hablan algunos de los historiadores antiguos de Sanlúcar, pasando por otras noticias, no son pocos los rincones del casco sanluqueño que podrían haber presentado trazas de un pasado nada reciente.
 
Elementos como los lienzos (más o menos fragmentarios, más o menos reconocibles) de la cerca amurallada de las épocas islámica y cristiana (en la Edad Media), en el Barrio Alto, la aparición de monedas de época antigua (dizque cartaginesas) en determinados puntos del Barrio Bajo (al ritmo marcado por las idas y venidas de la línea de costa y del curso del río a lo largo del tiempo histórico de los últimos dos milenios), constituyen noticias a considerar a la hora de trazar un hipotético plano del “Patrimonio Perdido” de Sanlúcar.
 
Otras informaciones hablan de la aparición de materiales protohistóricos similares al caso del ídolo cilíndrico del Cortijo de la Fuente, sin que tengamos confirmación de dichas noticias, especialmente en el contexto espacial del Barrio Alto de la ciudad.
Y en algunos puntos de la ciudad (como en alguno de la calle Santo Domingo) han aparecido materiales romanos de naturaleza noble, como el busto del que nos habla Romero de Torres a principios del pasado siglo XX, hoy no localizado, las columnas que rodean el atrio de La O (junto a alguna desplazada de dicho entorno, como la que se encuentra en la Cava del Castillo, en la segunda curva de la parte alta de dicho vial), la cabecita que corona la Portada de San Jorge, o alguna otra cabeza romana aparecida en el Barrio Alto, restos que parecerían hablarnos con claridad de la presencia de poblamiento humano estable en época romana en el territorio de la actual Sanlúcar de Barrameda, fuera este poblamiento de la naturaleza que fuera (rural, urbano, villático, disperso, concentrado, costero, de ámbito interior), con una especial atención al espacio físico de nuestro casco histórico, tanto en el Barrio Alto como en el Bajo (insisto: siempre siguiendo el compás y ritmo de los vaivenes del río y la ribera).
 
Sólo la investigación, de gabinete y de campo, permitirán mejorar nuestro nivel de conocimiento en relación con estos (y con otros muchos) temas. Sólo la Arqueología podrá hacer avanzar nuestro conocimiento sobre el pasado remoto de las tierras de Sanlúcar de Barrameda.
Y sólo el interés de todos hará posible que el espacio de la “Arqueología Perdida” vaya siendo sustituido por una Arqueología recuperada, de todos, al servicio del cuerpo social, que cumpla una función educativa y pedagógica firme, clara, sana y positiva, y que redunde en beneficio de toda la ciudadanía, empezando por los escolares y estudiantes de la ciudad, sin olvidar la posibilidad de enriquecer la oferta turística de Sanlúcar en unos tiempos en los que sólo la excelencia marca la diferencia.
Sólo así conseguiremos que el panorama mejore, y que el Patrimonio, definitivamente, se convierta en una de nuestras fortalezas, de nuestras herramientas, de nuestros valores.


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