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27 de Julio de 2013
Revista Onoba 2013, Nº 01   y.... (V)
Manuel Jesús Parodi Álvarez, coautor.-  Los trabajos de investigación efectuados por César L. de Montalbán desde principios de los años 20 del siglo pasado (en yacimientos como los de Lixus, Mezora o Tamuda) hacían necesario disponer de un Museo para albergar los materiales fruto de dichos trabajos (hasta entonces almacenados en instalaciones de Larache y Tetuán). Así, ya en la década de los 20 del siglo XX se habría contado con depósitos o almacenes que habrían servido a estos fines. Finalmente, y como consecuencia de varios factores entre los que cabe contar la propia y paulatina puesta en funcionamiento de las estructuras administrativas y de gestión del Patrimonio Histórico en el Protectorado, así como del desarrollo de los trabajos de campo (igualmente ligados al desarrollo de las referidas estructuras) que inicialmente echaron a andar a principios de los años 20 del siglo pasado, y ampliamente superadas las posibilidades de los depósitos y almacenes existentes, en la ciudad de Tetuán se habilitaron unas dependencias de un edificio de la calle Mohammed Torres (en el nº. 7), en las que habría quedado establecido el Museo en el mes de noviembre de 1931; el responsable de dicho Museo debió ser César L. de Montalbán.

Andando el tiempo, pocos años más tarde, en 1938 (mismo año de la inauguración de otros dos señeros equipamientos culturales de Tetuán: la Biblioteca General y la Hemeroteca), se decidiría trasladar el Museo (cuyas instalaciones eran ya insuficientes, lo que lleva a pensar que lo fueran ya desde inicio), comenzando las obras de la nueva sede en 1939, en la calle Mohammed ben Hossain, junto al Bajalato de la ciudad, justo fuera de la Medina y cerca de una de sus Puertas; el nuevo Museo se situaba (y se sitúa) en una zona axial, de confluencia entre las dos áreas urbanas bien identificadas de la Tetuán histórica: la Medina medieval y el Ensanche español, y se convertiría en el vehículo articulador de la gestión del Patrimonio Arqueológico en el territorio del Norte de Marruecos desde el mismo momento de su puesta en funcionamiento, en el verano de 1940 (el 19 de julio de dicho año, fecha no dejada al azar), merced al impulso de su director, Pelayo Quintero, quien habría de ejercer una doble responsabilidad: inspector de excavaciones y director del Museo Arqueológico de Tetuán; Quintero Atauri vino a ser la figura de máxima autoridad en materia de gestión pública del Patrimonio Arqueológico en el Norte de Marruecos bajo administración conjunta hispano-marroquí, bajo la dirección de las autoridades de la Alta Comisaría Española (donde el ya mencionado Tomás García Figueras jugaría un papel esencial) y del Majzén (la administración marroquí bajo la autoridad del Jalifa) entre  1939 (año de su entrada en Marruecos) y 1946 (añode su fallecimiento en Tetuán). Este Museo de la calle Ben Hossain habría de convertirse desde su puesta en marcha, como hemos adelantado, en el eje articulador y en el elemento nuclear del trabajo de investigación arqueológica de campo, y funcionaría como elemento rector de la investigación y el trabajo sobre el terreno, gracias, además, a la labor de su director, Quintero, al frente del servicio de la Inspección General de Excavaciones del Protectorado, lo que se conjugaba con sus responsabilidades al frente del propio Museo, una institución del Patrimonio que habría de ser mucho más de un mero “depósito de colecciones” (como habría sido el caso de las instalaciones precedentes, de los años 20 y de 1931), alejándose definitivamente del perfil de “almacén de piezas” (procedentes de las excavaciones de yacimientos arqueológicos del territorio) que sí habrían tenido sus precedentes, y que se convertiría en un núcleo activo de la investigación, la gestión y la difusión del Patrimonio Arqueológico del territorio bajo su responsabilidad.
 
La figura de Quintero Atauri en el marco de la Arqueología del Norte de Marruecos marcaría el ocaso de una época, la de la Arqueología como una realidad academicista y voluntarista, aún impregnada de anticuarismo, y el principio de otra, la de la Arqueología académica, científica y considerada como una rama de la administración pública, de la gestión del Patrimonio Histórico. Tras un breve lapso (comprendido entre la muerte de Quintero, en 1946 y la llegada de quien habría de sucederle en sus responsabilidades, Miquel Tarradell, en 1948) se abriría paso a una nueva etapa, con la que se alcanzaría la consolidación de una Arqueología “nueva”, profesional, universitaria e imbricada en la gestión pública del Patrimonio en el Norte de Marruecos (de manera pareja y paralela a lo que vendría sucediendo en España).
 
Los difíciles años de la II Guerra Mundial habrían de representar en el Norte de Marruecos, en la Zona Española del Protectorado, y en lo relativo a la Arqueología en el territorio bajo gestión conjunta hispano-marroquí, un momento de establecimiento y de construcción de estructuras de gestión del Patrimonio Arqueológico del territorio (si bien es de señalar que esto no sería algo exclusivamente orientado a la materia arqueológica). Mientras el resto del mundo se hacía la guerra, en el Norte de Marruecos, pese a las dificultades propias del momento y al propio cariz de la situación del territorio, se estaban sentando las bases de la gestión del Patrimonio Histórico desde el prisma de una administración a la, que no podemos considerar sino en su contexto histórico, social, económico y político. Quintero, primero, y Tarradell inmediatamente después, sentarían los cimientos (sin pasar por alto a García Figueras, “motor remoto” de esta acción) de la conservación, la investigación, la difusión y la aplicación de la protección del Patrimonio Arqueológico del Norte de Marruecos en los años 40 y 50 del siglo pasado.
 
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