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Apuntes de Historia XVI
 
 
 
 
 
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21 de Abril de 2013
Sanlúcar y Buenos Aires. Una relación especial
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Una de las particularidades que ofrece la Historia (sí, escrita con mayúsculas) de Sanlúcar de Barrameda es su estrecha vinculación con la “gran Historia” del Mundo, con los hechos, con algunos de los hechos fundamentales, que marcaron los ritmos globales del devenir de la Historia a lo largo de los siglos, dejando sentir sus latidos en el discurso particular de la Historia de nuestra ciudad. Las líneas de la Historia local de Sanlúcar de Barrameda, la “pequeña Historia” -como dirían italianos y franceses- de esta ciudad del Sur se entrevera continuamente con la Historia grande de Europa, por ejemplo, así como del Mediterráneo, del Atlántico, de América y de los Descubrimientos, de manera completamente natural.

Hablar de Roma, considerando la componente global que albergan en sí mismos dicho nombre y el propio concepto de Romanidad, sin detenerse a considerar el papel del río Baetis, de sus aguas y sus tierras, de su desembocadura y del ámbito del actual territorio de Sanlúcar en el conjunto de la economía y la política romanas es absolutamente imposible, un sinsentido. Y aun antes de esos momentos, hablar de este espacio geográfico hoy sanluqueño, es hablar de íberos y turdetanos, entre otros herederos de Tartessos, una realidad cultural, territorial e histórica -la tartésica- en cuyos ricos y complejos perfiles se trasunta la platónica Atlántida, de unas u otras maneras.
 
Cuando suene la hora del Islam, la desembocadura del Río Grande redactará un nuevo capítulo de su dilatada Historia, de lo que son testigos no sólo las noticias sobre el Castillo de las Siete Torres, sino también algunos vestigios monumentales conservados en el Barrio Alto sanluqueño, la Parroquia de la O, con sus secretos y sus sueños guardados, y el Palacio Ducal de Medina Sidonia, custodio de algunos de los retazos de ese pasado islámico en el que su entorno fue alcázar de una pequeña ciudad amurallada, y en el que dicho “hisn” y su mezquita se abrazaban, quizá, tanto como hoy lo hacen palacio y parroquia, en un baile monumental que dura siglos, tantos que podríamos hablar de un milenio de Historia dentro de (y bajo) sus piedras.   
 
La Era de los Descubrimientos, ese arco temporal que se abre tras la Edad Media y que da paso a la Modernidad (conceptos que no dejan de ser convenciones históricas, herramientas al servicio de la ordenación del tiempo y del estudio del pasado) sería otro momento de esplendor para Sanlúcar de Barrameda. Su inclusión en Castilla de la mano de la intervención de Alfonso X y de la cesión del señorío a la Casa de Guzmán por la Corona castellana habrían de volver a situar a Sanlúcar (como sucediera con estas tierras en época romana) en el eje espacial entre Europa y África, el Mediterráneo y el Atlántico, contando éste ahora con la nueva proyección americana, verdadero motor imperial (por así llamarlo), económico y geoestratégico, como en tiempos de la antigua Roma, y más especialmente a caballo entre los siglos I y II d.C., habrían de serlo las tierras béticas.
 
En este marco temporal, cultural e histórico que se sitúa en los años muy finales del XV y los principios del XVI, la Europa que trasciende de su espacio físico y se lanza, bajo banderas portuguesas y castellanas en un principio, a las aguas del Océano Atlántico y aun del Índico y el Pacífico, Sanlúcar de Barrameda tendría mucho que decir: en sus aguas, el inicio del viaje; en sus tiendas, colmados y almacenes, los últimos aprovisionamientos, en sus playas los últimos arreglos, aprestos y reparaciones en las naves; en sus templos, las últimas oraciones en tierra firme… Su perfil y su silueta, tan bien reflejados por la mano de Anton van Wyngaerde (a quien habremos modo de volver en ocasiones futuras) serían la última impronta amable fijada en las retinas de tantos seres humanos que abandonaron su mundo conocido para llegar -o no- a un mundo nuevo.
 
Entre otros fenómenos del que nuestra ciudad fue testigo, a la par que partícipe, por cuanto sus aguas, sus calles, sus tierras y ella misma en su conjunto fueron actores y agentes del proceso, se cuenta el de las expediciones enviadas por la Corona de Castilla al objeto de explorar (como el famoso viaje del almirante Colón salido de estas aguas, por citar uno de los casos más relevantes en este sentido) las nuevas tierras, sus islas y sus costas, o aquellas otras expediciones no menos aventuradas lanzadas a través de las aguas del Océano Atlántico por el estado con el objeto de poblar, de colonizar, las tierras de aquel Nuevo Mundo en disputa entre distintos estados europeos (fundamental, pero no únicamente, Portugal y Castilla en un principio; más pronto que tarde habrían de incorporarse los reinos de Inglaterra y Francia -especialmente en los ámbitos del Caribe y de América del Norte- a dichas disputas hegemónicas y territoriales, que es decir económicas).
 
Como resultado de dichos viajes de colonización habrían de surgir enclaves humanos, a los que no me atrevería a llamar ciudades en el pleno sentido de la palabra en los primeros años de su existencia (en algunos casos breve, cuando no efímera) pero que acabarían, en fructificando como tales enclaves, por alcanzar dicho estatus de ciudad. Los primeros viajes de poblamiento partirían originalmente desde la Península Ibérica, desde estas aguas y orillas para, andando el tiempo, y establecidas dichas colonias a su vez como “plataformas”, ir consolidándose a su vez como puntos de lanzamiento y partida de ulteriores expediciones de colonización.
 
Una de dichas expediciones de colonización y poblamiento a las que nos hemos referido con anterioridad habría de ser precisamente la comandada por don Pedro de Mendoza, Capitán General y Adelantado, quien zarparía con sus naves desde Sanlúcar de Barrameda el 24 de agosto de 1535. Mendoza, acompañado en la jefatura de este viaje por sus hermanos y por Rodrigo de Cepeda y Ahumada, hermano de la que andando el tiempo habría de ser conocida como Santa Teresa de Jesús, adquirió, a cambio de sus títulos y derechos, el compromiso de transportar al Nuevo Mundo 1.000 colonos en el plazo de dos años; igualmente se comprometió con la Corona (con la reina Juana de Castilla y su hijo, el emperador Carlos -Carlos V de Alemania y I de España) a edificar tres fuertes y a construir a sus expensas un camino real desde el Atlántico hasta el Pacífico (nada menos: como puede comprobarse, el desconocimiento del terreno era mayor aún del que suponían o era de esperar); estos ambiciosos objetivos no habrían de cumplirse, pero el viaje serviría para poner los cimientos primeros de la actual capital de la República Argentina.
 
El objeto y destino último de sus miras y de este impulso colonizador se encontraba en el Mar del Plata, adonde llegaron los expedicionarios finalmente, no sin haber sufrido diversos y serios avatares en su travesía del Atlántico y al costear las orillas del actual Brasil. Esta expedición, salida de Sanlúcar, y que en Sanlúcar habría terminado de aprestarse, de aprovisionarse y de despedirse de Castilla, de Andalucía y de Europa, hija por tanto de Sanlúcar, sería la que daría origen a la primera fundación de la ciudad de Buenos Aires, el Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, en los primeros días de febrero de 1536.
Con independencia de los avatares sufridos por dicha expedición y por la misma colonia porteña, vicisitudes que incluyeron su primer asalto por los indígenas pampas ya en diciembre de 1536 (el mismo año de su fundación) y su abandono en 1541 ante lo insostenible de su situación, para ser refundada definitivamente en 1580 por una expedición comandada por Juan de Garay, podemos detenernos a considerar, siquiera someramente, dos circunstancias que ligan a la capital porteña con nuestra ciudad.
De una parte, el hecho ya mencionado de que la expedición de Mendoza partiera de Sanlúcar, algo que por sí solo bastaría para crear un fuerte vínculo histórico entre la gran ciudad del Plata y la gran ciudad de la desembocadura del Guadalquivir. De otra parte, la advocación de Nuestra Señora del Buen Ayre, protectora de viajeros y especialmente de marinos, bajo la cual se erige la colonia porteña, la ciudad de Buenos Aires. La Virgen en su advocación del Buen Ayre, que desde su basílica en la capital de Cerdeña, Cagliari, dio en viajar hasta la Escuela de Mareantes de San Telmo en Sevilla, para desde allí embarcarse y dar nombre al Puerto de Nuestra Señora del Buen Ayre en el río de la Plata tiene en Sanlúcar, en el pago de Zanfanejos y la capilla de Bonanza, de una parte, y en Ntra. Señora del Buen Viaje, que de su ermita pasó a Capuchinos, dos advocaciones con las que se encuentra fuertemente relacionada, pues todas tres tienen bajo su manto encomendada la protección de aquellos viajeros que desafían los peligros de la mar.
Así, entre Buenos Aires y su lejana escala de partida en la “otra banda” de la Mar Océana, Sanlúcar, se encuentran, entrelazadas, las protectoras de marinos que asientan sus tronos en la mismas costas en las que otras protectoras de marinos más antiguas a su vez, como las fenicias Astarté y Tanit o la Venus Marina romana reinaron durante siglos, dispensando su protección y cuidado a quienes, como los de Mendoza, cabalgaban las olas.

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