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13 de Octubre de 2013
La manzanilla y Luis Montoto II
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Como señalábamos la pasada semana, Luis Montoto no es sólo una calle. Luis Montoto y Rastentrauch, es (fue) un escritor, novelista, poeta, dramaturgo, estudioso del folclore andaluz, un precursor como etnólogo y antropólogo, como investigador y analista, como hombre interesado y preocupado por tomar nota sobre la realidad cultural, sobre los usos y costumbres del mundo que la rodea, y por dejar dichas notas para la posteridad.
Montoto forma parte de la élite intelectual de una época de transición, los años finales del siglo XIX y los primeros años del siglo XX; el suyo es un mundo en crisis, un mundo que está dando paso a otro: las formas políticas de la Europa del siglo XIX agonizan y buena parte de ellas caen con los estertores de la Primera Guerra Mundial; la técnica se adueña del paisaje cotidiano: la fotografía, y su hija el cine, la electricidad, las telecomunicaciones (con la telegrafía y la telegrafía sin hilos), el dominio del aire, con el vuelo de los aeroplanos, la navegación bajo el agua, la extensión de la tracción a motor por tierra, mar y aire…, son todos fenómenos de cuya aparición o desarrollo a gran escala Luis Montoto y sus contemporáneos fueron directos testigos.

En un plano económico, social y político, la Europa de la época es asimismo un mundo cambiante: la Primera Guerra Mundial habría de servir como catalizador de tensiones acumuladas desde mucho tiempo atrás, y su devastador paso por la Historia de los países europeos (y no sólo europeos) provocaría la desaparición de estructuras tan aparentemente sólidas como los imperios alemán y austrohúngaro (e igualmente el turco), provocando el nacimiento de nuevos estados y ocasionando cambios en la jerarquía de poder y su escala a nivel mundial, con el surgimiento de las primeras grandes potencias extraeuropeas, como los EEUU o Japón, por no hablar de transformaciones ideológicas y económicas igualmente vividas en la época de Montoto como las revoluciones china y mexicana, o, ya en nuestro continente, la revolución soviética, con el surgimiento de un nuevo poder en el horizonte mundial: la ideología comunista y la URSS, por no hablar del surgimiento de los movimientos totalitarios, como el fascismo italiano o el nacionalsocialismo alemán, también contemporáneos de los últimos años de Montoto, o del Crack del 29, que se produce precisamente el año del fallecimiento de nuestro autor.
 
Luis Montoto nace bajo el reinado de Isabel II (en 1851) y fallece el año del gran Crack bursátil (precedente de lo que vivimos hoy), 1929. Es el suyo, pues, un mundo que empieza a moverse a una inusual velocidad, haciendo resquebrajarse principios seculares y estructuras (políticas mentales e ideológicas igualmente), lo que en el contexto de España y de Andalucía encuentra su paralelo en el paulatino debilitamiento de las estructuras de la Restauración y del sistema canovista, mientras las tensiones latentes y no resueltas de la sociedad española terminarían, pocos años después del fallecimiento de nuestro estudioso, eclosionando en la Guerra Civil.
 
Como señalábamos en los párrafos precedentes, Montoto dedica no pocos de sus textos a la Andalucía tradicional y popular que, de manera lenta pero imparable, se transformaba ante sus ojos. Siempre curioso y apasionado por las costumbres tradicionales, en algunas de sus páginas menciona a Sanlúcar de Barrameda y a su caldo por excelencia, la manzanilla, centrando su interés en el papel que jugaba dicho vino en la Sevilla de la segunda mitad del Ochocientos, deteniéndose en aspectos y características de su consumo que nos brindan una interesante información acerca de la consideración y el prestigio social de la manzanilla.
           
Montoto forma parte del círculo de Antonio Machado Álvarez, “Demófilo”, y en su “Biblioteca de Tradiciones Populares” publicaría una obra titulada “Costumbres Populares Andaluzas”, que viera la luz por primera vez en 1884 (y que manejamos en una edición del año 2000, publicada por Roger Editor en San Sebastián para “Bibliomanías”).
 
En esta obrita, nuestro autor menciona varias veces a la manzanilla, su consumo y su presencia en la Sevilla de su época, siempre en un tono cuando menos ponderativo, que deja claro el tenor elogioso del texto. Así, en la página 39 de este libro (y conviene detenerse a aclarar que todas las referencias que proporcionemos serán de la edición del año 2000, la que manejamos), al dar comienzo a su capítulo VI (que lleva el expresivo título de “La taberna. La navaja. La casilla”), nuestro antropólogo recoge la letrilla de una soleá que afirma haber escuchado cantar “no ha mucho tiempo”, y cuyos versos dicen: “A mí me gusta, me gusta/ entrarme por las tabernas:/ ¡vengan cañas de Sanlúcar!”, para extenderse luego sobre el papel social del vino en Andalucía, su relación con los festejos familiares y con las celebraciones convencionales populares de su época.
 
En lo que respecta a la forma de consumo del vino, la palabra “caña” aparece reflejada repetidamente en los párrafos del texto de Montoto (como sucede en las páginas 39, 40, 41 y 42 del referido capítulo VI del libro que nos ocupa), pero lo hace especialmente en relación con la manzanilla, señalando de ese modo una clara vinculación entre los vasos de caña y el rubio néctar sanluqueño.
 
En la página 41 aparece una definición de la palabra caña: nuestro autor se detiene a explicar qué y cómo es este tipo de vaso para quien no lo conozca, señalando en su literalidad que las cañas “…son vasos de cristal entrelargos y cilíndricos, en los cuales se sirve la manzanilla, o vino de Sanlúcar…”; nada más sencillo, claro y directo: nos hallamos ante una definición tan acertada como escueta de qué es un vaso de caña, una definición trazada poniendo de manifiesto al mismo tiempo la íntima relación existente entre la manzanilla y este tipo de vasos.
 
Abunda Montoto en el tema de las cañas, en su mención y consumo, y ofrece, en la página 42 de su texto, otro interesante apunte sobre este peculiar tipo de vaso de vino, al señalar que las cañas, si son pedidas por un grupo, “…son servidas en bateas de hoja de lata, de tal manera dispuestas que tienen para cada caña un lugar separado…”; parece quedar claro que con la información proporcionada en estas líneas nuestro erudito está descubriendo una bandeja -o cañero- de cañas, muy similar (si no igual) a las que conocemos.
 
 Así, y de acuerdo con Montoto Rastentrauch, ya en la segunda mitad del siglo XIX era tradicional (es decir, la costumbre provenía de -al menos- unas décadas atrás, lo que bien puede situarnos en la primera mitad del Ochocientos) tomar la manzanilla en vasos de caña, sirviendo estas cañas en una bandeja especialmente diseñada para contenerlas (evitando el riesgo de que estos delgados vasos cayeran al disponer cada una de un lugar propio en la referida bandeja).
 
Manzanilla de Sanlúcar, cañas y cañeros… Y un apunte sobre la calidad (y la apreciación social de nuestro vino por antonomasia): Montoto señala que entre las bebidas (espirituosas) preferidas por los andaluces en su tiempo se encontraba la manzanilla, encontrándose ésta entre los caldos más preciados, no apto además para todos los bolsillos; mientras, existiría toda una gradación de vinos y bebidas de menor calidad destinadas a quienes no podían permitirse disfrutar de las virtudes y esencias de la manzanilla sanluqueña.
 Son unos párrafos breves, pero interesantes: que nos permiten comprobar el prestigio de la manzanilla en la Sevilla de hace siglo y cuarto.
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