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19 de Mayo de 2013
 “Vikingos en Sanlúcar”
Manuel Jesús Parodi Álvarez.- Pese a lo que pueda parecer a priori, ni nos hemos vuelto locos ni hemos perdido los puntos de referencia. Es cierto que el título del presente texto puede llevar a pensar que no lo tenemos todo tan claro, y que quizá se nos haya ido alguna nota, pero no es así: hay una relación clara y meridiana entre este sitio que a lo largo de la Historia ha sido conocido como el “Lugar Santo”, el río Grande y aquellos hombres del norte, los “Northmanni”, prototipo de bárbaros cuya proximidad despertaba el terror de los habitantes de las costas y tierras por ellos asoladas en sus expediciones de saqueo entre los siglos IX y X de nuestra Era.

Baste recordar en este sentido que la oración con la cual los europeos de la época se consolaban ante la inmediatez de un ataque decía, precisamente, “de ira barbarorum libera nos, domine”, o lo que es lo mismo, “líbranos señor de la ira de los bárbaros”, haciendo referencia el término “bárbaros” a los hombres del norte, a los vikingos, a la muerte rubia que asolaba las costas atlánticas europeas desde Alemania hasta el Golfo de Cádiz, y más allá de estos límites, se proyectaba hacia el continente americano y sus costas nororientales, como Terranova, y hacia el interior del Mediterráneo.
 
En el antiguo Mare Nostrum los normandos llegarían a constituirse como una eficaz barrera ante el poder sarraceno e islámico, relevando a los agotados bizantinos en el Sur de Italia y formando primero el condado (dependiente del Imperio Bizantino) y luego el Reino de Sicilia, el cual, bajo una u otra forma, más o menos extenso, integrado en una unidad superior (como los Reinos Hispánicos) o con plena independencia, como Reino de Sicilia o como Reino de las Dos Sicilias o de Nápoles (conformado por la isla de Sicilia y el sur de la Península Italiana, en torno a la vieja ciudad de Nápoles) lograría mantener su identidad y su independencia hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando finalmente sucumbiría (en una campaña militar que se extendería entre 1860 y 1861 y que fundamentalmente bascularía en torno al asedio de la plaza fuerte de Gaeta) como estado independiente ante los envites del Risorgimento y la Unificación italiana.
 
Víctor Manuel II, el conde de Cavour, Mazzini y Garibaldi dieron al traste con el sueño siciliano de aquellos Hauteville normandos, extinguidos en la sangre de los perseguidos Hohenstauffen y de los reyes de Aragón, un sueño que aflora en las páginas de Sciascia o del príncipe de Lampedusa, y que está poblado de soles, de campos de olivos, de viñas, de colinas y pueblos arracimados sobre montes costeros, y en el que reinan los pupi, las marionetas sicilianas que viven las historias del ciclo de Orlando y los Doce Paladines, paralelo meridional del ciclo artúrico, unas marionetas en las que podemos encontrar a los antepasados de la gaditana Tía Norica.
 
Ese reino normando de Sicilia se fragua desde el siglo XI como consecuencia de las incursiones vikingas por el Mediterráneo así como del vacío de poder dejado en el espacio central del viejo mar por un Imperio Bizantino ya incapaz de asegurar su presencia en Sicilia y en las rutas comerciales marítimas occidentales (y, con ello, de garantizar la seguridad de las referidas rutas marítimas cristianas y del flanco sur de la Europa del Mediterráneo central), y de la pujanza del Islam norteafricano ante el cual Europa genera una respuesta: los menguados poderes del momento (Bizancio) aprovechará precisamente el impulso de unos normandos ya cristianizados permitiendo/tolerando/admitiendo/rindiéndose ante la evidencia de su establecimiento como un nuevo poder en la gran isla triangular (Sicilia), inicialmente como una dependencia (más o menos oblicua) del Imperio Romano (esto es, del Imperio Bizantino), prueba de lo cual es que la Casa de Hauteville (la dinastía normanda reinante en Sicilia -los “Altavilla”, un nombre como salido de la imaginación del autor de “Juego de Tronos”) primero tomaría un título condal, y sólo al cabo de un tiempo asumiría una corona real y con ella el título de Reyes de Sicilia.
   
Pero sólo doscientos años antes, los vikingos habían llegado hasta nuestras tierras con un ánimo muy diferente del que andando el tiempo les llevaría, en el Mediterráneo, a Sicilia, o, en el Norte de Francia, a Normandía. En el año 840 una oleada vikinga proveniente de los mares del norte se habría presentado ante Lisboa, tras haber realizado razzias por el Cantábrico, en tierras cristianas, atacándola y siendo rechazados los norteños. Este ataque a la antigua Olisipo romana habría de constituir una suerte de “carta de presentación” de los hombres del norte ante el Emirato de Córdoba, bajo el reinado de Abderramán II. 
Advertido el emir cordobés por su gobernador olisiponense, no pudo impedir cuatro años más tarde, el 844, la entrada, la irrupción de los vikingos por el Guadalquivir. No tenemos noticia de la suerte que los pobladores de las actuales tierras sanluqueñas pudieron haber corrido. Otros núcleos del ámbito del río como el de Coria o la mismísima Sevilla -Isbiliyya- fueron saqueados y sus habitantes diezmados o hechos prisioneros por los normandos. Sabemos que, rehechos los cordobeses, acabaron con esta intentona en la batalla de Tablada: los vikingos se habrían mostrado renuentes a abandonar las inmediaciones de la ciudad y campiña meridional de Sevilla, fuertes y acampados, según algunos historiadores, en alguna de las islas del río, y posibilitados en apariencia para navegar con entera libertad por el río hasta el mar.
Esta primera expedición de saqueo del 844 resultaría frustrada por el estado omeya de Córdoba, como señalábamos. Pero sería la causa de que el Emirato cordobés, tuviera que fijar su mirada en la frontera acuática de su litoral occidental y meridional, aun acuciado como estaba por los problemas y tensiones en su frontera norte con los pequeños estados cristianos y por revueltas internas en sus propias tierras septentrionales, como la de los Banu Qasi (los Casii -Casios- una antigua familia aristocrática hispanorromana superviviente de la Antigüedad y convertida en su día al Islam que habría conservado su identidad como núcleo familiar y sus raíces romanas medio escondidas en el patronímico “Qasi”) del norte de la región de Zaragoza.
 
Abderramán II, como varios siglos más tarde Felipe II, mejoró su flota de guerra y edificó fortalezas costeras, los “ribats” que hoy se conservan cristalizados en topónimos como los de Sant Carles de la Rápita (Cataluña), Arrábida (Portugal), Rabat (Marruecos) y ya en un contexto más inmediato en lo geográfico (y más directamente relacionado con el asunto que venimos tratando), La Rábida (en Huelva), o Rota (en Cádiz). Si en el castillo de San Marcos de la vecina localidad de El Puerto de Santa María (localidad ya existente en época romana, como sabemos por las fuentes y por la arqueología, y especialmente activa durante la Romanidad tardía, un núcleo no fundado originalmente en época islámica sino preexistente) podemos hallar un ribat, quizá entre las sorpresas que nos guarda el territorio de Sanlúcar, quizá por la zona de La Almona, quizá en el Barrio Alto, quizá en ambos lugares pudiéramos encontrar un ribat del siglo IX que hubiera sido el embrión de lo que andando el tiempo habría podido llegar a ser un alcázar (Qasr), un castillo (Hisn), para convertirse en el Castillo de las Siete Torres y en la acrópolis guzmana de Sanlúcar de Barrameda.
 
Entre el hipotético ribat emiral Omeya del siglo IX y la presencia guzmana y los primeros estadíos del Palacio Ducal de Medinasidonia, a finales del XIII y principios del XIV, y aún más, hasta el Castillo de Santiago, del siglo XV, hemos de contar con que median varios siglos; entre tal hipotético ribat sanluqueño y el Castillo de Santiago, en concreto, podría yacer nada más y nada menos que medio milenio de Historia. Que no es precisamente poca cosa, ni poco tiempo.
Sanlúcar, como El Puerto de santa María, habría sido un núcleo preexistente, con una facies islámica, con un horizonte histórico islámico, uno de cuyos primeros elementos definidores habría podido ser ese ribat (quizá se habría tratado de más de uno) edificados en tiempos de Abderramán II como medida de precaución y guarda de las costas andalusíes.
 
En cualquier caso, la siguiente expedición vikinga por el Guadalquivir, en el año 859, bajo el reinado del emir Mohammed I, hijo de Abderramán II sería un fracaso aún mayor: las medidas tomadas por Abderramán II darían sus frutos. Quizá el hipotético ribat sanluqueño tuvo algo que ver en ello.

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