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10 de Agosto de 2013
Évora y las fronteras de Hasta Regia (II)  (I)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-En el texto de la semana pasada tratábamos de aproximarnos a las posibles relaciones existentes en el arco de tiempo comprendido entre los siglos V y II a.C. entre la “ciudad” o “castellum” (dependiendo de las fuentes consultadas) de Évora y el gran núcleo turdetano de la actual provincia de Cádiz, la ciudad de Asta Regia, de la cual Évora podía ser un centro subsidiario.
Este núcleo turdetano de Évora estaba emplazado en un marco estratégico como era el del borde litoral sur del lago Ligustino (o del arco costero de la antigua paleobahía del río Baetis), entre el ámbito marino y fluvial y la marisma interior, encontrándose a resguardo del primer impacto de los viajeros por mar (que podían ser vistos, sin ver) así como bien comunicado con otros emplazamientos humanos del entorno y situado en lo que habrían podido ser los límites (por el Occidente) del área de influencia de Asta frente a las tierras del borde litoral extendidas entre las bocas del lago ligustino y la Bahía gaditana, unas tierras y un litoral ya situados en la órbita primero fenicia y luego púnica y articulados desde la vieja colonia tiria del archipiélago gaditano, Gadir, una presencia cartaginesa acentuaría sus niveles de penetración y control del territorio (en el sur y levante ibéricos) a raíz de su derrota ante las armas romanas en la Primera Guerra Púnica (siglo III a.C.).

Cartago habría centrado sus esfuerzos, perdido su dominio sobre su imperio insular del Mediterráneo Central (Sicilia, Cerdeña y Córcega) a manos de Roma, en construir un nuevo espacio de dominio en tierras peninsulares, como es sabido, buscando soluciones distintas a problemas diferentes en cada caso particular a la hora de establecer relaciones de alianza o control sobre los núcleos indígenas de las regiones que paulatinamente pasarían a estar bajo control cartaginés en la Península Ibérica.
El Santuario de La Algaida, por su parte, habría podido (en este mismo contexto temporal) pertenecer a dicho horizonte cultural fenopúnico ya desde antes de la I Guerra Púnica, señalando quizás con su presencia y sacralidad los límites de un territorio bajo control primero gadirita y luego cartaginés (aunque debemos huir de hacer discursos lineales sobre este argumento y período).
 
Con la relación entre Évora y La Algaida, con el rol añadido del papel de los santuarios (caso de La Algaida) como elementos vertebradores del territorio, se hace más factible pensar que el elemento púnico y la "degeneración" del enclave evoritano son (como se ha señalado en el artículo precedente) claves a la hora de entender la evolución de los sitios (de Évora y del “lucus” de La Algaida) y del territorio, un territorio (valga el símil) que se articula en función de la tierra, pero también -y fundamentalmente- en función del río (y el mar).
 
Así, quizá pudiera considerarse que una hipotética pérdida de rol como enclave portuario costero -¿aterramiento de la costa en ese espacio, cambio de la realidad de la navegación?- habría podido ser uno de los factores que coadyuvaran a llevar a Évora a la consunción..., quizá en beneficio de otros enclaves relativamente cercanos, como Nabrissa (la actual Lebrija).
 
Tema distinto (pero confluyente en este caso) es el del papel de los santuarios especialmente los de origen fenicio) en la Antigüedad; es menester señalar (huyendo de tópicos), que éstos disponen de un nítido valor como elementos ordenadores del espacio, en un sentido religioso como territorial;entre otros “exempla”, véase en un entorno cercano al nuestro (y perteneciente al mismo horizonte cultural en la Antigüedad) el caso de la Bahía de Cádiz, las claves de acceso a cuyo ámbito costero (sus límites, si queremos) están marcadas por la presencia de los santuarios de las islas mayor y menores (los santuarios de Melkart, en el vértice sur del acceso a la Bahía, y de Astarté y Baal, guardando el acceso septentrional a la misma).
 
Los santuarios costeros (como bien sabemos y han estudiado especialistas como Eliade, Polanyi, Pellicer, Aubet o Escacena) sirven como apoyo material a la navegación (al arte de navegar), como apoyo al comercio (contando además con una función económica bastante clara), y como elementos vertebradores del territorio, contando con unos roles distintos en función de las épocas y de las estructuras y horizontes culturales a los que se encuentren adscritos (o, dicho de otro modo, del poder político y territorial bajo el que se encuentren).
 
Volviendo a la relación entre Évora y La Algaida (que es volver a la naturaleza de cada sitio y a su hipotética pertenencia a un horizonte cultural determinado), la historia “oficial” parece expresar las cosas con bastante sensatez: se habría tratado (en el caso del núcleo evoritano) de una ciudad portuaria (polis) no excesivamente grande, que después de la romanización (tras la implantación del poder romano en estas tierras, en el siglo II a.C.), habría perdido relevancia y entidad; algunos investigadores estiman que en estos momentos (previos a su desaparición definitiva), Évora habría pasado a ser un “castellum”, un pequeño núcleo fortificado. La existencia de poblaciones (fortificadas o no) en los límites/márgenes de un territorio (como el astense) es completamente factible, como parecen probar la Turris Lascutana y el yacimiento de Gigonza (como señalamos en los párrafos del artículo precedente).
 
En cualquier caso, podríamos contemplar la evolución de Évora entre los siglos V y II a.C. apreciando la existencia de un núcleo humano de población quizá con mayor entidad en época turdetana (en lo relativo a su tamaño, a su rol como núcleo definidor de un territorio quizá limitáneo entre Gadir y Asta Regia, y, por extensión, a su papel económico en su contexto histórico), y más que posiblemente con menor peso y con un carácter paulatinamente residual hasta su consunción y desaparición final, ya en época romana.
 
De otra parte, con el de La Algaida nos encontramos ante un santuario costero al uso. Pero podría señalarse que la afirmación de la realidad territorial de los turdetanos frente a la Cádiz fenicia a partir del siglo IV a.C. pudiera llevar aparejada una cierta rivalidad y una cierta tensión en los límites entre ambos mundos (y quizá no sólo en los límites), marcados por santuarios que sirvieran a la vez a una función religiosa (de sacralización del espacio) política y territorial (de afirmación de soberanía, de presencia y dominio), y económica (de puntos de contacto comercial e interacción consentida “a la sombra” de una divinidad: en ese espacio sacro, sujeto a la protección de un dios, podría encontrarse un lugar “neutral” donde interactuar, y donde llevar a cabo transacciones de naturaleza comercial así como -quizá- acciones de una naturaleza que hoy día llamaríamos política o diplomática).
 
En estos momentos de los siglos IV y III a.C., el “modus” púnico de organización territorial en el Norte de África y el que pudiera encontrarse en torno a Asta (y, por extensión, a la orilla izquierda del Baetis) pueden ser compatibles. Eso ayudaría a explicar la evolución de Évora, paralela (“plus minus”) a la de Asta Regia; esto es, ayudaría a contemplar como un todo la organización del territorio del eje Guadalquivir-Guadalete en los siglos IV-III a.C. Los límites entre esos dos mundos, paralelos y coexistentes, púnico y turdetano (con Gadir y Asta como cabeceras en esta zona) y las fronteras de sus respectivas áreas de influencia bien podrían estar delimitadas por santuarios que sirvieran para sacralizar el espacio y su inviolabilidad...
Quizá éste (entre otras funciones) pudiera haber sido el rol del Santuario de La Algaida, un espacio sagrado eje entre dos mundos: el indígena y el fenicio… Una vez más Gerión y Melkart.

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