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02 de Junio de 2013
Antonio Ponz, viajero en Sanlúcar (I)”
Manuel Jesús Parodi.-Una de las obras descriptivas de mayor relevancia y peso publicadas en nuestro país en los últimos doscientos años es, sin lugar a dudas, el “Viage de España” (sic), trabajo publicado de forma póstuma (ya que su autor murió antes de que la totalidad del mismo viera definitivamente la luz, tan ardua hubo de resultar la tarea…) por don Antonio Ponz, “secretario que fue de Su Majestad y Consiliario de la Real Academia de San Fernando, individuo de la Real de la Historia y de las Reales Sociedades Bascongada y Económica de Madrid, etcétera” (sic), según reza la portada de la edición facsímil de su trabajo publicada por Ediciones Atlas en Madrid, hace ya tres décadas (en 1972, lo que va haciendo de esta edición facsímil casi una antigüedad en sí misma: cuenta con más de cuarenta años desde su publicación), que es la que manejamos.

Este trabajo, que podemos calificar de ingente sin temor a caer en la exageración ya que consiste en una monumental recopilación de datos de la España de finales del siglo XVIII (entre los reinados de Carlos III y Carlos IV), habría de ser finalmente concluido y editado por el sobrino del autor (a la muerte del referido don Antonio, como hemos mencionado), Joseph Ponz, y vería originalmente la luz en la villa de Madrid, en la imprenta de la viuda de Joaquín Ibarra, estando el mismo compuesto por dieciocho volúmenes en los que don Antonio Ponz recoge información de todos los rincones de la Península y de todos los reinos peninsulares de la Monarquía Hispánica.
 
Entre aquellos escritores y viajeros que nos han legado testimonios sobre Sanlúcar de Barrameda a lo largo de los siglos contamos, como hemos señalado, con lo que podríamos denominar “viajeros profesionales”, de una parte, y con aquellos otros que simplemente se entregaban a las virtudes (y vicisitudes, en algunos casos) de un itinerario no siempre marcado de antemano, de otra.
Entre los primeros podemos citar a don Antonio Ponz, quien como delegado real recorrió la España de finales del XVIII por encargo de Carlos III (en lo que sería refrendado por el hijo y sucesor de aquél, Carlos IV), presentando un monumental informe resultado de sus pesquisas; Ponz, de este modo, se insertaría en una categoría especial: la de los “viajeros oficiales”, ya que sus escritos respondían a una tarea oficial, a un encargo regio, a una inspección e informe en el que se mostrase el estado de las cosas en los territorios de la Corona (una tarea la de Ponz, que como en tantas ocasiones sucede, comenzaría teniendo una naturaleza determinada y derivaría hacia otros derroteros, por azar o intención, ampliando los márgenes del campo de trabajo trazado en un principio).
 
Hemos querido traerlo a colación aquí, a estos párrafos y a esta serie, porque entre los paisajes que retrata dedica algunas líneas (no pocas) a la Sanlúcar de la época de Goya y Carlos IV, la de la última década del Setecientos, la de Godoy y Pepita Tudó, la de Esteban de Boutelou y el primer Botánico…, un momento de renovado esplendor en la Historia de la localidad que habría de cristalizar en la creación de la Provincia Marítima de Sanlúcar, un breve paréntesis (comprendido entre los últimos momentos del siglo XVIII y los muy primeros años del siglo XIX), un suspiro casi, inmediatamente anterior a la invasión francesa, con la consiguiente Guerra de la Independencia (1808-1814) y la pérdida de la Colonia, de la América continental española (1810-1824), y -con ello- de la terrible crisis que se abatiría sobre España tras el aciago comienzo del Ochocientos.
 
De este modo, pues, Antonio Ponz incluye en su relato algunos datos sobre la historia, el paisaje urbano y natural, el entorno, los monumentos y la ubicación de Sanlúcar de Barrameda, deteniéndose especialmente en el retrato del Parque de Doñana; del mismo modo lleva a cabo un sugerente retrato que nos evoca una localidad que disfrutaba a fines del Setecientos de una época de cierto esplendor y riqueza, antes de que los conflictos que abrieron el siglo XIX acabasen por dar al traste con este aparentemente tan “dorado” como breve periodo local.
 
Antonio Ponz comienza la “Carta IV” del tomo XVIII de su “Viage de España” (sic) con los párrafos y páginas dedicados a Sanlúcar de Barrameda, mencionando que esta ciudad ya en época antigua “…no dexa de hacer su papel…”, señalando con ello la relevancia de que estas tierras ya gozaron en la Antigüedad. Es de notar que, por el tenor y el tono de sus palabras, Ponz deja claro su contento por visitar Sanlúcar, de la que se despedirá con cierto sentimiento llegada la hora.
 
En este sentido, don Antonio Ponz no se abstiene de mencionar que a su juicio se trata de un “…excelente territorio…”, para abundar en sus elogios diciendo del paisaje y emplazamiento de la ciudad que “…la situación es maravillosa…”, refiriéndose a la relación entre el río y la ciudad y dejando poco lugar a dudas sobre su positiva consideración acerca de Sanlúcar.
 
Abundando en este mismo tono positivo, nuestro autor y viajero ilustrado señala a continuación de los párrafos anteriores que “esta ciudad se ha mejorado mucho de diez y siete ó diez y ocho años a esta parte, que fue la primera vez que la vi…”. De esta manera señala cómo el reinado de Carlos III habría debido resultar beneficioso para la ciudad, a su juicio, al mismo tiempo que nos informa de que habría realizado ya con anterioridad una visita a Sanlúcar, previa a su inspección oficial. Ello explica su relativo (aparente, al menos) conocimiento de la realidad de la población de la época, al tiempo que nos hace comprender cómo podía disponer de elementos de contraste suficientes a la hora de emitir juicios (generalmente positivos, todo sea dicho) acerca de los distintos elementos y aspectos de la localidad a los que don Antonio hace referencia en sus textos.  
 
Estas mejoras en el estado de la ciudad en la segunda mitad del siglo XVIII, como consecuencia del gobierno ilustrado de Carlos III (algo que no se dice explícitamente, pero que está implícito y latente en el fondo del discurso ponziano, agente del Estado, no lo olvidemos) habrían afectado muy positivamente al conjunto de la ciudad en sí, a su aspecto, su limpieza, su caserío y su callejero, en la comparativa establecida por el relator.
Uno de los espacios con entidad, carácter y personalidad propios que a don Antonio Ponz causaron más efecto sería, sin perjuicio de otros rincones sanluqueños presentes en el texto de nuestro autor y sobre los que nos detendremos en próximos párrafos de esta serie, sería, decíamos, el de la finca de El Picacho, a la que califica en primera instancia de “…establecimiento moderno…”, para seguir diciendo que “…es el sitio y casa de recreo llamada del Picacho…”, del que inmediatamente menciona sus “…jardines, huertas y plantaciones…”, no vacilando en tildarlo de “…amenísimo sitio…”, y abundando en el detalle de que “…ocupa la parte elevada de la Ciudad…”. 
 
De acuerdo con su relato, el Picacho era propiedad de D. Ignacio Díaz Saravia, “…vecino de Cádiz…”, quien, sin duda preso de los encantos de esta maravillosa finca residía en la misma “…la mayor parte del año…”. Habría sido por mano de este propietario que la finca del Picacho habría experimentado notables mejoras, hasta convertirse en un “…recinto de delicias…”, cuando poco tiempo antes habíase tratado de una realidad bien distinta (Ponz emplea el término “derrumbaderos” para referirse a este espacio, haciendo de este modo hincapié en su mejora).
 
Cinco fanegas de tierra (la fanega es también una medida tradicional de superficie agraria; una fanega equivale a la superficie de 10.000 varas cuadradas, cuya relación con el metro es aproximadamente de 0,65) ocupaba el espacio de este sitio de recreo, encontrándose en dicho marco “…abundantes naranjales de las mejores castas de España, y hasta del Reyno de Marruecos…”; pero no serían los cítricos los únicos en reinar en el Picacho: Ponz señala que existían “…frutales de todas las suertes (…), todas las especies de frutales que conocemos, y algunos que no se conocen…”, aserto que nos parece ligeramente exagerado…, y que no es el último comentario ponderativo que Antonio Ponz dedica a esta finca, tan relevante en el siglo XVIII como hoy día en el conjunto del caserío sanluqueño (por motivos diferentes, bien es cierto), a tenor de las palabras que le dedica este inspector de la Corona.


  
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