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08 de Septiembre de 2013
 La sirena de doble cola (III) 
Manuel Jesús Parodi.-Como señalábamos en los párrafos del artículo precedente, a la hora de abordar el complejo asunto de la identidad y significado de la sirena de doble cola que preside la Portada homónima en el castillo de Santiago, principal acceso al interior del recinto de dicha fortaleza tardomedieval, edificada como es sabido por el II duque de Medinasidonia y VII señor de Sanlúcar, don Enrique Pérez de Guzmán “el Bueno”, la piedra cuenta, en la Europa medieval cristiana, con unos códigos de lenguaje propios, unos códigos distintos de acuerdo con su naturaleza, sus niveles de actuación y sus canales de comunicación.

De este modo, sabemos que los constructores de grandes edificios, los así llamados “masones” (tan envueltos en las brumas de las leyendas tejidas en torno a su oficio, sus códigos de lenguaje y su presunto “secretismo”) contaban con un lenguaje técnico que les era propio y específico; de otra parte, la religión (y la magia) contaban asimismo con un lenguaje pétreo propio, el que justifica y explica la presencia en tantos edificios de naturaleza religiosa de efigies, figuras, relieves, capiteles y demás elementos constructivos o decorativos de carácter demoníaco o mágico (incluyendo a elementos de clara esencia apotropaica -protectora- puestos en su sitio para proteger al recinto -y a los que al mismo se acercaran- de las malas influencias, o, dicho de otro modo, de la influencia de un Mal que lo impregna todo, que se esconde en las sombras, en los bosques, en los rincones, sótanos y resquicios de la noche, y contra el cual la Luz, encarnada en la Cruz, trata de luchar y sobreponerse.
 
Un código más de lenguaje de la piedra será el que de modo específico atañe a la nobleza europea medieval; se trata en este caso de un código no plenamente unitario, ni internacional, que se materializa fundamentalmente mediante los elementos heráldicos, y que permite a las casas aristocráticas expresarse en distintos niveles de lenguaje: de una parte, les permite exponer los méritos de su linaje, sus relaciones, su pasado y sus hazañas y proezas (reales o asumidas como tales por el linaje y su propaganda); de otra, sirve para poner de manifiesto y hacer públicas las bases esenciales del poder de cada noble casa, mostrándolas y haciéndolas eternas merced a la piedra, al tiempo que ennobleciendo el lugar donde se muestran.
 
Precisamente en este mismo sentido y como hemos manifestado anteriormente, podemos señalar que la sirena del castillo de Santiago lleva adelante una función de doble naturaleza: protege con su cuerpo los escudos del linaje del II duque don Enrique, fautor de la fortaleza y muestra algunas de las hipotéticas señas y claves más profundas del linaje Guzmán, de sus posibles relaciones y redes de parentesco gentilicio, de sus lazos de parentesco…, y de la trama de los que pudieran ser reclamados por la Casa como sus orígenes más remotos.
 
En la dualidad del carácter del lenguaje pétreo -en el marco de referencia nobiliario- la sirena, como símbolo, expresa cosas distintas dependiendo de quién sea el espectador que la contempla: para quienes conocen las claves del lenguaje en el que su simbología se inserta, este ser mítico revela algunas de las claves del linaje que la ha colocado en la principal portada interior del castillo de Santiago (al que cabe considerar como uno de los núcleos mayores de su poder).
 
Sin embargo, para quienes desconocieran los elementos esenciales de este mismo lenguaje (estos es, para el pueblo llano fundamentalmente), la sirena se mostraría esencialmente (lo que no sería poco, en un mundo en el que el simbolismo ocupa un destacado papel a la hora de transmitir mensajes) como un elemento cargado de fuerza, como un ser aterrador, una figura de naturaleza peligrosa que infundiría la inquietud, si no el miedo, de aquellos que (y recordemos que la figura data del siglo XV) tuvieran que enfrentarse a la ciertamente inquietante experiencia de cruzar la portada presidida por este ser mitológico y, por ello y además, pasar por entre las segures (las hachas de carnicero que conformaban el emblema personal del II duque) que flanqueaban la puerta coronada por la sirena, unas segures que apuntaban directamente al cuello de quienes cruzaran dicho umbral.   
 
La representación, la imagen, cumple por sí misma una funcionalidad, y del mismo modo que la fachada de una edificación (y en ello el Gótico y el Barroco serán maestros) presenta al mundo los poderes, el carácter y la identidad de quienes han construido el edificio, o lo poseen, la monumentalización de un determinado aspecto (o espacio concreto) de un inmueble constituye un mecanismo de afirmación de poder, así como de manifestación y refrendo del mismo.
 
La sirena de doble cola nos lleva hasta el Atlántico francés y la Bretaña medieval, hasta las leyendas tejidas en torno al hada Melusina y su relación con el linaje de Lusignan (en cuyo origen se encuentra envuelta este hada de cola de pez), sendas ramas  del cual reinaron en Chipre (entre los siglos XII y XV) y (de forma efímera) en Armenia (en el siglo XIV) tras su frustrado intento de mantener el reino de Jerusalén en manos cristianas a la muerte del infortunado y gran soberano Balduino IV, el rey enfermo que, pese a su mal, fue capaz de mantener su reino mientras vivió sosteniendo para ello un pulso con el no menos grande Saladino.
 
Este elemento a la vez heráldico y mitológico entronca, en un plano simbólico, a la Casa de Guzmán con los orígenes paganos de Europa, con los mitos más antiguos del continente europeo, y, de forma más específica, con las leyendas que subyacían en el origen de una de las Casas nobles más relevantes de la época, los Lusignan, señores de Poitou (en el Atlántico francés), que tenían a Melusina, ser mítico que contaba con un remoto pasado y una larga historia en la que se entretejían relaciones con reyes como los de Escocia, como uno de los elementos fundadores de la Casa.
 
 Melusina, sirena encantadora de mortales, habría desposado con uno de los fundadores de la Casa de Lusignan con la condición de que su esposo no la interrumpiese en su baño; sin embargo, y de acuerdo con el mito fundacional de la Casa, el marido, curioso, no cumplió su palabra y cuando irrumpió en el baño de su esposa, se encontró con la desagradable sorpresa de ver cómo su mujer, en la bañera, tenía cola de pez. Melusina, con un terrible graznido, saltó por la ventana (en esto difieren distintas versiones del mito, como suele suceder), abandonando a su marido y maldiciendo a su linaje.
 
Que las familias nobles europeas hicieran remontar su linaje hasta seres míticos era una costumbre en la Antigüedad: los nobles romanos, por ejemplo, contaban a los dioses entre sus antepasados: Julio César, por citar uno de los ejemplos quizá más conocidos, contaba entre sus antepasados a los dioses Venus y Marte (remontando su linaje hasta Eneas y su hijo Iulo, y, con ello, hasta la propia fundación de Roma, y conectando con el Ciclo Épico Homérico troyano). La nobleza europea de la Alta Edad Media, ya cristiana, volvería a, por así decirlo, reverdecer estos laureles: así, la aristocracia europea de estos siglos tradicionalmente tenidos por oscuros no vacilaría, pese al cristianismo, a la hora de buscar parentescos mitológicos y construir orígenes maravillosos para sus linajes (o, si no a volver a buscar conexiones dinásticas con elementos míticos, sí a reencontrar estéticas mitológicas para unos gobernantes europeos que, como Carlos V, se buscan en la estética de Hércules).
 
Quizá sea éste el marco simbólico en el que pueda ubicarse mejor a la sirena de doble cola del castillo de Santiago; quizá desde sus pétreas alturas este ser maravilloso nos está hablando de un reclamando parentesco de los Guzmán con la nobleza francesa (y, por extensión, europea) altomedieval; quizá quiera proclamar, en su lenguaje de piedra, un remoto origen mítico de la Casa de Medinasidonia, en un código de lenguaje abierto para muy pocos.
 
En cualquier caso, Melusina sigue protegiendo a los escudos de la Casa, y continúa guardando la entrada del castillo hoy como hace más de medio milenio.


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