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Apuntes de Historia XIX
 
 
 
 
 
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12 de Mayo de 2013
Centro de poder
Manuel Jesús Parodi.-Sanlúcar, como es bien sabido, tiene una neta división en su casco histórico entre las dos mitades que configuran el perfil y la silueta del centro urbano; así, los barrios Alto y Bajo conforman las dos mitades históricas de una ciudad que desde las alturas de su colina ha ido acercándose al río hasta fundirse en un abrazo firme y suave a la vez, al ritmo de las olas de nuestro río-mar, y del no menos ondeante desenvolverse de la ciudad, de sus calles, su gente y sus espacios públicos y privados de relación y acción.
Toda ciudad tiene un espacio reservado al poder, a la manifestación externa y formal de la autoridad y el poder, la “auctoritas” y la “potestas” que definen con relativa soltura la marcha y los andares del reloj económico, político y social de un núcleo humano, de un núcleo de población.

Se trata de un espacio de manifestación del poder, una manifestación pública, una “apparitio” que se hace espacio en sí y que se convierte en uno de los pilares articuladores de la vida cotidiana de la ciudad misma. A la hora de mostrarse, de dejarse ver, de hacer sentir su presencia, el poder siempre ha optado, desde la aparición de las sociedades territoriales estables, de la agricultura y la acumulación de excedentes, desde los antiguos tiempos de las Dinastías mesopotámicas y los primeros faraones de Egipto, hace unos seis mil años (si no más), por la monumentalidad.
 
De este modo, la “apparitio” del poder se hace espacio en sí misma, y modela y define lo que la rodea, de modo que esa realidad monumental que traduce a lo cotidiano los principios rectores de la vida ordinaria, dotándolos de tangibilidad, haciéndolos, por sólidos, indiscutidos: la solidez de la apariencia, y más en un mundo mediterráneo de honda tradición romana, es reflejo de la solidez ontológica, de la inmutabilidad del poder, de su resistencia al tiempo, de su victoria sobre el paso de los años y las generaciones, pues los hombres pasan, aun los poderosos, pero el poder permanece, como sus santuarios, laicos y religiosos, quieren venir a demostrar.
 
La piedra ha sido el vehículo de acción y sustento de la manifestación inmediata y más sólida del poder; la piedra, que ha envuelto desde su perfil de pórfido el último sueño de emperadores romanos, de papas y patriarcas, de rubicundos reyes normandos de la cálida Sicilia, extinguidos y perseguidos en sus nietos, la piedra, en fin, ha sentado las bases de la apariencia del poder, del aspecto externo del poder de emperadores como los Constantinianos, de papas como San León romano, de soberanos del sacro Imperio como los Hohenstauffen sículos, medio alemanes, medio italianos y nietos de vikingos, y de los Guzmanes sanluqueños, linaje no menos aventurado que el de Federico II, que si el normando siciliano y Rey de Jerusalén tenía su Castel del Monte, el bretón sanluqueño y venturoso caballero en África tenía su Castillo de Santiago, fortaleza de nuestro Barrio Alto que evoca largamente al octogonal y misterioso castillo siciliano del Hohenstauffen.
 
La piedra, vehículo sobre el que el poder y los poderosos han construido la fachada y el aparato externo de su prestigio a lo largo del tiempo (baste con traer a colación tantos palacios como en el mundo son y han sido, por no hablar del argumento definitivo: las pirámides) es el instrumento de plasmación del estatus, y, por añadidura, del orden en la sociedad, de la sociedad ordenada y asentada, establecida y confiada en más que su durabilidad, en su inmutabilidad; en este sentido, y si se me permite la reflexión, es llamativo (pero no sorprendente) cómo nuestra animalidad nos lleva a querer superar el hecho de la muerte, a trascender de la biología, y para ello tratamos de detener el tiempo, de congelar la realidad, de solidificar lo mutable, llegando incluso a realizar una proyección de dicho deseo sobre la escala de lo social: en la voluntad de que todo permanezca igual mostrada a lo largo de la Historia por les estructuras de poder no sólo late un pulso económico o político: la inmanencia trasciende de la carne mortal y se proyecta sobre el grupo, que sí puede sobrevivir en el tiempo; de este modo, la sangre, devenida linaje (o dinastía, en el caso del “acmé” de la cúpula social) sí puede sobrevivir en una posición de poder, y la sangre asumirá en lo social el mismo rol biológico que cumple en lo natural: el de perpetuar el sistema; este mandato biológico, convertido en un impulso social, basado en el poder económico y proyectado hacia lo político será clave a la hora de asentar las bases del comportamiento de las sociedades, fundamentalmente de las sociedades territoriales estatales y excedentarias, en el tiempo, es decir, a la hora de construir -y por tanto de entender- la Historia.
 
Los linajes, esos subcuerpos sociales basados en una relación gentilicia, de parentesco, consanguínea, de la Europa medieval (herederos en mayor o menor medida de la nobleza romana, y fruto de la mezcla de aquélla con los nuevos aportes germánicos llegados a las tierras de Romanidad desde el siglo II d.C.), pondrían todo su empeño, y buena parte de su riqueza material en construir y mantener edificios monumentales que sirvieran a la vez como espacios de seguridad, como sedes de su poder y como evidencia y manifestación del mismo.
 
Sin salirnos del espacio cultural y geográfico europeo y mediterráneo, en las ciudades medievales italianas esta voluntad se hace aún más evidente cuando los diferentes linajes empiezan a competir por erigir torres cada vez más altas en sus palacios urbanos; en la costa gaditana (con especial incidencia en el ámbito de la Bahía y con notables ejemplos asimismo en Sanlúcar de Barrameda), las casas de los nobles envueltos en el comercio con Indias (los “cargadores de Indias”), allá por los siglos XVII y XVIII, conocerían y experimentarían este fenómeno de competencia plasmado en la erección de torres miradores más altas, más ornamentadas y más historiadas en su aspecto externo, siguiendo el mismo patrón de comportamiento esencial de los nobles italianos de varios siglos atrás.
Sanlúcar no habría de ser una excepción.
 
Sanlúcar cuenta con un espacio propio en su Barrio Alto, en su Casco más Antiguo, en su Acrópolis, reservado para la manifestación del poder, un espacio en el que el poder político, económico, social e incluso religioso de la ciudad se hace material, trasciende de los interiores y de la sangre para aparecer como un todo, como un conjunto monumental en el que el Palacio Ducal de Medina Sidonia, la Iglesia de Nuestra Señora de la O y el Cabildillo antiguo conforman una escenografía excepcional, donde lo admirable, lo notable, lo magnífico y lo majestuoso se dan la mano para evidenciar de manera indiscutible la presencia del poder, del principio rector que desde las brumas de la Edad Media dirigiera el devenir de la ciudad.
 
El señor terrenal de la ciudad, que ejercía sobre la misma un dominio jurisdiccional a la par que político y económico pleno, representado por el Palacio Ducal, se rodeaba del poder religioso, que brindaba las bases morales del orden social, materializado en la Iglesia de la O, mientras el cabildo local, enteramente dependiente de la autoridad y el poder de los duques, cerraba el espacio con su sede, un edificio sobrio y mucho más modesto, el del Cabildillo, que los anteriores, como correspondía a la relación que mantenían estas realidades sociales.
 
La misma proporción de los edificios, amén de su propio aspecto, y su ubicación en torno a la Plaza de los Condes de Niebla, con el Palacio Ducal como eje final del espacio, con la Parroquia como eje meridiano de la misma y con el Cabildillo como guardián del acceso a este espacio de conjunto, conforma la partitura de la melodía que estos monumentos llevan interpretando desde hace muchos siglos, mostrando la manifestación externa del centro histórico del poder en Sanlúcar.
 

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