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Apuntes de Historia VII
 
 
 
 
 
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17 de Febrero de 2013
 Las Covachas.Una hipótesis funcional (I)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-En los párrafos por venir trataremos de aproximarnos a una hipótesis interpretativa de la funcionalidad que un hito histórico tan emblemático de Sanlúcar como Las Covachas pudo tener en un determinado momento de su Historia. A caballo entre los Barrios Alto y Bajo, verdadera “bisagra” entre los dos espacios neurálgicos del conjunto del Casco Histórico de la ciudad, los dos mencionados Barrios, las Covachas se asomaban a las no tan lejanas riberas del Guadalquivir en tiempos medievales, constituyendo una suerte de “mascarón de proa” del Palacio Ducal de Medinasidonia, de los propios duques, de la misma Casa de Guzmán y de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, un símbolo emblemático que se desplegaba ante el río, primero, y materialmente sobre los mercaderes, tantos de ellos extranjeros, establecidos en el ámbito de la calle Bretones, verdadero enclave comercial en la localidad y en las bocas del Guadalquivir, cabecera y punta de lanza del comercio en y por el río, entre el Mediterráneo, el Atlántico, Europa y África.

Trataremos, como señalábamos con anterioridad, de trazar unas líneas interpretativas sobre cuál pudo ser, al menos durante una parte de su existencia, tan larga, la función que cumpliera el espacio físico de las Covachas en relación con el Palacio Ducal y con la propia ciudad de Sanlúcar.
Sanlúcar de Barrameda, ciudad que se despliega pausadamente desde lo alto de su barranca hasta las mismas orillas del caudaloso río Guadalquivir, cuenta con una división bien determinada entre sus Barrios Alto y Bajo, una división que trasciende la realidad meramente física, de modo que resulta tradicionalmente observada y que pertenece al acervo cultural local, que de manera tan natural distingue entre uno y otro espacio, considerados como el núcleo esencial de la localidad, por más que hoy Sanlúcar haya crecido desbordando sobradamente ese espacio material e imaginario.
 
Sanlúcar, aunque quizá no estemos demasiado acostumbrados a contemplar así esta realidad, es una ciudad con acrópolis, con un espacio antiguo, y por tanto, “noble”, que desde sus alturas contempla el discurrir del río, del paisaje que besa las faldas de la ladera, de la barranca, y que se vuelca desde el castillo de Santiago, desde el Palacio de Medinasidonia, desde la Plaza de la Paz hasta el Barrio Bajo, derramándose por la Cuesta de Belén, por el Carril de San Diego, o por la Cuesta de La Caridad, hasta hacerse orilla junto al Guadalquivir, un río que se ha ido desplazando, merced a la acción del efecto Coriolis, hacia la ribera huelvana con el paso de los siglos, dejando espacio para el crecimiento de una Sanlúcar siempre deseosa de mantener el equilibrio entre no perder la inmediatez del contacto con el río y no dejarse seducir en exceso por las nunca dignas de confianza sirenas de sus aguas, capaces en cualquier momento de desbordar los márgenes del cauce, si la naturaleza al desmandarse se lo permitía.
 
Sanlúcar es hoy una ciudad con acrópolis, con un “Casco Alto”, con una “ciudad fortificada”, de “ákron”, fortaleza, y “pólis”, ciudad, en griego. Se trata de una acrópolis que en la actualidad no conserva en su perímetro completo la traza amurallada medieval de la que un día dispuso, si bien es cierto que aún se conservan ciertos vestigios de la misma, como es el caso del entorno del colegio “Albaicín” en las proximidades del castillo de Santiago, o de algunos edificios situados en la calle Escuelas, por no mencionar al Palacio de Medinasidonia o a la torre de la iglesia de la O, siempre pregonada como perteneciente, al menos en parte, a aquellos orígenes medievales.
 
Pero nos encontramos ante una acrópolis en fin de cuentas, tan digna y merecedora de tal consideración como otras de nuestro común espacio cultural mediterráneo como Málaga, la italiana Cagliari, en la isla de Cerdeña, con su Casteddu, o la propia Atenas, que cuenta con la “Acrópolis” por antonomasia, por citar algunas. Estos recintos fortificados pueden, andando el tiempo, devenir espacios esencialmente monumentales o religiosos, como es el caso incluso de ciudades no sólo de nuestro entorno en las que la antigua fortificación dejó paso andando el tiempo a una edificación de naturaleza religiosa tal y como, por citar un ejemplo, sucediera con el medieval castillo de la villa de Uclés en la provincia de Cuenca, que dejó lugar y espacio al monasterio y hoy seminario menor que un día fuera la cabecera de la Orden de Santiago en España, y en el que se combinaran la naturaleza religiosa y la función aún militar de la sede de la Orden Santiaguista.
 
Ya en un entorno geográficamente más cercano al nuestro, pueden citarse los casos de la sevillana Lebrija, que fuera la romana Nabrissa, o de la gaditana localidad de Medina Sidonia, que fuera un día la feno-puno-romana Asido Caesarina, donde sendos templos cristianos ocupan, en todo o en parte, el espacio que en tiempos medievales estuviera reservado en un principio para la primitiva construcción de carácter defensivo.
 
En nuestro caso, el Barrio Alto no es un espacio meramente ornamental ni monumental, ni es un despoblado entregado a las ruinas. Este espacio se conserva habitado y jalonado de referencias monumentales en uso y función, procedentes de diferentes momentos históricos, desde el amplio espectro cronológico de la Edad Media hasta el siglo XIX, tales como el castillo de Santiago, la iglesia de La O, el Palacio de Orleans-Borbón, hoy sede del Ayuntamiento, las antiguas Casas Consistoriales, en la confluencia de las Plazas de La Paz y de los Condes de Niebla, o el Palacio Ducal de Medinasidonia, por señalar las quizá más señeras, junto con la Basílica Menor de La Caridad o los escasos vestigios conservados de la cinta muraria más o menos transformada, como pueda ser el representado por el Arquillo de Rota, sin discriminar a los señeros cascos bodegueros que igualmente descuellan en las calles del Barrio Alto.
 
No es intención de estas líneas, escritas con un ánimo eminentemente divulgativo, estudiar ni examinar exhaustivamente las características, naturaleza, evolución y realidad de la acrópolis sanluqueña, para lo cual se necesitaría mucho más tiempo y espacio, sino, como mencionábamos al comenzar este texto, aproximarnos a uno de los ejes de articulación de la relación entre los Barrios Alto y Bajo, las Covachas, sitas precisamente entre la acrópolis de la que venimos hablando y su arrabal, nacido al calor de la expansión de la ciudad, concentrada inicialmente en lo alto, y del retraerse del río, llevado por la física y las fuerzas de Coriolis cada vez más lejos de la barranca sanluqueña.
 
La “fortaleza” de Sanlúcar, su “acrópolis”, hoy su Barrio Alto, esto es, una parte de la ciudad, fue “la” ciudad, es decir: la totalidad de la misma, a caballo entre los siglos XIII y XIV, cuando la Corona de Castilla decidió la donación del señorío sobre Sanlúcar a Alonso Pérez de Guzmán el Bueno; esta barranca, esta pequeña meseta, si se permite la licencia, enclave privilegiado sobre el Guadalquivir, puerta a lomos del río, de Andalucía y más especialmente del Reino de Sevilla, y por ende, de Castilla y de España, va a ser cedida, como es de sobras sabido, para su defensa y guarda a la noble Casa de Guzmán como forma de tratar de asegurar su protección de cara a evitar que se produzcan nuevos ataques portugueses o norteafricanos, tales como la razzia que en 1278 y lanzada desde la orilla meridional del Estrecho de Gibraltar asoló parte del sur del entonces Reino de Sevilla, centrada en tierras de la actual provincia de Cádiz, y que llegó a afectar directamente al solar y casco de Sanlúcar de Barrameda.
 
En la Cuesta de Belén de Sanlúcar de Barrameda, eje de comunicación entre la acrópolis y el arrabal y antesala de la ciudad alta, se encuentran unas arcadas labradas en piedra, fachada de las salas que son denominadas “Las Covachas” o las “Tiendas de las Sierpes”. El conjunto exterior del espacio que conocemos como las “Covachas” está conformado por diez arcos que recaen sobre pilastras, de estilo gótico, y que muestran figuras fantásticas de evocación marina. Este espacio y sus dragones serán el objeto de nuestro interés en las próximas semanas.
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