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06 de Octubre de 2013
La manzanilla y Luis Montoto (I)
Manuel Jesús Parodi.-;Luis Montoto no es una calle. Luis Montoto, mejor dicho, no es sólo el nombre de una vía de la trama urbana de la ciudad de Sevilla. Luis Montoto y Rastentrauch, insigne sevillano que da nombre a la conocida avenida fue un personaje descollante en el panorama cultural de la Andalucía -y de la España- de la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del pasado siglo XX, un escritor, un erudito, un hombre comprometido con la realidad de la Andalucía que le tocó vivir y de cuyos horizontes culturales formó parte.
Ingeniero y abogado, notario eclesiástico, concejal del Consistorio hispalense, secretario perpetuo de la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla, miembro del Ateneo sevillano y cronista oficial de Sevilla, sin Luis Montoto no es posible comprender el horizonte de la cultura sevillana y andaluza de un momento tan significativo como fue el de la época de la Restauración Canovista, en un contexto ideológico como el del Regeneracionismo, humus en el que germinará y del que brotará, nada más y nada menos que la Generación del 98, con personajes definitorios de la Cultura Española contemporánea como Miguel de Unamuno, Joaquín Costa, Fernando de los Ríos o Francisco  Giner de los Ríos, por citar algunos.

Es precisamente en este contexto general histórico y cultural en el que se inserta  la figura de Luis Montoto Rastentrauch, escritor, ensayista, dramaturgo, poeta, y antropólogo “avant la lettre”, quien colaboraría durante años con otro de los más brillantes intelectuales de la Andalucía contemporánea, Antonio Machado Álvarez, padre de los Machado (Antonio, Manuel y José), quien aglutinaría en torno suyo y gracias -entre otros méritos y mecanismos- a su “Biblioteca de Tradiciones Populares” (colección de textos dirigida por Machado Álvarez) a varios intelectuales de su época que compartían una misma inquietud e interés (entre sus múltiples sensibilidades y campos de trabajo o afición): la identidad y riqueza cultural andaluza y sus múltiples manifestaciones.
 
Antonio Machado Álvarez, gran estudioso del Flamenco y la Cultura de Andalucía, firmaría numerosos artículos con el pseudónimo de “Demófilo”, que no casualmente significa, en griego, “Amigo del Pueblo” (un nombre claramente evocador del periódico homónimo de los jacobinos de la Revolución Francesa, que quiso ser el órgano de expresión de las corrientes renovadoras del pensamiento revolucionario del Setecientos). “Demófilo”-Machado es un auténtico precursor, una persona realmente adelantada a su tiempo por su mirada, por su perspectiva sobre la Cultura Popular de Andalucía, y sus esfuerzos, así como los de los miembros de su círculo, habrían de sentar las bases de lo que sería el camino, lento e inconcluso aún, de dignificación de la Cultura Tradicional Andaluza.   
 
Huyendo del tipismo barato y fácil y de los tópicos recurrentes y engorrosos, este grupo de intelectuales andaluces, del seno del cual, como señalábamos, cabe quizá destacar la figura de Antonio Machado padre, trataría de acercarse a la realidad cultural de un territorio tan extenso como heterogéneo y rico, el de Andalucía, en una época, la de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en la que el Romanticismo decimonónico había contribuido a forjar unos perfiles nacionalistas en los pueblos europeos basados en la confrontación de modelos, en una Europa sacudida a principios del siglo XIX por las Guerras Napoleónicas y alterada a lo largo de todo el Ochocientos por conflictos (externos e internos) nacionalistas, revolucionarios, internos e internacionales.
 
Cuando escritores, compositores y viajeros extranjeros (Bizet, Merimée, Latour, Ford, Irving…, entre otros muchos) van conformando una imagen tópica y típica de Andalucía con sus obras, escritos, composiciones y descripciones, con sus libretos operísticos (caso de “Carmen”) y sus narraciones de viajes (como los Cuentos de la Alhambra) una imagen en la que destacan, a modo de flashes destinados a perdurar (por el uso hecho de los mismos en el siglo XX por la propaganda de la Dictadura Franquista, empeñada en construir una imagen sesgada y falsamente (por incompleta e irreal) folclorista de Andalucía y los andaluces, Machado Álvarez y su círculo tratan de bucear en las costumbres y tradiciones de los andaluces, lejos de lugares comunes y de identidades inventadas.
 
Frente al falso exotismo y al poco realista orientalismo que impregna el espíritu de algunas descripciones y narraciones decimonónicas sobre Andalucía, amparadas en la monumentalidad islámica de palacios y castillos como los Alcázares de Sevilla o Córdoba, o la propia Alhambra de Granada, estos intelectuales andaluces recogen usos y costumbres de la época o ya añejas en los momentos en que ellos mismos escriben, con una intención al menos doble: de una parte para dar a conocer unas realidades andaluzas, unas tradiciones y costumbres desconocidas de un territorio a otro, tratando de tejer de ese modo una red intercultural entre las distintas provincias y comarcas de la región.
 
 De otra parte, estos verdaderos antropólogos y etnólogos -unos adelantados a su tiempo- recogían datos y notas sobre tradiciones y costumbres y escribían sobre las mismas con vistas a conservar dichas costumbres en sus textos para el conocimiento de las generaciones futuras, con una clara perspectiva de futuro y con una evidente conciencia de responsabilidad: con la intención de conservar al menos sobre el papel elementos culturales tradicionales en un mundo que estaba cambiando (el de la transición entre ,los siglos XIX y XX) representaba una manera de preservar dicha información para las siguientes generaciones de lectores, para nosotros, los lectores de hoy, por ejemplo.
 
Luis Montoto dedica numerosas páginas y párrafos de sus textos a esa Andalucía tradicional, a esa Andalucía popular, que se transformaba ante sus ojos, lenta pero inexorablemente, a esos hábitos que se han terminado perdiendo (y a otros que se han conservado, quizá contra todo pronóstico), propios de un horizonte social proletario fundamentalmente, y con una especial atención en algunos casos a las clases menos pudientes de su ciudad, de Sevilla, unas clases cuyo perfil puede rastrearse asimismo en las grandes ciudades de la Andalucía de la época, que vienen a coincidir -grosso modo- con las actuales.
En algunas de sus páginas, precisamente, Montoto menciona a Sanlúcar y a la manzanilla; se detiene a considerar usos y costumbres del consumo de este privilegiado caldo en la Sevilla de mediados del siglo XIX. Unos usos y costumbres populares y tradicionales que mucho nos dicen sobre la consideración y el valor social del caldo sanluqueño por excelencia.
 
Cómo, en qué ocasiones y dónde se bebe la manzanilla, quién la consume y cuál es el perfil del consumidor (bebedor, lo llama directamente Montoto Rastentrauch) de nuestro tan particular y elegante vino, cómo se relaciona la manzanilla con otros vinos igualmente consumidos en la Sevilla del siglo XIX, qué diferentes calidades y jerarquías encontramos entre ellos, y qué escalafones y gradaciones se establecen entre los caldos andaluces y foráneos: todo ello lo encontraremos plasmado en unos breves pero sumamente interesantes apuntes recogidos en algunos párrafos de Luis Montoto, unos apuntes que  traeremos a estas páginas en el próximo artículo de esta serie dedicada a la divulgación histórica sobre Sanlúcar de Barrameda.

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