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Apuntes de Historia XXXV
 
 
 
 
 
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01 de Septiembre de 2013
 La sirena de doble cola (II) 
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-La sirena de doble cola adorna y preside, a la vez sorprendente y amenazadora, la portada principal interior del castillo de Santiago, como sabemos y hemos apuntado en el precedente artículo de esta serie. Este símbolo mágico, mitológico, el de la sirena, aparece aquí representado como un ser mitad pez, mitad mujer, mientras sucede que en otras variantes del mito, como en la tradición homérica de la antigua Grecia, la sirena aparece representada como un ave terrible con cabeza humana, generalmente femenina, pájaro horrendo que atormenta a los hombres con sus graznidos estruendosos y que, sin embargo, puede encantar fatalmente a los humanos con lo dulce de su canto en caso de querer llevarlos a la perdición (y de ahí la expresión “cantos de sirena”), como casi llegase a suceder con Ulises y sus marineros, librados de tamaño peligro gracias a la astucia -una vez más- del itacense hijo de Laertes.

Esta portada, obra de Marino de Nápoles, el “Marinu de Nea” que la firma (de confiar en la lectura convencional del epígrafe que rubrica los soportes en que termina el baquetón que enmarca el relieve), se encuentra rematada en estilo isabelino (la aproximación castellana a las dulces formas del manuelino portugués coetáneo) por un arco conopial, estando adornada por dos escudos, el de los Guzmán y el de los Mendoza (linajes cuyas sangres se funden en la Casa Ducal), encontrándose éstos sostenidos precisa y no casualmente por la sirena entre sus brazos y cada una de sus dos colas, en un claro gesto protector.
 
Esta pétrea sirena con su cola dúplice no es el único símbolo amenazador (o de poder, dicho más suavemente -si queremos) que se asoma desde los muros del castillo y se muestra, de este modo, ante quienes fueran a cruzar los umbrales interiores del castillo: a ambos lados de la portada, dos segures (hachas de carnicero) señalan el poder de vida o muerte del señor de Sanlúcar, su dominio sobre el castillo, la villa y las tierras, su señorío territorial y jurisdiccional sobre Sanlúcar de Barrameda, su gente y sus lugares.
 
Las segures, que conformaban el emblema personal del II duque de Medinasidonia y VII señor de Sanlúcar, don Enrique Pérez de Guzmán el Bueno (como los kraken -los calamares gigantes- lo fueran de su antecesor, el I duque, don Juan, unos calamares gigantes -un elemento adscrito al vasto campo de los mitos marinos hasta que se comprobó fehacientemente su existencia, sólo en el pasado siglo XX- que se muestran en los muros interiores del monasterio de San Isidoro del Campo, en la sevillana localidad de Santiponce, uno de los núcleos primeros del poder de la Casa de Guzmán, como señalábamos en el capítulo anterior), las segures, decíamos, no aparecen sólo en este lugar, a ambos lados de la Puerta de la Sirena, sino que se asoman nuevamente a la mirada de propios y visitantes en el interior de la fortaleza, en el Aula Maior, desde cuyas alturas vigilaban (y lo siguen haciendo hoy día) a quienes se aproximasen a los accesos interiores de la Torre del Homenaje, esto es, a las inmediaciones del núcleo y corazón del sanluqueño castillo de Santiago, y con ello, al menos simbólicamente, a uno de los núcleos esenciales de la manifestación del aparato del poder señorial de los duques de Medina Sidonia .
 
Las segures del II duque, su significado y su lema, cuentan con suficiente entidad como para que les dediquemos, en un futuro, un espacio propio en esta serie, por lo que no habremos de abundar ahora, en estos párrafos, en lo relativo a su significado, carácter y naturaleza; diremos tan sólo que una más de estas armas (de impronta tan explícita) se muestra asimismo en una de las Puertas de la ciudadela medieval de la localidad gaditana de Vejer de la Frontera, dando nombre a la misma: la Puerta de la Segur.
 
La piedra cuenta con un lenguaje propio, en sus formas y en sus manifestaciones, en sus aspectos estructurales y en sus elementos decorativos, ornamentales y simbólicos: no estamos descubriendo nada nuevo al respecto. Los grandes edificios medievales (en el fondo, hijos de la Romanidad) como los grandes edificios religiosos, el culmen de los cuales serían las catedrales góticas, junto a los grandes edificios nobiliarios, los palacios y, muy especialmente, los castillos, cuentan con un cuerpo de especialistas constructores, los maestros constructores a los que la tradición francesa denomina “masones” (la “masonería” es, literalmente y en origen, el arte de la construcción).
 
Junto a los constructores, maestros en el lenguaje estructural de los edificios (el “arte mayor”, que podríamos decir, siquiera en referencia a los volúmenes de lo manejado), es menester mencionar a los canteros, maestros en el lenguaje simbólico estético decorativo (una suerte de “arte menor”, siguiendo el mismo criterio marcado antes). Ambos, constructores y canteros, los maestros y los trabajadores de la piedra (de la piedra como elemento de sustentación y construcción, pero también de la piedra como elemento decorativo), dominaban los códigos estéticos e internos del lenguaje de la piedra, un lenguaje no accesible a los profanos.
 
El lenguaje de los constructores, tan envuelto en el misterio, no es el único código que revela la piedra construida: la religión (y la magia) cuentan con sus propios códigos, que se ponen de manifiesto no sólo en las imágenes del culto cristiano, sino en la cantidad de elementos mitológicos y mágicos que se asoman a los arcos, capiteles, arbotantes, pilares, columnas, remates, tejados, fachadas, portadas, muros y demás lugares y espacios de nuestros templos medievales (especialmente en los templos, pero no sólo en dichos edificios religiosos). Sin ir más lejos, la espléndida portada principal de la parroquia de Nuestra Señora de La O, en la misma Sanlúcar, en el corazón del Barrio Alto, puede servir de testimonio y refrendo de lo dicho a poco que la contemplemos con cierto detenimiento…
 
Otro código de lenguaje de la piedra es el de la nobleza medieval europea; es un código relativamente fragmentario, no del todo internacional, que se muestra principalmente a través de los elementos heráldicos, y que sirve a las casas nobiliarias para expresarse en varios niveles de lenguaje, señalando sus méritos, relaciones, pasado y hazañas, y poniendo de manifiesto las bases del poder de cada casa aristocrática, mostrándolas y eternizándolas merced a la piedra.
 
En este sentido, cabe señalar que la sirena de nuestro castillo cumple una doble función: de una parte protege con su propio cuerpo, al enmarcarlos, los escudos del linaje del II duque, constructor de la fortaleza, y de otra, presenta (y representa en sí misma) algunas de las posibles claves del linaje, de sus relaciones, de sus redes de consanguinidad, de sus lazos de parentesco y de la traza de sus posibles orígenes más remotos.
 
En este doble nivel de lenguaje pétreo –nobiliario- al que venimos haciendo referencia, pues, la sirena dice cosas distintas dependiendo de quién la contempla: para quienes conocen el lenguaje en el que se inserta su simbología, revela claves del linaje que la ha colocado en la puerta principal de uno de los núcleos simbólicos mayores de su poder, el castillo de Santiago; para quienes desconocieran este lenguaje, se trataría simplemente (y como si ello fuera poco) de un elemento aterrador, un ser de peligrosa simbología que, cuando menos, provocaría el miedo de quienes (en el siglo XV, recordemos) se enfrentaran a la no menos peliaguda circunstancia de pasar por entre las segures que flanqueaban la puerta coronada por la sirena.   
Y en los próximos párrafos abundaremos en la simbología de la sirena, y en su mensaje, doble como su cola… 

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