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Apuntes de Historia XLVIII
 
 
 
 
 
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01 de Diciembre de 2013
Barquitos olvidados en el Barrio Alto  II
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-El río Guadalquivir, el viejo Baetis de los romanos, el aún más antiguo Tertis (o Certis) de los tartessios y los turdetanos, representa un medio rápido de penetración al interior de la las tierras de la Baja Andalucía; así pues, quien consigue controlar el río obtiene las claves y los resortes necesarios (imprescindibles) para apoderarse de los enclaves humanos del interior de esta parte del curso, con la ciudad de Sevilla entre ellos, y de este modo, hacerse con el control de todo el Bajo Guadalquivir entre la capital hispalense y la puerta del río: Sanlúcar de Barrameda.
Roma se aseguró con relativa presteza el control sobre el gran río y a partir de su naturaleza axial el emperador Augusto diseñó, sobre el cambio de las Eras, los perfiles de la provincia Baetica. Los bizantinos, con casi total certeza carentes de un control real sobre las tierras del interiores del valle, navegaron sus aguas desde sus enclaves costeros (como los que poseían en el marco de la Bahía de Cádiz, en una y otra orilla del Estrecho de Gibraltar o en la costa malagueña y que en su conjunto constituían la extrema provincia occidental de “Spania”) hasta la ciudad de Sevilla en época visigoda, como sabemos (por ejemplo) gracias a la arqueología.

Es de mencionar igualmente que los vikingos asolaron en varias ocasiones veces el curso bajo del Wad Al Qbir llegando hasta la ciudad de Sevilla en la segunda mitad del siglo IX tras haber penetrado por el río desde su desembocadura, habiendo remontado sus aguas por territorio hostil, como hemos señalado en otros párrafos anteriores de esta serie (y en otros lugares).
 
De otra parte, los emires Omeyas Abderramán II y Mohamed I, precisamente a consecuencia de los ataques normandos, trazaron planes para la defensa del río, articulando sistemas para la guarda del mismo, organizando una defensa móvil mediante barcos, y vehiculando una red de defensa estática cimentada sobre los ribats (establecimientos al mismo tiempo sede de una comunidad religiosa y puntos vertebradores de la defensa de los territorios en los que se asientan) que fueron establecidos en la costa atlántica meridional de los territorios de Al Andalus (y que se extendieron asimismo por el ámbito costero mediterráneo de los dominios emirales en la Península Ibérica), unos ribats (ribatim, en plural) cuya huella en Sanlúcar hemos rastreado en el Barrio Alto sanluqueño, bajo los perfiles del histórico Palacio Ducal de Medina Sidonia.
 
Andando el tiempo, y ya a mediados del siglo XIII (trescientos años más tarde, nada menos, de las incursiones de los bárbaros del norte”) los castellanos de Fernando III conquistaron Sevilla por el río: fue la flota cántabra del almirante Bonifaz la que finalmente consiguió abrir las puertas de Sevilla (por así decirlo) para las banderas del Santo Rey, a mediados del siglo XIII (en 1248). Sevilla, pues, se conquistaría desde el mar, por el río, desde Sanlúcar de Barrameda.
 
Como podemos comprobar, nos encontramos ante un fenómeno histórico recurrente: para conquistar las tierras del interior del curso bajo del río, y Sevilla (y Coria, y Trebujena, y Lebrija-Nabrissa, entre otras poblaciones históricas) con ellas, es totalmente necesario controlar el río, y para controlar el río es imprescindible asegurar la guarda de sus bocas, de su desembocadura: de lo que hoy es Sanlúcar de Barrameda, la ciudad y sus tierras adyacentes.
 
La propia naturaleza del entorno físico en el que se establece el núcleo de Sanlúcar (un núcleo articulado y no unitario desde tiempos remotos, algo que puede reflejarse incluso en el nombre compuesto de la ciudad,  pero un núcleo vertebrado y con identidad propia) hace que la presencia del elemento acuático, andando de la mano mar y río, el océano Atlántico y el Padre Baetis de los clásicos, sea uno de los elementos de referencia en la propia Historia de Sanlúcar de Barrameda desde la Antigüedad y a lo largo de los siglos, hasta nuestros mismos días.
 
En el texto presente y en el anterior hemos tratado de aproximarnos a los barquitos que desde hace siglos duermen olvidados en el lecho que les proporciona el revoque (que probablemente data de los siglos XV-XVI) que cubre lo que queda en pie del Muro de la Calle Escuelas, un lienzo de muralla que posiblemente (como hemos señalado) pudiera haber tenido su origen primero en la cerca del hisn islámico, esto es, del recinto amurallado de la Sanlúcar de época medieval musulmana (cuya cronología podría remontarse a un milenio atrás en el tiempo, plus minus, a época almohade cuando no incluso a tiempos almorávides), y al que hemos dedicado no pocos párrafos de esta serie, constituyendo uno de nuestros objetos de estudio.
 
Este fragmento de muralla, que podría corresponder a la torre perdida del antiguo Cabildillo (el original, a no confundir con el edificio del siglo XVI, sito en la confluencia de la Plaza de la Paz y la Calle Caballeros, relativamente próximo al emplazamiento de la referida -y más antigua- torre y en ocasiones mal identificado con la misma), de la que hablan algunas fuentes historiográficas locales (Velázquez Gaztelu…, por ejemplo) se adorna con graffitti de barcos, unas representaciones esgrafiadas hace siglos por quienes conocieron los albores de la Edad Moderna y que nos permiten no sólo aproximarnos a la cronología de la facies del muro en la que se insertan (y con ello, a la vida de lo que quedaba de la antigua muralla islámica) sino conocer algo más del paisaje cotidiano, acuático, de los sanluqueños de hace unos quinientos años.
 
No será sólo el Muro de la Calle Escuelas el único elemento arquitectónico que presente en su estructura siluetas de embarcaciones en Sanlúcar: como es sabido, en el Castillo de Santiago (que data de la segunda mitad del siglo XV) podemos encontrar asimismo perfiles de barcos de diferentes tamaños y características (junto a dibujos de otra naturaleza, e incluso alguna inscripción ya publicada), por ejemplo en los aledaños de la Puerta de la Sirena.
 
Se trata, pues, de un horizonte cronológico probablemente similar (adscrito a los siglos XV y XVI en ambos casos, Muro y Castillo, esto es, a la época de los grandes Descubrimientos, de los viajes de Colón o de la I Circunnavegación del Globo Terráqueo por la expedición de Magallanes-Elcano), con un repertorio de embarcaciones, una suerte de “Catálogo de las Naves Sanluqueño” (por así llamarlo, recurriendo al símil homérico), que puede complementarse asimismo con los barcos y botes que nos muestra la famosa representación de Sanlúcar debida al genio de Anton van Wyngaerde (o Antonio de las Viñas, como también es conocido) y que presenta a su vez (a mediados del siglo XVI -1567 circa) junto a la ciudad y sobre el río (y sobre las playas de la ribera) un pequeño muestrario de embarcaciones (entre las que destacan, por su porte y centralidad, lo que parecerían ser unas galeras, que podrían ser incluso pinazas) que contribuyen a completar dicho singular e histórico “Catálogo de las Naves” sanluqueño.
 
Los graffitti del Muro de la Calle Escuelas (posiblemente siglos XV-XVI), los barcos esgrafiados del Castillo de Santiago (probablemente siglos XV-XVI), los barcos de Wyngaerde (siglo XVI), junto a otros elementos singulares votivos y conocidos (sin desdeñar la información de las fuentes textuales y concentrándonos en las representaciones gráficas), pueden constituir la base para componer ese “Catálogo de las Naves” que venimos mencionando y en cuya elaboración nos encontramos en la actualidad empeñados.
 
Podremos, mediante la consideración y el estudio de la información que nos proporcionan estas fuentes visuales, avanzar en el conocimiento de la relación entre Sanlúcar de Barrameda y el medio acuático (el río y el Atlántico) que forma parte de sus señas de identidad históricas e irrenunciables, acercándonos al paisaje acuático y a la Historia de la navegación en Sanlúcar.

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