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08 de Diciembre de 2013
Barquitos olvidados en el Barrio Alto (III)
Manuel Jesús Parodi.-Desde la más remota antigüedad, desde la sombra del tiempo, el ser humano ha dejado su huella, su impronta, sobre las superficies de su paisaje. Las pinturas rupestres son prueba de la inquietud de un espíritu humano que cuenta con miles de años de curiosidad, y que trata de explicar el mundo que le rodea para entenderlo recurriendo a la representación pictográfica sobre distintas superficies y expresada con materiales y métodos diversos.
La necesidad, el afán de comprender el mundo, de asimilarlo y hacerlo propio, de incluirlo en el bagaje personal de cada individuo y colectivo de cada sociedad, es algo inherente al espíritu de la especie, al espíritu de los humanos, y esta necesidad se ha desarrollado, en un fenómeno de causa y efecto, con el crecimiento de instrumentos a su vez generados por la misma.

Artes y técnicas como la pintura, la escritura o la matemática (con una de sus primeras manifestaciones conocidas, el cálculo y la geometría, tan necesaria para ordenar los espacios en las tierras esencialmente fluviales que la generaron, como las antiguas culturas de Egipto o Mesopotamia) son precisamente mecanismos destinados a la mejor comprensión del mundo, mecanismos que ayudan al género humano a entender la naturaleza en que se inserta, el mundo que lo rodea, sus nichos ecológicos, una comprensión, una inteligencia, que servirá a su vez para explicar dicho mundo, sus realidades y fenómenos.
 
De este modo, las pinturas rupestres de nuestros más remotos antepasados prehistóricos, los bajorrelieves mesopotámicos o las pinturas parietales egipcias forman parte de un mismo horizonte intelectivo, desarrollado a lo largo de los tiempos. Sucede otro tanto de lo mismo con los graffitti, con las inscripciones espontáneas que unos u otros individuos (anónimos por lo general) dejaron (fruto de sus afanes) en una u otra pared, en uno u otro muro.
 
Desde las inscripciones esgrafiadas que los soldados romanos (muchos de ellos de origen judío) de guarnición en el sur de Egipto en época trajanea (a caballo entre los siglos I y II d.C.) dejaron en las paredes del templo de la Celeste Isis en Filé hasta las inscripciones de todo tipo (amatorias, poéticas jocosas, electorales, difamatorias, eróticas…) que ciudadanos anónimos de Pompeya dejasen sobre los muros de la ciudad, condenados a una muerte volcánica, el espíritu humano ha procurado (como sucede en nuestros días) toda oportunidad y motivo para dejar constancia de sus inquietudes y anhelos, de su curiosidad y afanes, aprovechando para ello casi cualquier superficie fija a su disposición.
 
 Así, lo de escribir en las paredes, o dibujar sobre las mismas, no es nuevo ni original: lo llevamos haciendo desde hace miles de años. Esos dibujos o graffiti (si están arañados en lugar de pintados) muestran por lo general, como sabemos y venimos señalando, diferentes cuestiones y elementos que generaban la curiosidad y el interés de los autores de los diseños; por lo general encontramos cuestiones de la vida cotidiana, pero en los ámbitos costeros es muy posible encontrar -entre dichos aspectos de la cotidianidad de los individuos de dichos ámbitos- dibujos, diseños, graffitti de barcos, de distintos tipos y modelos de barcos, de acuerdo con las épocas en las que fueron representados.
 
En la provincia de Cádiz quizá la representación de esta naturaleza más famosa sea la de los barquitos de la romana Oba (Jimena de la Frontera), que pueden representar embarcaciones de época fenicia o feno-púnica (en cualquier caso, adscritas a la Antigüedad), pintados en la Cueva de la Laja de esta localidad campogibraltareña y que pueden ser admirados en el Museo Arqueológico Provincial; estas pinturas rupestres (que no son prehistóricas) nos presentan un pequeño “flash” de lo que pudo ser el aspecto de algunas de las embarcaciones que surcaban (de Norte a Sur y de Este a Oeste) las aguas del Estrecho de Gibraltar en la Edad del Bronce, en época Homérica (por así decirlo).
 
En lo que atañe a las representaciones de barquitos que existen en el Muro de la Calle Escuelas, en el Barrio Alto (lienzo de muralla que puede ser, como hemos venido señalando, un resto de la cerca medieval islámica de la ciudad, del Hisn medieval de los siglos XI-XIII) sabemos que se encuentran esgrafiadas sobre un revoque que casi con toda seguridad no pertenece a la facies inicial del muro; estos barcos podrían datarse en los siglos XV-XVI (de acuerdo con su apariencia y aspecto), y sirven a su vez para datar el horizonte cronológico del muro en el momento histórico en que habrían sido insertos en la mencionada estructura.
 
Estaríamos pues (en el caso de estas embarcaciones como en el que se refiere a los barquitos conservados aún en el Castillo de Santiago, en el entorno de la Puerta de la Sirena) ante un horizonte temporal adscrito a los siglos XV y XVI: esto es, estamos en la misma época de la visita de la reina Isabel la Católica a Sanlúcar, del cuarto viaje de Colón (1498), que partió de nuestra ciudad, y en los mismos momentos de la partida y retorno de la expedición de Magallanes y Elcano, destinada a coronar con éxito la Primera Circunnavegación del Mundo a principios del siglo XVI.
 
Los barquitos de la Calle Escuelas, así como los del Castillo de Santiago (que sirven, junto con los que dibujase Anton van Wyngaerde en su representación de Sanlúcar de Barrameda a mediados del siglo XVI) para ir conformando ese “Catálogo de las Naves” de Sanlúcar al que hacíamos mención en párrafos anteriores y en el que nos encontramos trabajando) no sólo nos transportan a otra época histórica, no sólo nos llevan medio milenio atrás en el tiempo (grosso modo), sino que nos ponen ante los ojos una representación de la realidad (de un aspecto de la realidad, al menos) perteneciente a la fascinante época de los Descubrimientos, un momento histórico en el que Sanlúcar contó con un papel muy significativo, cuando se convirtió en el “Cosmódromo” de la Europa de su tiempo, el puerto desde el que se lanzaban las expediciones que servirían para dar forma nueva a un Mundo Nuevo, el transatlántico, el al mismo tiempo tan lejano y tan cercano Mundo de Allende la Mar.
 
Las manos que dibujaron esos barquitos, que arañaron con un instrumento punzante el revoque del Castillo de Santiago y del Muro de la Calle Escuelas, que nos representaron naves con remos, velas, cordajes, mástiles, vergas, castillos de proa y de popa, amuras, bordas, quillas, rodas, proas y popas, conocieron el momento en el que el Mundo estaba, quizá sin saberlo, cambiando para siempre.
 
Los autores de estas inscripciones figurativas, quizá hijos de Sanlúcar, quizá visitantes temporales, vieron con sus propios ojos los barcos que llevaron a Colón a su último viaje (y al desastre último), los barcos en los que zarparon Magallanes y sus hombres (los más, como el propio jefe de la expedición para no volver jamás), los barcos que trajeron -cabalgando el río- a la reina de Castilla hasta la puerta meridional de su reino sevillano.
 
Y estos barcos, de cuyos posibles tipos hablaremos próximamente, siguen navegando, hoy como hace quinientos años, sobre las pétreas aguas de los muros aún verticales sobre cuyo revoque una mano anónima los arañó, los dibujó, los esgrafió, dejando de ese modo constancia y testimonio de una parte esencial del paisaje cotidiano de los sanluqueños de hace quinientos años, un paisaje acuático, ligado a ese elemento que ha dado forma y carta de naturaleza a Sanlúcar a lo largo de los milenios: el de la relación siempre viva y danzante entre las aguas del Océano  VER y las aguas del río.

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