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Apuntes de Historia LII
 
 
 
 
   
 
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29 de Diciembre de 2013
Arqueología perdida   
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-No se trata de que queramos traer a colación títulos en apariencia sugerentes como forma de atraer la atención del amable lector. No es nuestra costumbre, ciertamente, servirnos de lo que cabría considerar como “trucos publicitarios” (elementales si se quiere, pero trucos y publicitarios en fin de cuentas) para asegurarnos (en la medida de lo posible) que más personas se interesen por las líneas que suceden al titular de los artículos.
Muchas veces, al tratar sobre temas de Historia (sean de nuestra ciudad o de otro lugar), y muy especialmente cuando focalizamos nuestra atención en unos u otros elementos de nuestro Patrimonio Histórico (especialmente del inmueble) nos centramos en lo que “fue y sigue siendo”, en monumentos que aún nos acompañan y forman parte esencial del paisaje de la ciudad y del -por así llamarlo- “horizonte sentimental colectivo” de los ciudadanos.

Palacios, casonas, iglesias, conventos, edificios monumentales de la edilicia civil o militar, obras de ingeniería o de caminería antigua, o la misma estructura del viario histórico y su evolución en el tiempo, son cuestiones y elementos que pueden ser objeto de nuestro interés y atención, y que lo son más especialmente aún cuando forman parte de nuestro imaginario colectivo de manera tangible, de manera evidente, de la manera sólida en que lo hacen las cosas que están vivas, que podemos tocar más allá de lo metafórico.
 
Pero algo análogo sucede -hasta cierto punto- con las cosas que ya no forman parte de nuestra realidad cotidiana. Los hitos de nuestro Patrimonio que, tras ser conocidos, tras haber formado parte de nuestra realidad, de nuestra memoria colectiva, terminan por engrosar las listas de los tesoros perdidos parecen gozar de un plus de carga emocional, de prestigio, de fuerza en la mente de un cuerpo social, y pasan a convertirse en un referente perdido, en una suerte de “Atlántida” en pequeña escala, que a todos pertenece precisamente quizá con más fuerza porque resulta igualmente inalcanzable para todos.
 
No entraremos a considerar todo lo perdido en el contexto de Sanlúcar de Barrameda, no sólo porque no es cuestión de ponerse pesimistas. Nada más lejos de nuestra intención que fomentar el desaliento: tratamos precisamente de difundir los valores de nuestra Historia y nuestro Patrimonio Histórico como forma de contribuir a su protección, a su defensa y salvaguarda por el mecanismo de tratar de extender el conocimiento sobre los mismos (sólo se ama lo que se conoce: creemos en ello firmemente).
 
Y no es esa nuestra intensión porque -además y desde un punto de vista de corte estrictamente material- sería harto difícil condensar en este espacio breve -y en este formato de papel prensa- la “Historia en negativo” (valga la expresión) de una pérdida histórica (valga ahora la redundancia).
 Factores que provocan la mengua de nuestro Patrimonio son el tiempo (que todo lo erosiona y desgasta, que triunfa sobre todas las cosas materiales, sobre todas las cosas humanas), la propia mano humana (por acción, inacción, incuria o dejadez, mala voluntad o desconocimiento, interés o desinterés, ambición, codicia o inexperiencia), sin olvidar la acción de las fuerzas naturales desatadas.
 
Sí, a veces también tienen mucho que decir en la Historia los fenómenos naturales, especialmente cuando se trata de manifestaciones de índole violenta y repentina, y la provincia de Cádiz ha conocido algunos ejemplos, casos y situaciones de lo que estamos señalando a lo largo de los últimos siglos de su recorrido histórico, como el terremoto de Lisboa y el consiguiente tsunami, que asoló estas costas a mediados del siglo XVIII, o el terremoto y tsunami asociado que en la segunda mitad del siglo IV d.C. golpeó las costas gaditanas y terminó acentuando la decadencia de lugares como la Gades tardorromana, o la ciudad industrial y pesquera de Baelo Claudia (Bolonia, en el municipio de Tarifa), fuertemente azotada por este fenómeno natural y que tendría en el mencionado tsunami la causa última de su consunción como ciudad y el principio de su final como núcleo histórico habitado con entidad.
 
Sanlúcar de Barrameda ha conocido (y conoce aún) una gran riqueza patrimonial. Desproporcionada, quizás, si atendemos a la proporción de la misma con la demografía histórica de la ciudad, y más fácilmente explicable gracias al rol histórico de este espacio privilegiado, a la combinación de la acción del río y el factor atlántico, a la condición de “Cosmódromo” de Sanlúcar en no pocos períodos extensos de la Historia del poblamiento humano en estas tierras y costas.
 
Así, desde época prehistórica (de lo que da fe un jalón perdido de nuestra Arqueología y nuestra historia como es el perdido yacimiento prehistórico del Dolmen del Agostado), hasta prácticamente nuestros tiempos, no son pocos los elementos de nuestro Patrimonio Arqueológico que, por unas u otras razones han desaparecido tras ser conocidos o han se han asomado sólo fugazmente a las páginas del devenir de la ciudad para sumirse en la oscuridad de forma casi inmediata.
 
Elementos desaparecidos de nuestro Patrimonio son algunos tales como el referido Dolmen del Agostado, o el castillo del Espíritu Santo, o yacimientos arqueológicos (del casco histórico o de su entorno más o menos inmediato) de los que en la mayoría de los casos sólo sobreviven breves noticias de su fugacísima aparición, manifestada en forma de estructuras -unas, pocas, veces- o en forma de materiales muebles (cerámica, monedas, materiales pétreos), las más de las ocasiones.
 
Algunas de dichas evidencias son los tesorillos monetales de época antigua de cuya aparición en el contexto del centro del Barrio Bajo tenemos noticia, o algún busto marmóreo de época romana (recogido por ejemplo en publicaciones de principios del siglo XX) que habría aparecido (para desaparecer poco después) en alguna calle del mismo entorno sanluqueño del Barrio Bajo.
 
Son evidencias que nos hablan quizá de la realidad del poblamiento en la Sanlúcar romana e inmediatamente prerromana, y que pueden ser puestos en relación no sólo con yacimientos arqueológicos conocidos, estudiados y excavados como los de Évora y La Algaida, sino también con elementos singulares como el Bronce de Bonanza (del que hemos tenido ya ocasión de ocuparnos en los párrafos de esta serie con anterioridad).
 
Hay jalones de nuestro Patrimonio Arqueológico que resultan irrecuperables (como los yacimientos devastados por cualquiera de los agentes que hemos señalado supra), hay otros que esperan una revisión (como los yacimientos arqueológicos “históricos” a los que hemos hecho referencia y que podrían aún ofrecer mucha información, considerados con métodos actuales. Y hay mucho término municipal por reconocer y por prospectar…
 
Hay piezas singulares (elementos muebles) que, conocidas históricamente, se conservan fuera de Sanlúcar, en museos como los de Cádiz o Sevilla (y más lejos), como los objetos del Tesoro de Évora, o el antedicho Bronce de Bonanza.
 
Y hay, sin lugar a dudas, mucha tarea por hacer en el campo del conocimiento de nuestro pasado, en el estudio de nuestro Patrimonio Arqueológico (y no sólo del Arqueológico).
 Aunque esté feo decirlo, en nuestro caso tratamos de aplicarnos lo que decía el torero: “se hace lo que se puede”.

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