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Apuntes de Historia XV
 
 
 
 
 
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14 de Abril de 2013
Antonio Pigafetta, piloto de Magallanes…, ¿y espía? 
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Hace unos años escribimos algunos artículos dedicados a la figura de Antonio Pigafetta, piloto de la expedición Magallanes-Elcano y, por tanto, de la Primera Circunnavegación conocida del Planeta. Centrábamos nuestro interés entonces de manera específica en la relación y noticias que proporcionaba este marino italiano (nacido en Vicenza, entre 1481 y 1491 y fallecido probablemente en torno a 1535-1536), súbdito veneciano en su obra “Primer Viaje en Torno del Globo” (editada por Amoretti a principios del Ochocientos y que conociera unos primeros trabajos editoriales ya en la Venecia del siglo XVI). Estos primeros artículos (que serían tres, originalmente), fueron finalmente recogidos en nuestro libro “Sanlúcar en Papeles Amarillos”, publicado por IR Editores -con portada de Javier Bartos, Jaurrieta: una espléndida vista de la revuelta de Madre de Dios- y que viera la luz en el año 2006.

Entendimos entonces que resultaba interesante contar con un tratamiento, aunque fuera somero, de la figura de Antonio Pigafetta, de su existencia, de su obra, de su paso por Sanlúcar, de su viaje y de los testimonios que este ilustre navegante, estudioso de las lenguas y naturalista, nos había legado acerca precisamente de su paso por la ciudad hace ahora casi quinientos años.
 
Así, nos detuvimos a contemplar y considerar en su día los párrafos que este expedicionario dedicase a Sanlúcar, que si bien no son demasiado extensos resultan harto interesantes e ilustrativos al proporcionar información sobre la ciudad en el Quinientos; por ejemplo, al hablar de la “Bahía de Sanlúcar”, mencionando así el aspecto que la ribera sanluqueña habría de tener en el primer cuarto del siglo XVI, algo sobre lo que se detiene con detalle en su imprescindible libro “La Broa” otro marino de estas aguas, gran conocedor de las mismas, el recordado piloto y práctico de la Barra Ginés Sáez, quien estudia pormenorizadamente en dicha obra el estado y evolución de la costa y ribera sanluqueña en tiempos históricos.
 
Es posible, además, contrastar las palabras de Pigafetta (escritas tras su regreso de la Circunnavegación, en 1522) con la imagen que de Sanlúcar de Barrameda nos brinda, medio siglo más tarde (grosso modo) el flamenco Anton van Wyngaerde (o “Antonio de las Viñas”, españolizado su nombre), en su famoso retrato de Sanlúcar (tema que merece consideración aparte y que no agotaremos aquí y ahora), al presentarnos la imagen de dicha “Bahía de Sanlúcar” con toda brillantez: la ribera sanluqueña, como es sabido (como recogen Pigafetta en sus palabras, Wyngaerde en su imagen y como estudia Ginés Sáez) habría conformado una pequeña y acogedora bahía en el espacio hoy ocupado por buena parte del Barrio Bajo sanluqueño, lamiendo las olas de nuestro río-mar si no ya las faldas de la Barranca y la Cuesta de Belén o la calle de los Bretones, sí los “flecos” de la referida Barranca a lo largo de la actual calle de la Banda de la Playa.  
 
Si hace siete años resultaba interesante traer a colación la experiencia de Pigafetta, hoy, cuando la ciudad se embarca en el gran proyecto del Quinto Centenario de la Primera Circunnavegación el tema resulta de rabiosa actualidad y sumamente oportuno. Por ello hemos querido volver sobre nuestros pasos y reconsiderar al personaje desde una perspectiva distinta pero no por ello menos real e interesante. Pigafetta, persona de vida aventurada, prototipo de hombre de riesgo de la Tarda Edad Media y el Alto Renacimiento en Europa, hijo de una de las tierras culturalmente más avanzadas y sofisticadas de su época, Italia, dejó constancia histórica y memoria de los avatares del viaje de Magallanes-Elcano (que él vivió en primera persona) en su diario personal.
 
Pigafetta, traductor (“lenguaraz”, era el término empleado en el caso), estudioso de las lenguas, que legaría -fruto de su viaje- a nuestro idioma palabras tomadas de lenguas amerindias tales como “hamaca”, “cacique” o “canoa”, por citar algunas, espíritu curioso, amante de la Naturaleza, naturalista él mismo, que descubrió especies animales como el lobo marino, el guanaco o el pingüino de Magallanes, marino y piloto, amén de escritor y cronista, era algo más que todo eso. Y su viaje obedeció, con toda probabilidad a razones que trascendían las puramente científicas o al afán de aventuras de un hombre joven y dispuesto, de un noble renacentista, de un patricio italiano al servicio de Castilla.
 
Y esas razones pueden vislumbrarse en las etapas vitales que va cumpliendo el vicentino desde antes de su llegada a España, a Aragón. Pigafetta ya llega a España en 1518 por Barcelona, en el séquito de un cardenal romano, Francesco Chiericati, enviado como nuncio apostólico a estas tierras por el Papa León X. Chiericati, protector de Pigafetta, moverá influencias para presentar al joven en la Corte, y auspiciará sus movimientos. Nuestro protagonista, en su acercamiento a la futura expedición, viajará a Sevilla desde Barcelona vía Málaga, para finalmente embarcarse como “sobresaliente” en la Nao Trinidad, la capitana de Magallanes. Una insistencia que parece obedecer a razones más sólidas que el mero afán de aventuras: parecería responder a un plan trazado fuera de España con el objeto de que Pigafetta embarcase en la expedición Magallanes. No es el único caso: portugueses eran no sólo el comandante de la expedición sino tres de los otros capitanes de las naos; el obispo de Burgos había conseguido infiltrar en el viaje a su “ahijado” (su hijo natural, según otras fuentes), Juan de Cartagena, a quien puede considerarse como un agente no sólo de su protector, sino de la Iglesia castellana.
 
Pigafetta viajará, resultará herido en el combate de Mactán, en Oriente, intentando infructuosamente salvar a Hernando de Magallanes, ejercerá como traductor y como piloto, redactará su diario y regresará como uno de los escasos supervivientes a bordo de la Victoria, en 1522, a las playas de esa “Bahía” de Sanlúcar de Barrameda. De este diario, el autor entregaría un ejemplar al emperador Carlos V, algo natural al ser el César el patrono de la expedición. Pero en la segunda copia y en su primer mecenas pueden estar las claves de sus motivos ocultos. Se ha especulado con la idea de que el vicentino fuera un espía al servicio de la Serenísima República de Venecia, o, cuando menos, de los mercaderes venecianos, tan interesados en las rutas comerciales de Oriente; no en vano, Venecia había sido durante siglos en le Edad Media una de las principales cabeceras del comercio europeo con Oriente (recordemos al respecto, a título de anécdota, a la figura del veneciano Marco Polo, su presencia en China y su “Libro del Millón”, relato de sus aventuras).
 
Al tiempo, es de mencionar que Pigafetta a su regreso se entrevistó con el rey de Portugal, Juan III, con la reina regente de Francia, María Luisa de Saboya (madre del futuro Francisco I, derrotado en Pavía por Carlos V en 1527), y, ya en Italia, con Isabel de Este, marquesa de Mantua, protectora de Rafael Sanzio, de Leonardo da Vinci, de Baltasar de Castiglione y de Andrea Mantegna, entre otros. Pero a ninguno de estos soberanos reinantes europeos entregó la segunda copia de su relato. Ni tampoco al Papa: Clemente VII tuvo que insistir en sus ruegos al vicentino para que le dedicase una copia de su escrito, cosa que el pontífice lograría finalmente.
 
La segunda copia de su texto fue entregada y dedicada por Pigafetta al Gran Maestre de los Caballeros de la Noble Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, los Caballeros de Rodas, Felipe de Villiers de l’Isle-Adam, al servicio de cuya Orden consagró el vicentino Antonio Pigafetta el resto de su vida según él mismo manifiesta al final de su relato. Pudiera ser que nuestro navegante hubiera podido estar desde un principio al servicio de la Orden de los Caballeros de Rodas (luego y hasta hoy más conocida como Orden de Malta, en la que muchos quieren ver a una suerte de heredera de la vieja y extinta Orden del Temple).
 
Pudiera ser que se tratase de un agente papal, miembro en secreto de la Orden Hospitalaria, que hubiera desempeñado un triple juego de lealtades: respecto a Castilla y a Carlos V, respecto al Papa y, finalmente, ante quien pudiera haber sido su verdadero señor natural: el Gran Maestre de la Orden del Hospital, recipendiario, como el emperador Carlos V de una de las dos primeras copias del relato de los viajes de Pigafetta. Pudiera ser que este avezado piloto, aventurado navegante, sobreviviente de la hazaña de la Circunnavegación del Globo por Magallanes-Elcano hubiera sido un espía al servicio de varios poderes… Pudiera ser…

 
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