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26 de Mayo de 2013
Ribat sanluqueño
Manuel Jesús Parodi.-En la anterior entrega de esta serie tuvimos ocasión de abordar el tema de las “razzias” vikingas que en el siglo IX atacaron al Emirato de Córdoba y que, tras asomarse infructuosamente a las puertas de Lisboa terminaron por asolar la ciudad de Sevilla en dos intentonas finalmente frustradas por el ímpetu Omeya, en los años 844 y 859 de nuestra Era, no pudiendo consolidar una base territorial normanda en la Baja Andalucía como sí pudieron hacerlo estos “hombres del Norte” en el Septentrión de Francia, con la creación del ducado de Normandía, y en el Meridión de Italia, con el Reino (en primera instancia, condado) normando de Sicilia.
Si bien la primera expedición de saqueo, del año 844, habría de resultar frustrada por la reacción del estado Omeya de Córdoba, como señalábamos en el anterior artículo, esta expedición de saqueo, finalmente ahogada en la batalla de Tablada junto a Sevilla, sería la causa de que el soberano cordobés Abderramán II se viera movido a fijar sus ojos (y con ellos su preocupación) en la frontera constituida por sus costas occidental y meridional.

Así, el emir Abderramán II tomaría medidas preventivas frente a los peligros provenientes del mar (desde el Norte, en el caso de los vikingos, desde el Este y el Sur, en el caso de los piratas sarracenos y berberiscos, que también representarían un peligro para Al Andalus), unas medidas como el impulso a su flota de guerra y la protección de las costas mediante la construcción de fortalezas costeras (puntos fuertes en el litoral), los “ribats” o “rábitas” que encontrarían paralelos asimismo en las fortificaciones litorales erigidas en las costas levantinas por estas mismas fechas y motivos.
 
Señalábamos cómo hoy algunos de dichos “ribats” o “rábitas” pueden rastrearse en algunos topónimos como los de Arrábida (en Portugal) y la capital de Marruecos, la ciudad de Rabat; ya en un contexto más inmediato a nuestro entorno podemos señalar en este sentido a localidades del Golfo de Cádiz como La Rábida (en la provincia de Huelva), o Rota (en Cádiz). Por otra parte, y junto a estas evidencias toponímicas, es de señalar que si bien en el nombre de la vecina localidad de El Puerto de Santa María (de entero origen alfonsí: “Santa María del Puerto” es el nombre que el Sabio Alfonso X otorgaría a la localidad de Alcanate) no encontramos un topónimo evocador de las “rábitas” islámicas, en los trasfondos de su castillo de San Marcos (reedificado por Alfonso X sobre estructuras precedentes) sí podemos hallar la evolución de lo que habría sido originalmente un “ribat”, destinado precisa y no casualmente a la guarda y custodia del río Guadalete, que era navegable más allá de El Portal y la zona de La Cartuja, hasta tierras jerezanas en época medieval.
 
El río Guadalquivir es una vía rápida de penetración al interior de la Baja Andalucía: quien controla el río tiene las claves para apoderarse de la ciudad de Sevilla y con ambos, de todo el Bajo Guadalquivir entre la capital hispalense y Sanlúcar de Barrameda, al tiempo que dispone de una bonísima cabeza de puente en el corazón de las tierras béticas.
 
Roma se aseguró el control del río, y sobre su eje el emperador Augusto diseñó (no casualmente) la provincia Baetica. Los bizantinos navegaron sus aguas hasta Sevilla en época visigoda (siglo VI d.C.), como sabemos gracias a la Arqueología; los vikingos asolaron dos veces Sevilla tras haber penetrado por el río en el siglo IX, como venimos viendo; los castellanos de Fernando III conquistaron Sevilla por el río: fue la flota cántabra de Bonifaz la que abrió las puertas de Sevilla para el Rey Santo, a mediados del siglo XIII (en el año 1248, para ser más exactos); como vemos, se trata de un fenómeno recurrente: para conquistar Sevilla es necesario controlar el río, y para controlar el río es imprescindible asegurar la guarda de sus bocas, de su desembocadura: de lo que hoy es Sanlúcar de Barrameda. 
 
Así, bien pudiera ser que una de las sorpresas que la Arqueología pudiera ofrecernos algún día en el territorio de Sanlúcar, quizá por la Almona, quizá por el Barrio Alto, quizá en ambos lugares, fuera encontrar las trazas de un “ribat” emiral del siglo IX, de época de Abderramán II y Mohamed I, una edificación de carácter mixto, militar y defensiva al tiempo que religiosa (una rábida tiene una naturaleza dual: es una estructura defensiva al tiempo que religiosa) en la que pudiera encontrarse el núcleo embrionario original de lo que, con el paso del tiempo (de los siglos) habría podido llegar a convertirse en un alcázar (Qasr), un castillo (Hisn), el Castillo de las Siete Torres de época ya califal o almohade (siglos X-XII) para, más tarde aún, dar forma a la acrópolis guzmana de Sanlúcar de Barrameda.
 
Es necesario considerar, como hemos señalado, que entre el hipotético ribat emiral Omeya del siglo IX y la presencia guzmana y los primeros momentos del Palacio Ducal de Medinasidonia, a finales del siglo XIII y principios del siglo XIV, y aún más, hasta el Castillo de Santiago, del siglo XV, hemos de contar con que median varios siglos; entre tal hipotético ribat sanluqueño y el Castillo de Santiago, en concreto, nada más y nada menos que medio milenio de Historia. Que no es precisamente poca cosa ni poco tiempo.
De este modo, podríamos encontrarnos ante existir un mismo hilo conductor que nos llevara, en Sanlúcar, desde el siglo IX (con el hipotético “ribat” omeya) hasta el siglo XIV (con el Palacio Ducal), pasando por el Castillo de las Siete Torres y el alcázar islámico (de épocas califal o almohade, siglos X-XII), del que se conservan elementos estructurales como algunos arcos de las galerías exteriores del Palacio de Medinasidonia. 
 
Sanlúcar, como sucede en el caso de la vecina población de El Puerto de Santa María, habría contado con una historia propia muy anterior a la presencia y la época islámica; el territorio que hoy constituye el término municipal de Sanlúcar de Barrameda habría sido un espacio habitado desde época prehistórica, por no hablar de la protohistoria y el feraz mundo tartésico; asimismo cuenta con un rico horizonte cultural en época antigua, como apuntan las fuentes históricas; a falta del refrendo definitivo de la Arqueología de cara a poder valorar plenamente el peso y papel de estas tierras en época antigua, nombres habituales como los del Luciferi Fanum, Évora, Monte Algaida, Lux Dubia, Venus Marina, Astarté, entre otros, jalonan el horizonte de la Historia Antigua en nuestro territorio, de las épocas prerromana y romana en la desembocadura del Guadalquivir.
 
Al mismo tiempo, es necesario considerar el peso de la fase islámica en el bagaje histórico general de Sanlúcar de Barrameda, con una más que clara presencia de esta facies histórica y cultural en nuestra acrópolis del Barrio Alto, conservada en la memoria colectiva de la ciudad y cristalizada bajo el nebuloso perfil del Castillo de las Siete Torres.
 
Quizá uno de los embriones del nuevo desarrollo como núcleo urbano de la Sanlúcar medieval en época islámica pudieron precisamente ser esas estructuras defensivas emirales que en forma de “rábitas” podían haberse constituido como salvaguarda de estas costas y del río ya desde el siglo IX; entre Abderramán II y Felipe II corre más de medio milenio, pero en fin de cuentas fueron unas necesidades geoestratégicas muy similares las que llevaron a ambos monarcas hispanos a fortificar las costas mediante estructuras defensivas como torres (en el caso del Habsburgo) y “rábitas” (en el caso del Omeya), uno en el siglo IX y otro, medio milenio más tarde, en el siglo XVI.
 
Quizá, insistimos, bajo los perfiles del actual Palacio de Medinasidonia, de la Parroquia de la O y de la trama del núcleo central del Barrio Alto puedan encontrarse los nexos de unión que a través de las nubes del tiempo nos conduzcan a un pasado milenario, a un milenio atrás, a los días en los que desde la atalaya del “ribat” barrioalteño los vigías omeyas contemplasen la llegada de las velas normandas en su trágico viaje río arriba, a ninguna parte, a aquella Isbiliyya que sería su último destino.
 


 
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